¿Democracia en Chile?

manos-monedas-550x364Lamentablemente, no por las noticias uno se va enterando de la inmensa cantidad de cosas. Tal parece que leer noticias en medios -que no tienen nada que perder- pone las cosas en perspectiva. El problema de recibir tal cuota de realidad provoca una desconfianza que a veces raya en la paranoia en las instituciones que tienen por objetivo custodiar la sana convivencia de todos quienes formamos parte de esta sociedad.


Somos un país en donde quien toma las decisiones de cómo administrar el transporte público, paradójicamente, no lo ocupa. Donde hay economistas tomando decisiones en educación y en donde hablamos de salud desde la fría perspectiva de los números.

De pronto todo el panorama se torna gris, y caemos en cuenta que dirigimos nuestra indignación hacia quien abusa y no frente al que puso al abusador en ese lugar. Nosotros, la sociedad chilensis, los que nos ufanamos de nuestro buen pasar y que con mucha liviandad miramos en menos al peruano y al colombiano. Bien dicen que en un mundo de ciegos, el tuerto es rey.

Aburrido de que las personas que toman las decisiones carezca de los mas básicos principios de ética, de consecuencia, que no tienen códigos. Que seamos un país a medias, un país de decisiones tibias, donde todo es en la medida de lo posible y generado por la política de los acuerdos, todo en pro de mantener cuotas de poder. Donde el límite de las mayorías parlamentarias se desdibuja al momento de legislar, aprovechando vacíos legales. Qué vergüenza pertenecer a una sociedad que mantiene rangos militares y pensiones estatales a asesinos condenados, donde clérigos extranjeros abusan de niños y no sean declarados un peligro para la sociedad. Qué decepción que el dueño de un quiosco proporcionalmente pague más impuestos que una multitienda o un supermercado y donde, no obstante, se condonen fraudulentamente impuestos impagos equivalentes a fortunas, y en donde las grandes empresas obtienen ganancias obscenas apelando a la caridad de la gente hacia personas discapacitadas.

País donde un médico prefiere pagar una multa a trabajar en el servicio publico y en donde profesores y alumnos secundarios marchan por la educación. Y en contraste, apoderados se dejan llevar por una caricatura de calidad alimentada por un apellido “college” o “school” en los colegios de sus hijos y defienden con uñas, dientes y argumentos pueriles como “están nivelando para abajo”. La ilusión de libertad de elección, de pertenecer a una clase media inexistente, donde la gente es tratada como ganado, sin vida familiar y obligada a sentirse agradecida de tener un “trabajo”.

Somos un país arribista, en donde nos sentimos con el derecho de tratar como basura a una empleada sólo por tener el pelo más claro o un apellido con dos erres. Un país que le abre la puerta al alemán abusador de niños y se la cerramos al mapuche. Rendimos tributo a próceres extranjeros y desconocemos el heroísmo de Galvarino. Llamamos flojo al indio por no explotar su tierra y no nos damos cuenta que el mapuche no quiere vivir como nosotros. Sólo quiere obtener de la tierra lo que es necesario para vivir, sin la vorágine explotadora del colono. Pero nos enorgullecemos de creernos los “ingleses de Sudamérica”, los “jaguares”. Hacemos analogías sudacas como Sanhattan mientras renegamos mirándonos al espejo de nuestras raíces indígenas.

Celebramos Halloween, armamos árboles navideños y sacamos fotos de nuestros hijos en las piernas de un anciano sofocado vestido con ropa de invierno, mientras la gran mayoría ignora el We Tripantu y la riqueza de su significado.

Nos forman desde niños con una cosmovisión sesgada y fomentan en nosotros la competencia y la discriminación por el que es distinto, inculcándonos valores basados en dogmas que son válidos para ellos hasta que tocan sus bolsillos. Nos enseñan a no conmovernos por una causa que no convenga al poderoso, mientras nos manipulan descaradamente con los medios. Propician la formación de guetos para no mezclarse y somos condenados a vivir en ciudades en donde es normal escupir al prójimo, pero no a la autoridad abusadora. Vivimos en un país con miedo. Miedo a perder privilegios que nos alimentan la idea de pertenecer a algo que realmente no existe, a perder las chances de aspirar a algo que no alcanzaremos sin traicionar nuestros principios. Miedo a una autoridad que sostiene sus argumentos con la violencia frente a quien no este de acuerdo.

Pero aun así, ignoramos el poder de elegir. Enseñamos a nuestros niños que la clase de educación cívica no es importante, a aceptar el hecho que la política no es un buen tema para discutir en familia. Ignoramos que ese panorama de status quo es cómodo para quien ostenta cargos de poder.

Somos un país en donde quien toma las decisiones de cómo administrar el transporte público, paradójicamente, no lo ocupa. Donde hay economistas tomando decisiones en educación y en donde hablamos de salud desde la fría perspectiva de los números. Hablamos e calidad de la educación pero no fomentamos la lectura ni valoramos al profesor. Hablamos de pensiones, pero aún depositamos nuestra confianza en un sistema que asegura primero sus utilidades y después el objetivo por el cual existen.

Somos testigos de cómo nuestras autoridades abusan de sus cargos con conflictos de interés o lisa y llanamente robando cantidades obscenas de dinero, y quedar impunes y aun así no tener el aliento para decir: ¡¡¡BASTA!!!

Vivimos en Chile. El país de las apariencias, donde reina la inconsecuencia, la hipocresía y la corrupción. País de acuerdos a puertas cerradas, en donde los enemigos políticos no lo son realmente, y en donde la minoría puede imponer su pensar a la mayoría, donde “frescamente” nos llamamos una democracia.

Carlitos Riveros, El Quinto Poder