Editorial Trineo: La Caja Electoral del Grupo Luksic

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Entre 1990 y 2004, la editorial Trineo funcionó como la caja electoral del grupo Luksic. No repartía dinero, pero subsidiaba el gasto electoral del duopolio derecha con precios hasta diez veces más bajos que los del «mercado» de la impresión. La empresa cerró en 2004, justo cuando, debido al escándalo MOP-Gate, se empezó a regular los aportes de las empresas. De varias maneras, la historia de la transición se funde con la de esta empresa de fachada, a través de la cual el grupo Luksic financió transversalmente la política.

Editorial Trineo: La Imprenta de los Luksic que Financió la Política

Jorge Rojas y Claudio Pizarro

Creada 14 días antes que Patricio Aylwin saliera elegido presidente, la imprenta de la familia Luksic fue una aceitada máquina de financiamiento electoral durante la década de los 90 y comienzo del 2000. En una época sin un marco regulatorio, Trineo apostó por los aportes transversales a distintos partidos políticos. Ubicada en el mismo lugar donde antes estuvo la Escuela de Canteros de la Universidad de Chile y luego Cema, la historia de la imprenta explica la transición del país y la relación de la política con el dinero.

PRIMER DÍA EN TRINEO

Claudio llegó a Editorial Trineo el primer día en que la empresa comenzó a funcionar. Todavía atesora en su cabeza una imagen de ese momento, a mediados de junio de 1991, cuando el gerente sacó el candado de la puerta y vio un conjunto de artesanías desparramadas en repisas y muebles. Todo lleno de polvo. “Parecía que allí no había entrado nadie en mucho tiempo”, describe.

La inmensa casona de tres pisos, ubicada en calle Los Olmos 3685, en la comuna de Macul, fue uno de los últimos emprendimientos de los Luksic en dictadura. Claudio llegó al lugar por un aviso del diario que solicitaba personal para trabajar en una imprenta.

Trineo nació 14 días antes de que Patricio Aylwin ganara las elecciones presidenciales, en diciembre de 1989, a través de la constitución de una sociedad donde participaron dos empresas del grupo Quiñenco: Productora de Seguros Andina e Inmobiliaria del Norte Limitada. Esta última representada por Gustavo Delgado Opazo, un antiguo colaborador de Andrónico Luksic Abaroa, contador de profesión y hombre clave en varios emprendimientos del holding desde la década de los sesenta.

Delgado fue quien compró el edificio de calle Los Olmos que tanto impresionó a Claudio. El 25 de abril de 1990 le pagó 43 millones de pesos a Cema Chile, que había adquirido el inmueble en 1981, cuando la Universidad de Chile, entonces intervenida por la dictadura, se lo traspasó en 10 millones de pesos.

El lugar, que hasta 1974 había sido la sede de la Escuela de Canteros de la facultad de Bellas Artes y luego una Escuela de Artesanías impulsada por Lucía Hiriart, se convirtió en una de las primeras propiedades que Cema Chile vendió en democracia.

Claudio recuerda que ayudó a limpiar los últimos vestigios que aún perduraban en el inmueble hasta que llegaron dos máquinas alemanas y otra refaccionada para trabajar. A fines de ese año, durante una íntima inauguración, se enteró que la imprenta era de los Luksic. “Parte de la familia fue a la empresa. Dijeron que era una compañía solvente y con buenas relaciones laborales”, recuerda.

Trineo se concentró los primeros años en imprimir campañas para multitiendas y algunos libros, pero al poco tiempo los trabajos de campañas políticas se tomaron las líneas de producción. “En la elección de 1993 conocí a toda la cúpula política del país, cuando los viejos de hoy eran jóvenes. En esa época la información de los afiches venía en unos disquetes grandes, de esos antiguos de MAC”, agrega Claudio.

Su trabajo consistía en armar las plantillas que luego servirían para imprimir los pedidos. Matrices que se confeccionaban con las fotos de los candidatos, los logos de los partidos y los eslóganes respectivos que recibían los diseñadores. Maquetas en la que sólo se intercambiaba la foto de los postulantes. En la imprenta hacían flayer, postales, dípticos, trípticos, calendarios de bolsillo, posteras y carteles.

“Después salía a la calle y todo el trabajo que habíamos hecho estaba colgado en los postes, los árboles y los cables. Ahí aprendí de política… de la verdadera política”, remata.

