Cuicos calmos

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Un tono de malestar se está configurando en la elite biempensante, esa que está bien instalada en los medios, que escribe libros, que poetiza la existencia, que pontifica a diario en la prensa y que posa –por lo mismo– de crítica cultural. Es una elite que tiene el privilegio de ser liberal progresista al mismo tiempo de ser dueña de medios de producción cultural o que –si no– anda por ahí, siempre bien instalada al lado de editores claves, periodistas influyentes y empresarios de bien, esos que, según su decir, viven preocupados de temas país.

Ese, su tono de malestar, se está cuajando además en un discurso bien definido que, insisto, por el privilegio de ser liberal y progresista, se escucha bien tanto a la izquierda “tirá a cuica” como en la “derecha cool”.

A esta elite biempensante, a estos cuicos, les molesta el grito, el griterío agudo, la tesitura que escapa a la moderación de tono grave que ellos eventualmente practicarían. Son unos guturales confesos. Les molesta la protesta que se sale de madre; les da una urticaria profunda la funa que difama y pone en evidencia; oculto en los meandros de su inconsciente cuico, esconden un sentimiento de temor ante tanta revuelta jacobina que quiere cortar cabezas: se ven ellos mismos ante la escena parisina desprovista, eso sí, de todo glamour.

La guillotina le sonríe por parejo a toda elite, cual ella sea. Ellos, intelectuales versallescos, tienen el mismo destino que cualquier otra elite. Les haría bien rever Ridicule (1996), la extraordinaria película de Patrice Leconte, para mirarse un rato al espejo en su actitud cortesana ante el poder.

Es así, toda esta protesta continua,  ya la encuentran rasca. De bajo pueblo. Irracional.

Tanta protesta, tanto “ruido atmosférico”, y por tantas cosas además desprovistas de evidencias, de argumentos económicos y, más allá, sin fundamentos sociológico-filosóficos, que se toman las calles a cada rato, y que no lo dejan a “uno” caminar de flâneur por Santiago o tomarse un café tranquilo, aprovechando el dilatado espacio que necesita un intelectual de su fuste, para escribir literatura y poesía de alto vuelo.

No es resentimiento. Es la metáfora forzada por el único género posible hoy en Chile: el libelo difamatorio. La ironía como forma de acción política.

A estos intelectuales les molesta la desigualdad, pero no sus privilegios. Les molesta nuestro subdesarrollo exitoso, pero aman la poltrona de su posición social en esta modernidad a la chilena. Se indignan, por ejemplo, con el Sename y carraspean por más recursos del Estado, pero no critican el engendro de institución que es –plenamente tercerizada, neoliberalizada–, pues en el fondo eso los llevaría, por consecuencia lógica, a criticar el modelo completo de subcontratación y externalización. Eso sí que no. Dicen amar la educación pública, pero en verdad defienden los intereses de las universidades privadas, pues, en rigor, viven de ellas.

Lo nuevo es que a ese malestar ahora se suma un discurso. Patricio Fernández, vocero de este cuiquerío, tuiteó: “El defecto intelectual del momento es la sobredimensión, el destemple, el desprecio por la calma”. Ya antes, Matías Rivas había dejado evidenciar su posición en una columna en la que se quejaba de los reyes de la moralina, pero que en el fondo iba en esta misma línea de malestar ante tanto griterío. Lo nuevo es el discurso laudatorio a la calma.

Son los “cuicos calmos”. Se suman así a la moda global de la “revolución de los lentos”. La “slow revolution”. Después de la gentrificación de los barrios populares (Yungay, Brasil, Lastarria), después del veranito de San Juan de protesta callejera con Sebastián Piñera, y después de su última moda cultural posestructuralista, se suman al “andar lento”: Slow Cities, Slow Food, Slow Reading, Slow Sex…

El problema de los “cuicos calmos” es pura basura subprime. Burbuja de metro cuadrado. Discurso para la barra brava del empresariado. Lo urgente en Chile simplemente no puede esperar. Fueron en verdad los “jacobinos de la excelencia”, los neoliberales revolucionarios de los 70 y los 80, los tecnócratas progres de los 90 y del nuevo siglo, los que crearon este caos social. Eso requiere celeridad, griterío, calle. Si no, la élite, con su cuiquerío calmo y versallesco, simplemente no escucha.

No es resentimiento. Es la metáfora forzada por el único género posible hoy en Chile: el libelo difamatorio. La ironía como forma de acción política.