La plaga de los multimillonarios que eluden impuestos

No sé cuántos impuestos he pagado en la vida y, la verdad, en general no me pesa: soy –digamos– un optimista, y considero una bendición que todo a mi alrededor funcione, aunque no sea en su máximo esplendor. Me gusta que al salir de mi casa haya una calle con una vereda; si le doy al interruptor, el living se ilumine; si tiro la cadena, me gusta que el agua se lleve lo que prefiero no guardar conmigo; si quiero viajar, que haya un aeropuerto, unos aviones y modos de llegar allí.

La gente, por lo general, tiende a hacer sus cosas, a no estorbarse mucho, etc. Porque estamos hablando de 8 mil millones de potenciales locos que, en el espacio común global –o en Chile, que somos 17 millones–, se comportan de manera más o menos cuerda y, dicho eso, los impuestos me parece bien pagarlos.

Los políticos derechistas se parecen, más que a una asamblea constituyente donde cada loco echa su consigna, a un ordenado colegio donde todos tragan y marchan alegres, empapados de la suave miel de dinero que se desliza piramidalmente entre los elegidos, sin llegar ese dinero, salvo muy ocasionalmente, al perraje.

Lo que desprecio, eso sí, y me brota un poco de hiel, es ver a aquellos como Golborne o Piñera que pescan sus platas –que son demasiadas y no son fruto del trabajo sino de la astucia, del resquicio, de la pillería que degrada confianzas y finalmente hunde a los países– y las esconden en paraísos fiscales, en Panamá, en Islas Vírgenes, y meten en las sociedades a las esposas y los hijos, o sea, ellos no pagan, y la señora que gana 100 o 300 lucas sí paga obligadamente por el IVA, que para ella es mucho: se compra un plátano de 400 pesos y paga altiro cien, y esos parásitos multimillonarios, nada. Son los compadres simpáticos que van al asado sin pagar la cuota y además se llevan algo para la casa. No puedo sino considerar una desfachatez que un tipo que evade los impuestos que financian lo público pretenda presidir, otra vez, lo que es público. Es que me da asco. Es una vergüenza.

El modelo de felicidad de Piñera con su cara devastada por los tics y la ansiedad, sus poses fotográficas, onda qué chistoso es posar junto a los futbolistas, a los de la Teletón, a los políticos bailando o cocinando una tallarinata, qué simpático, no puede convencerme, ni tampoco su alegato a favor de la familia, él, que invocando a San Pablo ha convertido a la Primera Dama en accionista y a sus hijos en testaferros o palos blancos, no sé cuál es la fórmula, se trata de personas que figuran como dueñas de unas cosas que en verdad son de él.

Y, además, quiere presidir esta desdichada República, y por segunda vez, para calmar la ansiedad, ¡oh dueño de tantas y tantas cosas! ¡Oh emprendedor, como todos nosotros, en tu último viaje no te las podrás llevar contigo!
No te llevarás ni las camas de la Clínica Las Condes, ni los peces peruanos de Exalmar, ni los aviones del aeropuerto cuzqueño, ni las inmobiliarias que han afeado este país que tanto amas, ni tantos otros acaparamientos. ¡Tú eres de los que, si te invito a comer, te sirves 37 porciones y dejas sin nada a los demás!

La idea de la multirriqueza, el esplendor dorado y trumpiano o melanio del oro picante conseguido como sea, a codazos, encandila a muchos, y es natural: esos mismos triunfadores los tienen jadeando del alba a medianoche a esos muchos, mientras ellos con una llamada o un clic se embolsan más de lo que cualquiera podrá ganar en su puta vida, y más de los que ellos mismos podrán gastar en sus miserables existencias plastificadas y repugnantes y, ¡oh tristeza!, limitadas.

Para la derecha la solución Piñera es atractiva, porque él, como Trump, se lo paga todo de su bolsillo, y además financia a unos cuantos jotes más, o sea, que todo será coser y cantar. Los políticos derechistas se parecen, más que a una asamblea constituyente donde cada loco echa su consigna, a un ordenado colegio donde todos tragan y marchan alegres, empapados de la suave miel de dinero que se desliza piramidalmente entre los elegidos, sin llegar ese dinero, salvo muy ocasionalmente, al perraje.

En fin, en todo aquello que voy describiendo no encuentra uno traza alguna de los modales republicanos. Con Sebastián no hay debate de ideas, sino frases publicitarias para promover productos. Consignas para azuzar temores. Nadie se fija en lo que es correcto, en lo que sí corresponde (algo que oscuramente cada uno de nosotros sabe ubicar en su interior: esto de aquí es un asco, esto otro está bien) y así vamos, comprando a deportistas, acaparando canales de televisión, arrastrando el olor a fundo revenido del Kike con su trato indigno a las personas y su simplificación chatarra, eso vende. Por mi parte, no compro ni vendo, no quiero un fin de semana en las Islas Vírgenes ni con Piñera ni con nadie de su familia, ni con ninguno de su séquito, no quiero que Golborne me lleve las maletas, hay cosas más bonitas en mi pequeño jardín de La Reina.

Para presidir la República hace falta ante todo, como decían los antiguos, la virtud. La virtud no es despojarse de lo necesario para ayudar a los demás, nada de eso. La virtud clásica es estar bien parado en los propios pies, hacerse eco de las propias fortalezas y no de las más desviadas debilidades. La virtud, que viene de vir, hombre, virilidad (lo siento chicas, los clásicos, ya se sabe), es la valentía, el coraje, la sencillez, el ir a la realidad de las cosas y no a sus inmundos papeles de regalo y a sus malolientes tarjetas. No hay virtud en la deprimente lista Forbes.

No hay virtud en estos multimillonarios que no trabajan pero ganan, que no producen sino que viven de rentas: se han apropiado de peajes, cobran un chorrito de plata cada vez que alguno de nosotros, pobres idiotas, hace un clic por internet o pasa una tarjeta en el supermercado, son simplemente salteadores de caminos: si quieres pasar por aquí, me das tus joyas. Lo han privatizado todo. Han logrado que la amistad, la solidaridad, el bien común, la comunidad, pasen de moda y dejen de ser cool. Son dueños únicos o duopólicos de las aguas, de los combustibles, de las farmacias, de las clínicas, de las universidades, de los canales de TV, de todo, me cago en mi suerte.

El planeta se nos está derritiendo o contaminando, yéndose al chancho, Y en los grandes poderes globales hay personajes que, como Piñera, solo piensan limitadamente en ganar, en hacer negocio, en depredar, en llevarnos a todos a la catástrofe. Yo quiero un mundo mejor, tampoco mucho mejor, un mundo donde no tenga que avergonzarme ni reír con sonrisa chueca para explicar por quién he votado.

Existe, aún, la virtud y una de nuestras virtudes es la decencia. Seamos un poco decentes. Sostengamos la República. Es la única herramienta que aún nos queda para no ser arrollados por estos insaciables que, como no han sabido vivir, nos quieren dejar sin vida.

por JUAN GUILLERMO TEJEDA