BUSCANDO CARTELES

-¿Y los afiches? ¿Qué pasa con los afiches?, preguntó Francisco Vidal por teléfono.

-Hay que ir a buscarlos- le contestaron. En seguida le dieron la dirección.

Fue así como el excadete de la Escuela Militar, militante del PPD y exministro de Lagos y Bachelet, llegó a la numeración indicada. Trineo llevaba una década de vida, Vidal era jefe de campaña del PPD en las parlamentarias del año 1997 y pensaba que el encargo era un trabajo exclusivo del partido.

“Yo juraba que habían puras webás del PPD”, recuerda.

Bastó una mirada alrededor para comprobar que los clientes eran de todos los colores políticos:

“Me encontré con una imprenta enorme, habían afiches de todos los partidos”.

Vidal no solo asegura que estuvo ahí, también explica por qué se daban las cosas de esa forma. Para entenderlo resume el asunto con una proporción matemática: “10 a 1”.

Esa era la diferencia en gasto electoral entre la Alianza por Chile y la Concertación en las primeras elecciones post dictadura. “Había que pasar el platillo”, resume, aludiendo a la famosa frase empleada por Jorge Schaulsohn, reconociendo el financiamiento de los empresarios a las campañas políticas en el año 1994.

Un asunto práctico, para algunos, que otros denominaron realismo político. Los aportes extranjeros de la campaña del No ya no existían y cada conglomerado político debía arreglárselas por las suyas. La derecha, obviamente, tenía una ventaja comparativa enorme.

“Era cosa de ver la publicidad en las calles”, recuerda Vidal, quien asegura que en aquella campaña sólo le tocó gastar el dinero y no recolectarlo.

A diferencia de otros grupos económicos más ideologizados, como los Matte, los Luksic decidieron poner los huevos en distintas canastas. El comienzo de una larga relación incestuosa. Transversalidad y oportunismo que Andrónico Luksic Craig reconocería en una entrevista en septiembre de este año, cuando reveló que una vez su padre le había dicho que ellos eran “del partido de gobierno”:

“Él siempre decía que si al gobierno le va bien, a todos nos va bien”, recordó en aquella ocasión.

Edison Ortíz, doctor en Historia Contemporánea de la Universidad de Valencia, asegura que se trata de un modelo que proviene de la Guerra Fría. “Cuando se acabaron los aportes extranjeros, algunos bloques políticos de Europa decidieron no financiar a las instituciones, cooptando a los líderes políticos a través de estipendios, dejando que repartieran a diestra y siniestra recursos a través de un uso discrecional de fondos entregados por empresarios. Es como si los Luksic te ofrecieran un pool de candidatos y te dijeran vota por cualquiera, total, todos nos sirven”.

Antes que la familia instalara la imprenta, los aportes eran en efectivo. No había ley de financiamiento electoral y las platas corrían en sobres, generalmente en reuniones privadas. Jaime Ravinet, que asegura no haber pisado nunca Trineo, habla derechamente de platas negras. “A algunos incluso se les perdió el maletín”, recuerda el exministro de Lagos y Piñera.

La nula regulación en materia de aportes, aseguran varios políticos, llevó a Quiñenco a instalar una imprenta intentando controlar las contribuciones y eventuales recortes de cola, a través de variadas donaciones en papelería.

Sergio Bitar, reconocido recaudador del PPD, asegura que era algo frecuente que pronto adquirió carácter transversal.

“Había que financiar la democracia”, justifica un antiguo concertacionista que también recaudaba fondos.

-Hicimos varios intentos para sacar una norma que pudiera otorgar financiamiento público para limpiar un poco esta situación, pero la derecha siempre se opuso. Tuvimos que ampliar las cuotas dentro del partido, pero para las campañas no alcanzaba. Había que tener bencina, avisos en radios, papeles, folletos, financiar viajes. Yo fui a ver a varios empresarios para pedir ayuda a mi partido- recuerda Sergio Bitar, presidente del PPD entre los años 1992 y 1994.

Bitar, a diferencia de otros consultados inhibidos por el síndrome Peñailillo, admite que se juntó varias veces con Andrónico Luksic Abaroa:

“Un buen presidente de partido tenía que tener la capacidad de conseguir recursos. Era una práctica democrática desde el punto de vista de las condiciones que había. Si me lo preguntas hoy, me saco el sombrero”.

