EE.UU. no siempre fue multicultural: La estupidez, siempre puede mas

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La medida de Trump que busca prohibir la inmigración de un amplio grupo de personas a EE.UU. hace recordar otras restricciones históricas del país en nombre de la defensa de la identidad, la economía y la seguridad nacional. ¿Cuáles fueron y qué podemos aprender de esto?

“No podemos traicionar nuestros valores», «EE.UU. es una tierra de inmigrantes, que siempre ha recibido personas de todo el mundo», «Nuestro país es un histórico lugar de refugio para los perseguidos por su religión».

Estas y otras frases típicas se han podido escuchar como reacción a la orden ejecutiva por parte de la administración Trump, de prohibir por 90 días la entrada a los refugiados de distintas naciones y a todos los ciudadanos de los 7 países (todos de mayoría musulmana) que en 2015 fueron considerados por el congreso de EE.UU. como “países que causan preocupación”. Medida que también paralizó de manera indefinida el programa al programa de refugiados provenientes de Siria.

Las reacciones desde amplios sectores de la sociedad han sido de rabia, rechazo e indignación. Para muchos,la medida de Trump va en contra de los valores estadounidenses y los más de 240 años de historia del país, en los cuales ha recibido a personas de los 5 continentes, independiente de su raza, religión y nacional.

Pero… ¿es tan así? ¿De verdad que EE.UU. siempre recibió a los inmigrantes de con los brazos abiertos? ¿Qué tan diferente son las medidas del actual gobierno a las tomadas anteriormente?

Si uno observa el desarrollo histórico de la inmigración en el país, es cierto que constantemente ha recibido diferentes oleadas de extranjeros de diversos países y que en la actualidad es uno de los países más culturalmente diversos del mundo. Sin embargo, la desconfianza y los intentos, de parte de la sociedad y las autoridades, de controlarla, buscando poner distintas barreras a ciertos grupos raciales, nacionales o religiosos ha sido una norma que ha sucedido con mayor regularidad de la que se piensa. Veamos algunos casos.

¡Fuera católicos!

A mediados del siglo XIX, Estados Unidos estaba recibiendo una creciente población inmigrante proveniente de la católica Irlanda, número que se veía con especial fuerza en las grandes ciudades del país.

Como reacción nació el denominado movimiento «nativista», el cual fue encarnado por el partido Know Nothing (nombre que proviene del secreto que se mantenía en esta organización). Este buscaba, entre otras cosas: la deportación de mendigos y criminales extranjeros, la lectura obligatoria de la Biblia protestante en las escuelas y la eliminación de todos los católicos, en aquellos años casi todos irlandeses, de cargos públicos. Con esto, pretendían «restaurar» su visión del país como una nación protestante y autosuficiente.

Esto fue creando una fuerte cultura de rechazo a este grupo de inmigrantes. Además su impacto no fue marginal, pues en su mejor período, el partido llegó a tener más de 100 congresistas, 8 gobernadores y el control de media docena de legislaturas estatales, incluyendo la de estados tan importantes como Massachusetts y California. De todos modos, al menos las medidas propuestas no llegaron a concretarse.

Tras su declive como partido, el rechazo a la inmigración irlandesa al país disminuyó, pero la desconfianza hacia esa población no se fue del todo. Numerosos actos de violencia ocurrieron contra su población durante el resto del siglo e incluso tiempo después.

Durante el siglo XIX los irlandeses eran caricaturizados como alcohólicos, violentos y animalescos. En la imagen una caricatura de 1871 que los presenta como simios y borrachos violentos.

No se aceptan chinos

También durante el siglo XIX, siglo de los nacionalismos, surgió en tierras estadounidenses un rechazo irracional a otro grupo migrante, pero en este caso no venían del mismo continente que la mayoría de los ancestros del país, Europa, sino que del otro lado del Pacífico: China.

La mayoría de estos asiáticos había llegado al país para desenvolverse en arduas y mal remuneradas tareas, como la construcción de las líneas ferroviarias y el trabajo en las minas. Y aunque en un principio estos no fueron particularmente rechazados, dado que hacían un trabajo que los demás no querían realizar, con el aumento sostenido de su número llegaron los intentos de detener su inmigración.

Imagen publicada en el siglo XIX en donde el Tío Sam expulsa al chino, en referencia refiriéndose a la Ley de Exclusión de China.

Estos esfuerzos tuvieron su punto culmine con la promulgación en 1882 de la Chinese Exclusion Act (Ley de Exclusión China), que prohibía completamente la entrada de trabajadores chinos a EE.UU. La draconiana ley fue implementada como respuesta a las demandas (especialmente desde California) de quienes creían que estos eran racialmente inferiores y que su llegada producía un aumento del desempleo y la disminución de los salarios… suena familiar, ¿no?

Dicha ley se mantuvo por más de 60 años y solo fue abolida cuando China se convirtió en un aliado de EE.UU. en la Segunda Guerra Mundial (SGM) contra el Imperio del Japón.

Refugiados judíos, devuélvanse

«No se les debe permitir la entrada a estos refugiados, porque amenaza la seguridad nacional». Esta frase no fue utilizada por primera vez para prohibir la entrada de refugiados sirios, sino que para hacerlo con un grupo de perseguidos judíos, provenientes de Europa pocos meses antes del comienzo de la SGM.

