Hamburguesa futbolera y el Chile donde la mitad gana menos de $5.000 diarios

La radiografía de los ingresos, muestra algo que no cuadra: incluso en lo básico, se gasta más de lo que se tiene (¡aun contando los subsidios que entrega el Estado para parchar la fragilidad de los ingresos!). Y el amigo fiel, en todo este circuito, termina siendo el sistema de crédito. Los mismos datos de la OCDE alertan sobre esta situación en Chile: el 27,8% de las personas debe endeudarse para alimentarse.

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El “combo” de hamburguesa a $7.100 que vende el concesionario de los alimentos en Copa América, Vive Snack, y que fue denunciado ante la opinión pública por el periodista deportivo, Juan Cristóbal Guarello, saca a la superficie dos facetas sensibles y conectadas de nuestra realidad: la voracidad y arbitrariedad empresarial y la situación económica del grueso de los chilenos que ve cómo su exiguo ingreso se esfuma en cualquier ítem de gasto.

Sobre la primera faceta, simplemente hacer una pequeña mención: Chile es un país reconocido internacionalmente como la experiencia pionera y más extrema de una apertura sin restricciones de nuevas zonas de libertad de mercado con estructuras de costos sumamente bajas para las empresas. Las privatizaciones de los bienes públicos, en forma abierta o de “concesiones” (aquí cuentan las concesiones hospitalarias, de carreteras, del transporte público, del alimento en los estadios), el castigo salarial y la especulación financiera, sostienen esta dinámica de “Acumulación por Desposesión” (recurriendo al concepto del intelectual David Harvey).

El correlato de este extraordinario margen de maniobra empresarial –especialmente en los sectores rentistas y financieros– se aprecia en los niveles de acumulación de riquezas existentes en Chile y que no se dan en ningún otro país con datos comparables, superando incluso a Estados Unidos: 460 millones per cápita mensual es lo que perciben las 1.700 personas que componen el 0,01% más rico de la población. Además, durante el año 2014, en plena desaceleración –tal como consigna el reciente informe del Boston Consulting Group– aumentó en un 14,9% la riqueza privada y es probable que sea principalmente la de este sector.

En relación a la segunda faceta, el bajo nivel de ingresos: la mayoría de los chilenos encuentra en su vida diaria una evidencia muy concreta de su frágil situación. De un modo elocuente el capitán de la selección chilena, Claudio Bravo, dejó entrever esta verdad popular latente cuando, en conferencia de prensa, negó que el grupo de seleccionados se sienta presionado: “No estamos ansiosos ni presionados. La presión la tienen los hogares que no llegan a fin de mes”.

Con respecto a esto, aun siendo una verdad latente, no está de más detenernos en algunas cifras que contribuyan a consolidar un diagnóstico o cuadro global del país, más allá de la visión de cada cual. A partir de la última encuesta Casen, se puede llegar a responder cuál es el ingreso diario de los chilenos.

 Estos números, permiten poner en contexto un Chile edificado sobre una dinámica de desposesión, con ingresos y particularmente con salarios que operan al mínimo, con un Estado subsidiario y empresarial que avala la precariedad, y con hogares sin libertad y acogotados por las deudas. Y es que, más allá de que nuestro país sea el que más ha crecido económicamente entre todos los países de América Latina durante los últimos 25 años, y sea el más poderoso en términos del PIB per cápita, lo que suele perderse de vista es la pregunta sobre el “¿quién crece cuando Chile crece?” o, mirado en retrospectiva, “¿quién creció cuando Chile creció?”.

El ejercicio aquí realizado es el siguiente. Primero se consideran todos los ingresos monetarios que entran al hogar, esto es: ingresos del trabajo, herencias, ganancias por participación en empresas e inversiones, intereses, pensiones de vejez, pensión de invalidez y los bonos y subsidios del Estado cuando se reciben (tales como el subsidio familiar, la asignación familiar, el subsidio por invalidez, el subsidio a la discapacidad mental, el subsidio de cesantía, la pensión básica solidaria, el aporte previsional solidario, el bono de protección familiar, la asignación social, el subsidio de agua potable, el bono bodas de oro, el bono invierno, el subsidio empleo joven, entre otros). Aquellos montos que se reciben en el hogar una única vez, son prorrateados de forma mensual. Y es a partir de montos mensuales del hogar (contando 30 días por mes) que luego se calcula el ingreso personal diario.

Entonces… ¿qué nos dicen los datos duros de la Casen 2013?