El único recuerdo tangible de Bitar es que en Trineo se imprimió una edición especial de “Dawson Isla 10”, el libro testimonial sobre su cautiverio en el sur de Chile durante la dictadura, que luego repartió en una campaña suya en el norte del país.

ESCUELA DE CANTEROS

Norberto Oropesa tenía 24 años cuando escuchó por primera vez sobre la Escuela de Canteros. A comienzos de 1967 un tío le comentó que en Santiago se había abierto una escuela para obreros artesanos en la Universidad de Chile.

Oropesa, que se había pasado toda su niñez y juventud moldeando greda en Los Andes, migró a la capital sin pensarlo demasiado. Se presentó en la casona de calle Los Olmos, y aunque no entendió lo que le pedían en un comienzo, su trabajo maravilló a los docentes, entre ellos a Samuel Román, Premio Nacional de Escultura y fundador de la escuela.

-Yo era huaso, no conocía la proporción estilizada, ni tampoco tenía idea de la técnica, porque siempre había sido un autodidacta de la alfarería –recuerda Oropesa, hoy de 73 años.

La Escuela de Canteros se fundó el 15 de diciembre de 1943. Durante sus primeros años funcionó en una casa ubicada en la calle Exequiel Fernández, donde vivía Román, quien luego de dar una larga disputa ideológica en la facultad de Bellas Artes de la Universidad de Chile, decidió poner a disposición su propiedad para llevar adelante un resistido plan educacional: la primera escuela universitaria para formar artesanos de origen popular.

-Samuel era un hombre de izquierda, comunista, que siempre le había dado la pelea a la elite del arte. Para él este lugar reivindicaba al pueblo en el espacio universitario –explica Eduardo Castillo, autor de un libro biográfico sobre Oropesa.

No pasarían muchos años para que su proyecto convenciera a las autoridades. A comienzo de los 60, Juan Gómez Millas, entonces rector de la universidad, financió la construcción de un espacio para los canteros en la comuna de Macul, en cuya ornamentación participaron algunos alumnos.

Los Olmos tenía un taller para trabajos en piedra, uno para moldear la cerámica, otro para el fierro, y una sala de dibujo, donde también se hacían clases teóricas. Norberto Oropesa se recibió de técnico en artesanías en 1970, en el mismo edificio que años más tarde albergaría las máquinas de Trineo y el constante peregrinaje de decenas de políticos en busca de sus afiches de campaña.

Waldo González, profesor de técnicas de expresión y de dibujo analítico, realizó clases hasta el mismo día del derrocamiento de Salvador Allende. Después del 11 de septiembre, asegura, los militares acusaron a los alumnos de almacenar explosivos en el recinto. Un montaje burdo que terminó con el cierre definitivo de la Escuela en 1974. “Quemaron todo”, agrega el exprofesor.

Siete años más tarde, el 28 de mayo de 1981, Alejandro Medina Lois, entonces interventor de la Universidad de Chile, transfirió la propiedad en 10 millones de pesos a Cema Chile para que instalaran allí una Escuela de Artesanías. Una de las primeras cosas que hicieron al llegar al edificio fue esculpir el nombre de la fundación en una piedra que aún se encuentra en el recinto. El gesto fue golpe de gracia a la memoria del movimiento de artistas obreros que allí se educaron.

Norberto Oropesa recuerda que años más tarde regresó a Los Olmos y se encontró con bordados, tejidos y pinturas. Intentó vender algunas de sus artesanías.

-No me las recibieron. Me dijeron: ‘lo que usted hace no tiene nada que ver con lo nuestro’ –recuerda.

Lucía Hiriart era entonces presidenta del directorio y Patricio Díaz Araneda, coronel de ejército que cumplió una condena de 11 años de prisión por el caso Caravana de la Muerte, se desempeñaba como director ejecutivo de la fundación. A comienzos de 1990, a este último le correspondió vender el inmueble al grupo Quiñenco.

-Es posible que yo haya firmado ese documento, pero no lo recuerdo. Mi labor era administrar los bienes, pero quien determinaba vender una propiedad era el directorio, que estaba presidido por la señora Lucía–explica Díaz.

El sueño de Samuel Román había terminado. Ni siquiera alcanzó a enterarse: cuando Cema y los Luksic cerraron el trato, el escultor había muerto hacía 18 días.

