Salud mental: Si Chile fuera una persona

mgr_chilenos-723x364Según un reciente estudio de la OMS, un 17% de los chilenos padece de depresión, ubicándolo en una de las mayores tasas a nivel mundial, siendo un indicador que viene a ratificar otras investigaciones que apuntan a lo mismo, la alta prevalencia de trastornos emocionales y mentales en nuestro país.


¿Si Chile fuera una persona como podríamos sensibilizar? Teniendo una discusión en serio para que Chile cuente con una Ley de Salud Mental de una vez. No solo para establecer la necesidad de establecer claramente la defensa de los derechos de los pacientes y el acceso a tratamiento real, ya sea en el sistema privado y/o público.

En términos de cifras, una de cada tres personas de nuestro país padece problemas de salud mental en algún momento de su vida, mientras que dentro de los países OCDE, Chile presenta la mayor tasa de aumento de los suicidios, la que representa una de las diez primeras causas de muerte en hombres chilenos, superando anualmente a las muertes por enfermedades cardiovasculares. Asimismo, Chile es junto con Corea del Sur, los dos únicos países OCDE en que la tasa de suicidio de niños y adolescentes aumenta en vez de disminuir.

La Superintendencia de Seguridad Social, ha establecido que de las cifras de licencias médicas, los trastornos de salud mental, corresponden a un 28% del total de ellas, es decir, casi una de cada 3. Sus principales causas son estrés laboral, consumo de alcohol, trastornos de ansiedad y ánimo, entre otras.

¿Y si Chile fuera una persona, qué diríamos de ella? Que está extenuada, cansada. Sobreadaptada y maltratada frente a exigencias externas, en perjuicio de las propias necesidades y posibilidades. Que sus síntomas constituyen una silenciosa, aún para sí mismo, expresión de su malestar o protesta y que al no poder simbolizar y elaborar, canaliza sus tensiones por vía somática, las descarga a través de las emociones.

Pero que aun así, sigue siendo un ahogado grito de protesta. De rebeldía ciega frente a exigencias desmedidas interiorizadas: el éxito, la codicia y el estatus, entre las principales.

Respecto al suicidio, ya Durkheim se encargó de explicar que la unidad de análisis es la sociedad, no el individuo  y que debe ser tratado como un hecho social que puede ser entendido sociológicamente y no solamente  por las motivaciones individuales que lo producen

Por otra parte, si Chile fuera una persona con estos indicadores, expresaríamos la preocupación por la escasa autoconciencia del padecer. Tendríamos al frente una personalidad con trastornos egosintónicos,  es decir una sintomatología que entra en sintonía con sus valores, sus principios y esquemas de vida.  Es decir, síntomas que no adquieren esa calidad. Al revés, serían rasgos de carácter, útiles para el diario vivir.

Esta escasa o nula conciencia se refleja en que Chile, dentro de los países de la OCDE, es uno de los que destinan menos recursos públicos para financiar el gasto en salud mental, el que en 2012 llegó a 2,16 %, muy debajo de 5,0% que propuso como meta el propio Plan Nacional de Salud Mental y Psiquiatría del Minsal para el año 2010, mientras que, de las 80 patologías que cubre el plan AUGE/GES, menos de un 5% corresponden al área de salud mental. Incluso en el actual programa de gobierno no aparece ninguna mención siquiera al termino salud mental.

Asimismo, un informe del Observatorio de Derechos Humanos de las Personas con Discapacidad Mental (2013),  sentenció que Chile está en deuda con la salud mental. En nuestro país las personas con algún trastorno psiquiátrico, alrededor de 350 mil sin contar a los no diagnosticados, deben enfrentarse a la discriminación, la estigmatización, la falta de oportunidades y, al alto costo económico que tienen los tratamientos. Por su parte, el año 2013 la industria farmacéutica, vendió casi 3,7 millones de unidades (cajas) de antidepresivos y 3,2 millones de tranquilizantes.

No resulta tampoco sorprendente este “mecanismo de negación”: así como las personas eluden y evitan,  las más de las veces, enfrentarse a sus propias opacidades, los países también. Y al no poder  reconocerlo como algo propio lo depositamos en lo ajeno. Lo preocupante es que las autoridades y líderes pertinentes de distintos espacios, también logren escuchar esta quejosa sintomatología nacional.

¿Si Chile fuera una persona como podríamos sensibilizar? Propiciar una mayor conciencia. Un momento de “insigth” o posición depresiva, para poder abrir las preguntas por tales padeceres y apropiarse de ellos, y no verlos solo como externalidad. Los espejismos se rompen justo ahí, frente al espejo.

Ese puede ser uno de los efectos positivos no normativos, de tener una discusión en serio para que Chile cuente con una Ley de Salud Mental de una vez. No solo para establecer la necesidad de establecer claramente la defensa de los derechos de los pacientes y el acceso a tratamiento real, ya sea en el sistema privado y/o público. Sino también para abrir conciencias y censuras, que muy probablemente pueden ser también políticas: El enfrentar los efectos de un modelo de desarrollo, anclado casi exclusivamente en indicadores de productividad y crecimiento económico. Aunque a veces no sea grato como persona o como país, reconocer, que las mentiras más dolorosas se las has contado uno mismo.