Acuerdo nacional: el infame escenario que nos prepara Piñera y la clase política

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La pandemia y sus efectos nos confirma día a día que hemos ingresado en un proceso de colapso sistémico. Un trance que nos supera y atemoriza, que desespera y enloquece, que nos devuelve a nuestra más profunda y básica condición humana: ante la naturaleza y ante nosotros mismos como especie. El covid-19, un simple virus, derriba, o está en proceso de hacerlo, un sistema, una cultura levantada por siglos. ¿Es prematura esta afirmación? Tal vez, pero algo especial y muy grande está en curso.

 

No hace falta poner aquí ejemplos. La lectura y las imágenes en la prensa cotidiana y en las redes sociales son expresivas. Así como en nuestro pequeño espacio del sur del mundo un llamado a los estudiantes a evadir el pago del metro detonó una rebelión popular contra el orden establecido hace más de 40 años atrás, la pandemia del coronavirus hace hoy tambalear el sistema económico mundial y muestra de forma bestial sus desnudas estructuras. El crimen racista que ha incendiado decenas de ciudades estadounidenses ha sido la carga final que derriba un andamiaje que creíamos permanente. Todo lo sólido se desvanece en el aire.

 

No solo es una reacción acumulada de los afroamericanos contra el racismo. Es pura lucha de clases, en una sociedad que ha sido destrozada por el modelo neoliberal. La globalización neoliberal, con promesas irracionales como un crecimiento infinito y un mundo de consumo permanente, terminó por globalizarnos en la carencia y el dolor. Cuando vemos las imágenes de las ciudades estadounidenses no podemos dejar de recordar nuestra rebelión de octubre pasado y en latencia, hoy. Nos vemos en la rabia y el sufrimiento. Nos reconocemos hermanados, no solo como subalternos de un poder hegemónico de alcance global, sino también en la insurrección: sin justicia no habrá paz.  Proletarios del mundo uníos.

 

Nuestra rebelión local en curso está cuarentena. Estamos encerrados, un país encarcelado cuyo objetivo apunta más a un control social que a una medida sanitaria efectiva. Recordemos bien que Sebastián Piñera la primera medida que tomó para enfrentar el virus fue declarar en marzo el estado de catástrofe, darle atribuciones represivas a los militares y decretar el toque de queda. Encadenar a una población rebelde y dar carta libre a decisiones que no tienen otro sentido que salvar a la clase política y el modelo de acumulación neoliberal. Qué se puede decir de la parsimoniosa entrega de una caja de alimentos a personas que están pasando hambre. Una campaña de propaganda política disfrazada de programa alimentario.

 

Con la población encadenada y todavía aterrorizada con la pandemia, que aumenta sin control hora a hora, la nueva campaña se llama acuerdo nacional. Un pacto con la pastosa oposición que tiene como objetivo armar un escenario para el fin de las cuarentenas y el regreso de las protestas. Una escena  que pinta de apocalíptica: alto desempleo, la economía semiparalizada, pobreza desatada y hambre.

 

Con la transición post dictadura en la memoria inmediata, que es el gran pacto para mantener el modelo neoliberal y acotar al máximo los juicios por los crímenes de lesa humanidad, este acuerdo, que se comunica como un programa para enfrentar la pandemia y sus efectos, tiene como destino dos ejes. Mantener como sea el modelo de mercado bajo el control de las policías y las fuerzas armadas. ¿Como en la dictadura? No todavía, pero se parece mucho.

 

Esta semana Piñera le ha dado suma urgencia a un proyecto de ley que modifica el sistema nacional de inteligencia para darle a las fuerzas armadas atribuciones para seguir a los ciudadanos. Serán los comandantes en jefe quienes dirijan las labores de inteligencia. El proyecto ya ha sido aprobado por el Senado y en estos días lo verá la Cámara. De aprobarse por estos moldeables parlamentarios, esta facultad que tendrán las fuerzas armadas limita sin duda nuestros derechos humanos a expresarnos libremente sino que nos trae a la memoria las infames y criminales agencias de inteligencia de la dictadura.

 

PAUL WALDER