LA FOTO DE LAGOS

Fue durante el boom de las “posteras”, esos enormes afiches que colgaban de los cables, que a ratos hacían ver a Santiago como una gran ramada electoral. Eran tantos los candidatos y tan similares los colores empleados que a veces en Trineo se confundían los despachos.

“Era re fácil equivocarse. Una vez nos pegamos el manso condoro y repartimos mal los carteles. A Renovación Nacional les pasamos los de la DC y a los de la DC los del otro partido. Quedó la mansa escoba”, recuerda un exjefe de despacho de la empresa que fue despedido después del incidente.

Los trabajadores de la imprenta tuvieron que acostumbrarse a la dinámica del negocio. Cuando no había campañas el trabajo era diverso, pero cuando llegaban las elecciones debían dejar todo de lado.
“Trabajábamos 100 % en las campañas, full pega, era de locos”, recuerda Pedro Díaz, exjefe de preprensa de la compañía.

Era tanta la carga laboral en esos períodos que empezaron a trabajar en dos turnos y a externalizar todo lo que no podían hacer. “Eran volúmenes tan altos que no dábamos abasto, por eso tuvimos que derivar trabajo a otras imprentas como Vanni y Morgan Marinetti”, agrega Díaz.

A cada rato, recuerdan, llegaban las fotos de candidatos en distintos sobres. Todavía no comenzaba en plenitud la era digital y el Photoshop estaba en pañales.

“Era todo más lento, los equipos trabajaban a baja velocidad y se necesitaba más mano de obra. Cómo no existían cámaras digitales había que escanear diapositivas para poder retocar, costaba una eternidad”, recuerda un exdiseñador.

Varias veces llegaron políticos exigiendo mejorar sus imágenes, disminuir papadas, eliminar patas de gallo y hacer brillar sus sonrisas, tal como una vez lo intentaron con Orpis. Los más vanidosos, recuerdan, eran Longueira y Coloma.

“Una vez tuvimos que esperarlos hasta bien tarde en la noche, querían unos retoques, pero apenas alcanzó el tiempo para una mano de gato”, agrega el mismo trabajador.

José Molina fue presidente del sindicato de la empresa desde el año 1998 hasta el día de su cierre en diciembre del año 2004. Cada dos años debía negociar con la empresa beneficios para los trabajadores, pero siempre chocaba con un muro infranqueable: los números rojos de la imprenta.

“Llevo años en el mundo de la gráfica y esta webá no me cuadra”, explica Pedro Díaz, intentando comprender la excepción a la regla: Trineo era una de las pocas empresas de los Luksic que arrastraba pérdidas millonarias.

Pero las cifras negativas no eran las únicas que causaban sospechas. También la forma en que la empresa operaba durante las campañas políticas. Díaz recuerda que en los trabajos normales se emitía una orden, luego se realizaba la pega y posteriormente él era quien le indicaba a la secretaria los detalles de facturación. A los partidos, dice, no se les aplicaba el mismo criterio:

“Nunca vi órdenes de compra ni facturas. Era todo bajo cuerda, platas negras. Siempre pensé que eran favores políticos”.

Los aportes a los partidos, aseguran, siempre se traducían en cupos de dinero que luego se iban repartiendo en distintos candidatos. La mayoría de las veces venían visados por el directorio y, posteriormente, por Juan Carlos Jerez, el Gerente General de la imprenta que venía de trabajar en una petrolera en Venezuela.

Francisco Vidal recuerda que cada partido nombraba a un responsable a cargo de las impresiones que se relacionaba con los ejecutivos de la empresa. En la elección presidencial del año 1999, la encargada de la campaña de Lagos en la imprenta fue la publicista Ximena Poblete, militante socialista cercana a Carlos Ominami que llevaba un año en Trineo, luego que Carlos Jerez le encargara desarrollar un área de revistas en la compañía.

Poblete tenía experiencia en el rubro: Había trabajado en una publicación del Colegio de Ingenieros, la revista Gourmet y Buena Salud.

En eso estaba cuando coincidió con la campaña de Lagos y se dedicó a trabajar en ella como nexo de Ominami, entonces director comunicacional del comando.

