David, Goliat y Pinochet

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Captura-de-pantalla-2015-09-17-a-las-23.28.48-629x364Las reformas estructurales bacheletistas son, en rigor, un proceso que intenta poner los cimientos de una más justa distribución del poder y de la riqueza, abriendo la posibilidad de minimizar la desigualdad social insostenible que padece la sociedad chilena: el 1,11%  se lleva el 57,7% del ingreso total del país, mientras el 98,89% recibe sólo el 42,3% de la totalidad del ingreso


El resultado ha sido una acumulación ya incalculable de capital privado -basada en la desigualdad estructural en el ingreso y la relación asimétrica entre empresarios y trabajadores- otorgando una deplorable calidad de vida a las mayorías.

Este proceso reformador, por si aún no se ha entendido, es tan determinante como el plebiscito que derrotó a la dictadura: cambia el neoliberalismo made in Pinochet. Obviamente, esto ha desatado una guerra de intereses de ese 1,11% ultra poderoso y multimillonario contra ese 98,89% sin más que sus manos para trabajar. Estamos en presencia de la clásica lucha entre David y Goliat.

Pero, ¿qué se está tratando de reformar? Empecemos por las AFPs. Antes que nada, señalar que el motor de neoliberalismo made in Pinochet, son las Administradoras de Fondos de Pensiones (AFP): seis instituciones financieras privadas que gestionan el fondo de pensión de los asalariados. Desde el decreto ley de la dictadura en 1980, que cambió el sistema solidario de pensiones forzando a la previsión individual, ha sido la fuente inagotable de acumulación de capital privado -con el dinero del trabajador- para expandirlo a nuevas áreas económicas.

Un dato que ilustra este negocio formidable sin apenas parpadear y con dinero ajeno: en los primeros nueve meses de 2014, cinco AFPs acumulan ganancias por USD 40 mil millones, mientras nueve de cada diez pensionados reciben menos de 150 mil pesos/mes (USD 250). Y este despropósito, en plena desaceleración económica. Frente a esta desolación, Bachelet propone, como primer paso de una reforma de más calado, la creación de una AFP estatal; los dueños de las AFPs responden con una amenaza: la “batalla de todas las batallas” contra cualquier reforma a las AFPs. David lanza una piedra que aún no roza la espada de Goliat.

La reforma tributaria. La arquitectura tributaria chilena no ha cambiado desde la dictadura, siendo una de las más regresivas e inequitativas del mundo: el 50% con menos recursos paga el 16% de sus ingresos totales, mientras el 10% más rico sólo paga el 11,8%. La reforma otorga el 3% del PIB para financiar la educacional, unos USD 8 mil millones, cinco veces menos que los USD 40 mil millones que ganan las AFPs privadas en sólo nueve meses. Bachelet intenta diseñar un sistema tributario más solidario y progresivo con la fórmula de “el que más gana tributa más”, y lo hace porque el célebre “chorreo” de riqueza hacia las clases bajas por el crecimiento económico neoliberal, no se produce. Esta reforma fue la primera piedra de David que tocó la espada de Goliat.

La reforma educacional. La Constitución de la dictadura define la educación como un bien de consumo, no como un derecho; y este bien de consumo es el más caro y segregado del mundo, económica, académica y socioculturalmente: un auténtico sistema educacional apartheid. En efecto, para que la educación sea un bien de consumo se necesita de una educación pública y de una subvencionada de baja calidad. La pública municipalizada, apenas el 37%, es para la clase baja, sin ninguna posibilidad de movilidad social; la particular subvencionada y de financiamiento compartido, el 92% del alumnado y totalmente estratificada, para las clases medias (su calidad académica depende del nivel económico y de donde viva el alumno). En esta última categoría están sobrerrepresentados los estudiantes con calificaciones académicas deficientes que sólo las universidades privadas aceptan: estas no buscan la calidad académica sino el lucro. Una educación pública gratuita de calidad y universal, deja sin clientes a casi la totalidad de la educación básica, media y universitaria privadas que buscan sólo el lucro. Otra piedra de David que hace vibrar la espada de Goliat.

Pero para que este sistema educacional apartheid pueda ser posible, deben también existir relaciones laborales sin poder sindical: la mano de obra de la clase baja y media-media-baja no debe tener poder negociador para mejorar sus sueldos: sin sueldos dignos, la única solución es acudir al sistema financiero.

Y aquí entra la Reforma Laboral. En Chile, los sueldos están en el límite de la pobreza: el 70% de los trabajadores reciben sueldos líquidos que no alcanzan los  $425.000 (USD 608). Esta pobreza relativa, a pesar de tener trabajo, obliga a endeudarse para financiar la educación. La reforma laboral consagra el derecho a la huelga sin reemplazantes, como en la actualidad, y una negociación colectiva con titularidad de los sindicatos. Sin duda, esta reforma laboral  mejorará la negociación salarial, encendiendo las luces rojas en el sistema financiero, sustentado en sueldos de pobreza relativa que obliga al endeudamiento. Otra piedra de David logra sacudir la espada de Goliat.

Frente a las reformas estructurales bacheletistas, la derecha político empresarial está usando todo su poderoso ejército mediático (el 90% del total), político y económico para abortarlas, materializado en una campaña del terror en toda regla que ya cruzó el límite de la sedición, provocando y alimentando el caos y la ingobernabilidad que la asocian con las reformas. Este cuadro confirma una sola tesis: esta élite sufre de un darwinismo social del siglo XIX y está empantanada aún en el neoliberalismo salvaje made in Pinochet, superado después de la crisis neoliberal de 2005, con el liderazgo de EE.UU. regulando el mercado.

En Chile los derechos básicos -salud, educación y pensiones- han estado en manos privadas de ese 1,11% de la población los últimos 40 años bajo el neoliberalismo made in Pinochet. El resultado ha sido una acumulación ya incalculable de capital privado -basada en la desigualdad estructural en el ingreso y la relación asimétrica entre empresarios y trabajadores- otorgando una deplorable calidad de vida a las mayorías, y ubicando a Chile como el país más desigual en la distribución del ingreso de la OCDE. Y, como sabemos, la desigualdad económica conlleva a la desigualdad social.

Esta desigualdad es, en lo medular, el más grave problema de desestabilización e incertidumbre en Chile, no las reformas, como  proclama la campaña del terror que diseña la tormenta perfecta para hacerlas naufragar. Los datos son éstos: el informe anual de Wealth-X y Unión de Bancos Suizos muestra que en 2013-14 los más ricos en Chile vieron crecer su riqueza en un 15%. La agencia calificadora de riesgo Moody’s, en un informa reciente, mantiene la calidad crediticia en Chile, por cierto, una de las mejores del mundo; el PIB crece más del 2%. Y todo esto en plena desaceleración económica, no por las reformas, sino por la coyuntura económica internacional: la desaceleración económica en China importa menos cobre, y los precios globales de los commodities, más bajos. La incertidumbre económica apocalíptica por las reformas, es una falacia. A esto se agrega una baja premeditada de inversión empresarial en una suerte de huelga empresarial larvada. Esta fábrica de incertidumbre es, en esencia, una enorme irresponsabilidad y un acto sedicioso por defender sólo intereses corporativos en contra de los del país.

Chile se merece una derecha empresarial más moderna y más social. La que tenemos, ruboriza a multitudes y subleva a muchos. Pero si insiste en su ortodoxia fanática ¿será profanada la leyenda bíblica? y ¿derrotará, nuevamente, el Goliat made in Pinochet al vulnerable David?