El caso hace referencia al lamentable episodio del crucero SS St. Louis, barco que traía consigo 935 judíos (la gran mayoría alemanes) que huían del nazismo, los cuales desembarcaron en La Habana el 13 de mayo de 1939, con la esperanza de poder conseguir asilo en EE.UU.

Una encuesta del  Instituto Estadounidense de Opinión Publica (1939), señalaba que el 61% de los estadounidenses se oponían a un plan para llevar al país a unos 10 mil refugiados menores de edad. Solo un 30% se mostró favorable y un 9% no señaló opinión.

Sin embargo, ni el gobierno estadounidense, ni el cubano estuvieron dispuestos a aceptarlos, por lo que el barco se quedó varado en La Habana por varios días. Al St. Louis se le ordenó abandonar mares cubanos por lo que se dirigió a Miami, en donde La Guardia Costera le impidió el paso a tierra firme.

Los funcionarios gubernamentales de Washington (desde el Departamento de Estado al FBI) y el mismo presidente Franklin Roosevelt, argumentaron que los refugiados representaban una amenaza seria a la seguridad nacional, en la medida que podían resultar ser espías alemanes (nuevamente, suena muy familiar).

Finalmente, y tras varios días de numerosas negociaciones fallidas, el barco fue devuelto a Europa y los refugiados fueron separados y enviados a diferentes países europeos, donde 254 enfrentarían la muerte a manos de la «Solución Final» del nazismo.

Una nación más diversa

Como mencionó Fernando Purcell, profesor de Historia de la UC en un reciente artículo para la Tercera, la identidad de EE.UU. «como una nación de naciones no existía antes de la Segunda Guerra Mundial, pero la nación asumió un liderazgo mundial desafiando los discursos racistas y excluyentes de tres regímenes totalitarios (las potencias del Eje), lo que dio un impulso decisivo a dicha identidad”. Y un evento fundamental de esa nueva identidad multinacional, multicultural y multireligiosa fue la Reforma de Inmigración de 1965.

Dicho cambio legislativo trajo un cambio radical en la forma que el país entendía la inmigración, pues eliminó el sistema de cuotas de nación de origen que había predominado hasta entonces y donde la gran mayoría de las visas de inmigrantes eran otorgadas a personas de países de la Europa Occidental. Con la reforma, por primera vez en su historia, EE.UU. se abría realmente a recibir inmigrantes de todas las nacionalidades bajo un mismo y único sistema estandarizado.

Y en el medio siglo subsiguiente, el patrón de la inmigración estadounidense cambió de manera revolucionaria. La proporción de la población estadounidense nacida fuera del país se triplicó y se hizo mucho más diversa. Mientras que para 1960, el más del 87% de los inmigrantes eran originarios de Europa; para 2010, el 90% provenía de otras regiones del mundo.

Una importante lección: nada se puede dar por sentado

Viendo el proceso histórico de la inmigración en EE.UU. es posible ver que las recientes medidas restrictivas de la administración Trump no son un acto extraordinario. Por el contrario pareciera ser una vuelta a «viejas tradiciones» de tiempos en donde el criterio de inmigración al país estaba basada en conceptos religiosos, nacionales y raciales. Estos, en muchos casos, justificados por miedos irracionales y la aparente necesidad de proteger al país de «amenazas», tanto económicas o como a la «seguridad nacional».

También es cierto que incluso en los periodos más oscuros de aislacionismo estadounidense, siempre hubo quienes se opusieron a la exclusión y a los prejuicios y buscaron construir un país abierto a todos quienes quisieran forjar un futuro mejor para ellos y sus familias. Por lo que quienes ahora están levantando la voz contra las recientes medidas anti-inmigratorias, enfocadas en la población migrante latina y musulmana, tienen como respaldo más de 50 años de progreso en materias aceptación y apertura a realidades diferentes, que un solo gobierno, por más que quiera, no podrá borrar de un solo plumazo.

Sin embargo, la forma en que un país recibe a los inmigrantes, tanto EE.UU. como cualquier país, siempre puede cambiar de manera dramática y el progreso en materia de integración nunca se puede dar por sentado.

Es cierto, el aumento de la inmigración la última década es un fenómeno difícil de manejar, especialmente para países que son vistos como «tierras prometidas» como Estados Unidos. Pero en un mundo globalizado, las naciones deben adaptarse a una nueva dinámica social, donde simplemente bloquear o negar un fenómeno, no es en ningún caso una solución sensata. La historia nos ha enseñado también de eso.

Ya sea la paranoia contra los «terroristas» musulmanes o los muros para detener a los «peligrosos» inmigrantes indocumentados mexicanos, los riesgos de caer en el aislacionismo y el proteccionismo son siempre reales.

Por lo que es deber de los ciudadanos y la sociedad civil organizada el defender los avances en tolerancia y apertura alcanzados en los últimos 50 años, estando siempre atentos a analizar las propuestas quienes consideran que la única manera de mantener nuestra identidad, seguridad y economía es cerrándole la puerta a un determinado grupo humano.

Las recientes protestas en los diferentes aeropuertos del país, el bloqueo por parte de un juez federal y el nuevo rechazo a la apelación del ejecutivo para seguir adelante con esta medida, son una señal esperanzadora.