La elección que enfrentó a Lavín y Lagos fue intensa. Los extrabajadores de la imprenta no recuerdan otras campañas con más financiamiento que aquellas dos. Trineo, por supuesto, apoyó a ambas candidaturas. “En una máquina se imprimían los afiches de Lavín y en otra, los de Lagos”, recuerdan.

Los volúmenes de trabajo permitían vislumbrar qué canasta era la que tenía más huevos. Aquella vez, aseguran, Lagos llevaba la delantera.

“Eran como las carreras de caballos, le ponían más fichas al favorito y casi siempre ganaban”, explica Pedro Díaz en jerga hípica.

Así ocurrió. Lagos ganó en segunda vuelta el 16 de enero de 2000. La relación entre el comando y la imprenta de los Luksic, sin embargo, no terminó ahí. Ximena Poblete fue la encargada de gestionar con Matías de la Fuente, sobrino del ex mandatario, la impresión de la foto presidencial que ocuparía todas las oficinas públicas del país a contar de marzo de ese año.

La foto, como era de esperar, no llevaba pie de imprenta. Nadie sabe con exactitud cuánto se le pagó a la imprenta de los Luksic por el trabajo realizado. Ni siquiera existía el portal de Chile Compras.

Pocos meses más tarde, Poblete abandonaría Trineo para trabajar en la imprenta del diario La Nación.

LA CAMPAÑA DEL 2001

Cuando César logró abrir el archivo desde un viejo computador sintió como si desenterrara los restos de un tesoro arqueológico virtual. Quince años habían pasado desde la última vez que sus ojos vieron la clásica planilla Excel, donde los funcionarios de Trineo registraban todas las órdenes de trabajo que ingresaron a la compañía durante el 2001.

Elaborado justo en un año de campañas parlamentarias, el documento permite dimensionar el tamaño de la imprenta y el monto de los aportes gráficos que llegaba a manos de los partidos políticos (ver listado completo https://es.scribd.com/document/335543719/1er-Semestre-2001#from_embed). Las cifras son elocuentes: 310 órdenes de trabajo, valoradas en 578 millones de pesos, algunos gestionados directamente por los aspirantes y otros por las directivas de los partidos.

El primer político que aparece en la lista es Carlos Ominami, candidato a senador en aquella elección, que aparece con 27 órdenes de trabajo valoradas en poco más de 60 millones de pesos en impresos.
“No recuerdo esa imprenta”, dijo Ominami al ser consultado al respecto.

No es el único socialista que figura en la planilla. También está Juan Pablo Letelier con 11 millones y Camilo Escalona con 5. En la DC destacan los nombres de Enrique Krauss, con 3 millones, Zarko Luksic con 9 e Ignacio Walker con casi 8.

-No sé si Ominami pedía afiches para él o era una especie de cabeza que canalizaba las impresiones en el PS, tal como lo hacía Jorge Manzano en la UDI- explica César.

El exadministrador electoral del gremialismo registra trabajos por un total de $126.437.500 y una larga lista de beneficiarios en su cuenta: Juan Antonio Coloma, Mario Varela, Alejandro García-Huidobro, Víctor Pérez, Ana Victoria Durruty, Felipe Salaberry, Sergio Correa de la Cerda, Patricio Melero, Carlos Recondo, Ignacio Urrutia, Ramón Barros, Marcelo Forni, Eugenio Bauer, Juan Masferrer, Gonzalo Uriarte, Cristián Leay, Alberto Calvo, Enrique Estay, Marcela Cubillos, y el abogado de Pinochet en Londres Miguel Schweitzer.

-No me acuerdo de esa imprenta. No tengo antecedentes de eso, pero puede haber sido. Para qué voy a mentir, he trabajado con muchas imprentas, pero yo creo que están mal informados -explica un amnésico Manzano.

Según el archivo, la UDI es el partido que más recursos recibió de parte de Trineo aquel año: 261 millones en total. Lo sigue Renovación Nacional con 110, la DC con 66 y el PPD con 37.

En RN la que más recibió aportes fue Lily Pérez: 15 millones en trípticos, afiches, y carpetas para los apoderados el día de la elección.

“El 2001 el partido me donó material, lo recuerdo muy bien, siempre esas cosas las han manejado los presidentes de cada colectividad”, explica.

Aquel año Sebastián Piñera estaba a la cabeza de Renovación Nacional.