Los datos nos dicen que:

  • El 30% más pobre –un poco más de 5 millones de personas– percibe menos de $3.400 diarios.
  • La mitad de los chilenos –cerca de 8.600.000 personas– percibe menos de$4.900 al día.
  • El ingreso diario de la gran mayoría –dos de cada tres personas– es menor a $6.600 (ingresos líquidos en todos los casos).

¿Y qué sucede al considerar los ingresos provenientes exclusivamente del trabajo?

En ese caso, y excluyendo de los cálculos a quienes tienen ingreso igual a cero (familias donde no hay ingresos del trabajo), el panorama es:

  • El 30% más pobre percibe menos de $2.400 diarios.
  • El 50% percibe menos $4.200 al día.
  • El 66% percibe menos de $5.600 diarios.

Estos datos ilustran algo de lo cual poco se habla: el bajo valor del trabajo en nuestra sociedad y las dificultades que supone para llevar una vida medianamente autónoma. Esto ha operado por medio de un desempoderamiento de los trabajadores, donde las restricciones que pesan sobre la actividad sindical son un factor explicativo clave.

Pues bien, ya sea con ayuda estatal como sin ella, estos números –extraídos de la principal encuesta de hogares– contrastan con el Chile “OCDE”, con el Chile de “Ingresos Altos” del Banco Mundial (ya desde 2012) y con el país de los US$23.556 de PIB per cápita (ajustado por paridad de poder de compra) informado por el Fondo Monetario Internacional en su última revisión de abril de 2015.

¿Y los gastos?, ¿para que alcanzan $3.400, $4.900 y $6.600 al día, en el Chile de hoy?

Sin duda, no para el combo-hamburguesa de $7.100.

Sólo en el ítem alimentación, considerando tres comidas (desayuno, almuerzo, once),  fácilmente se puede extinguir el 61% del ingreso personal diario del 50% de los chilenos que vive con menos de $4.900. Ello, ya que comiendo en casa o afuera, será difícil que gasten menos de $3.000 para las tres comidas.

Para movilizarse, si se vive en Santiago, el sistema integrado de transporte Metropolitano cuesta en hora punta y usando el Metro $720 por pasaje (un 14,7% de los ingresos diarios para el 50% que vive con menos de $4.900). Por lo tanto, y visto de otro modo, realizar dos evasiones al día, significaría aumentar el ingreso disponible en casi un 30%.

En este ejercicio, el chileno mediano, “aquel que es parte de ese 50%”, se queda sin techo (en el caso de las personas que tienen que pagar arriendo y se exponen a los precios crecientes del mercado inmobiliario), sin vestimenta, sin calefacción (ahora que estamos en invierno), sin electricidad, sin gas y sin agua… para qué hablar de recursos destinados al esparcimiento o al ocio. Si dispone solo de los $4.900, esto no se conoce. También tendrá serios problemas con la educación y la salud, derechos sociales que en Chile se encuentran altamente mercantilizados.

Es claro entonces que la radiografía de los ingresos muestra algo que no cuadra: incluso en lo básico, se gasta más de lo que se tiene (¡aun contando los subsidios que entrega el Estado para parchar la fragilidad de los ingresos!). Y el amigo fiel, en todo este circuito, termina siendo el sistema de crédito. Los mismos datos de la OCDE alertan sobre esta situación en Chile: el 27,8% de las personas debe endeudarse para alimentarse.

Estos números, permiten poner en contexto un Chile edificado sobre una dinámica de desposesión, con ingresos y particularmente con salarios que operan al mínimo, con un Estado subsidiario y empresarial que avala la precariedad, y con hogares sin libertad y acogotados por las deudas. Y es que, más allá de que nuestro país sea el que más ha crecido económicamente entre todos los países de América Latina durante los últimos 25 años, y sea el más poderoso en términos del PIB per cápita, lo que suele perderse de vista es la pregunta sobre el “¿quién crece cuando Chile crece?” o, mirado en retrospectiva, “¿quién creció cuando Chile creció?”.

El caso de la hamburguesa desnuda la preeminencia de los intereses empresariales en nuestra sociedad. Esa posición no se construye de manera aislada, se edifica sobre la negación de la libertad de las personas comunes y corrientes, especialmente de las trabajadoras y trabajadores que ven que su trabajo sencillamente no vale y recurren a malabares y ayudas de todo tipo para compensarlo. Cuando hoy se discute una reforma laboral, vale la pena tener esto a la vista. Una huelga con servicios mínimos, que no paraliza, y una negociación colectiva encapsulada solo en las empresas, son señales de continuidad de un modelo de desposesión, en el cual quienes ganan no son quienes sobreviven con menos de $5.000 al día.