De las 89 campañas políticas que se imprimieron en Trineo, 60 resultaron ganadoras: 22 de la Concertación y 38 de la Alianza. Fue la última vez que la empresa ubicada en la calle Los Olmos imprimió material electoral.

EL CIERRE

Si bien Trineo había trabajado a su máxima capacidad durante el 2001, en los números su estado era calamitoso. En mayo de 2002, cuando al sindicato le tocó negociar el contrato colectivo, los ejecutivos se negaron a subir los sueldos demostrando con cifras que la empresa atravesaba periodos de insolvencia.

A los trabajadores no les cuadró la explicación. Habían hecho dobles turnos, trabajos de fines de semana, horas extras, y ni así se sacaban de encima el estigma de ser uno de los peores negocios del holding.

En los papeles de la negociación colectiva de ese año, hay muchas cifras que llaman la atención. La mayoría de ellas contenidas en dos informes: el balance general corporativo y los estados de resultados.
Números que para los expertos en contabilidad son como verdaderas radiografías de la empresa.

-Esta compañía nació para perder –explica Daniela Ortega, ingeniera comercial, magíster en negocios, y exprofesora de economía y finanzas de la Universidad de Talca luego de ver las cifras.

Ortega enumera una serie de irregularidades: excesivo gasto en administración, escaso margen entre los ingresos y los costos por ventas y serias sospechas de que los datos fueron intervenidos.

“Es como si en este balance la empresa tratara de justificar una salida de plata”, agrega.

Lo que más le llama la atención, sin embargo, al comparar los números del año 2000 con los de 2001, es que los ‘gastos fuera de explotación’, concepto contable que sirve para registrar todos aquellos costos en que ha incurrido la empresa, pero que no tienen que ver con su trabajo, aumentaron de 6 a 220 millones.

También lo hicieron las deudas con acreedores de largo plazo: 230 millones más que el período anterior.

Aunque el 2001 Trineo tuvo ventas por casi 2.400 millones de pesos, luego de todos los gastos, la imprenta quedó con una pérdida de 170 millones. Desde su creación hasta el 2002, la empresa arrastró número rojos por 734 millones de pesos. Aquello les permitió una excepción tributaria: el mismo año que imprimieron 89 campañas políticas, la compañía no pagó impuestos.

-Trineo era una empresa que trabajaba a pérdida, creada para fabricar carteles. Había otra gente que fabricaba pinturas. Esa era la manera en que los partidos captaban recursos de los privados, situación que era tolerada por todo el mundo –recuerda un parlamentario de la Concertación que alguna vez visitó la imprenta.

En Quiñenco aclaran que Trineo era un emprendimiento como cualquier otro, pero que a comienzos del año 2000 la empresa se fue haciendo poco rentable, en parte por la gran proliferación de imprentas.

En el año 2003 el grupo encargó un estudio a la consultora Alpha Negocios que determinó que el valor patrimonial de la compañía se encontraba en un rango negativo. Fue su sentencia de muerte: el 31 de diciembre de 2004, Trineo detuvo las prensas.

Algunos creen que la verdadera razón del cierre fue la aprobación de la ley de financiamiento a la actividad política del 2003, tras el escándalo MOP-Gate, que comenzó a regular los aportes de las empresas. Como ya no se podía donar en materiales, la imprenta no tenía sentido.

Para el año 2006, Trineo había desaparecido del organigrama de Quiñenco. Su cierre oficial se concretó el 29 de diciembre de 2005. Ese día, Inmobiliaria Norte Verde, empresa que era dueña del 99% de la compañía, le compró a Inversiones Río Grande, también parte del grupo, su parte en la suma de un peso.

Veinte meses después, en agosto de 2007, el grupo vendió el edificio de Los Olmos en 127 millones de pesos a la Sociedad Educacional Aceval y González Limitada, representada por Gladys González, dueña de las parrilladas La Cuca, que decidió instalar allí un asilo de ancianos.

En el recinto aún hay vestigios de sus anteriores dueños: una escultura de roca que lanza agua por la boca, un cóndor hecho en mosaico en una de las salas, el nombre de Cema Chile esculpido en una piedra y el logo de la imprenta sobre el mesón de la entrada. Por los mismos pasillos que transitaron estudiantes, artesanos, militares y políticos, resumiendo probablemente la historia de los últimos 50 años, hoy camina un viejo con demencia senil lanzando inentendibles palabras al viento.

Fuente: The Clinic