El laberinto de Peñailillo ante el cambio de gabinete

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penailillo_13569-L0x0-723x364No sabe qué responder. Muestra informes, habla de ellos y los sostiene como si fueran  un escudo; como una manera de responder las preguntas de una prensa preguntona, con aires sofisticados y otra muy interesada con tal de ponerlo en entredicho. Él no lo hace mal: habla de la Presidenta como si fuera su mamá, como si necesitara su figura para cubrirse ante los cuestionamientos acerca de esas boletas. Esas malditas boletas.


El ministro está en un laberinto y ya no encontró la salida solo. Ya perdió la oportunidad de hacerlo y en pocas horas veremos si es que sale airoso o, en cambio, por la puerta trasera.

Rodrigo Peñailillo no es un mal político. Logró hacer lo que toda la llamada “vieja guardia” no pudo-o no quiso-al cambiar finalmente el sistema binominal. De manera sigilosa, y sin muchas cámaras, logró los votos necesarios para hacerlo con conversaciones de pasillo, como lo ha hecho durante toda su carrera sin mucha exposición y echando mano a su experiencia como operador político antes de estar en la primera línea como hoy. Y es que parece que ese es el lugar que siempre le quedó más cómodo, el lugar al que fue relegado por años, por los viejos, debido a la ambición de estos y  su gustito por el poder, las entrevistas en El Mercurio y las grandes decisiones.

La inexperiencia de Peñailillo ante las cámaras y las preguntas complejas y punzantes, se debe a que su labor siempre fue estar atrás, aconsejar, mover las piezas y levantar candidaturas como lo hizo con la última campaña de Bachelet. Esa última campaña que según su discurso-y sumiedo a mostrarse como operador político ante la opinión pública-casi se levantó de la nada, por arte de magia, sin personas que trabajaran y fueran pagadas para llevar idear un programa de gobierno e instalar de nuevo a la mandataria en La Moneda. Comiendo aire, como si quienes ejercen la política no pudieran ganar dinero.

El ministro del Interior se niega a explicar algo que ya todos sabemos. Cree que con palabras nobles de reformas  y de cambios que muchos queremos que se concreten, nos va a desviar la mirada de la realidad del ejercicio político. De ese que se realiza día a día y que debe ser financiado. Cree que con su nuevo rol de proyecto de hombre de Estado, debemos olvidarnos de un pasado que parece molestarle más a él que a nosotros, ya que al negarlo lo sataniza y colabora con la estigmatización de quienes se dedican a la política, ayudando así con  ese clima de eterna sospecha y de constante desconfianza que tanto sirve a quienes desde el sector privado hacen y deshacen.

Es cierto: el ministro es joven. Pero cierto también es que las esperanzas de ser quien no es, le han jugado una mala pasada. Ahora sólo queda saber si es que su madre política le seguirá dando el apoyo que le ha brindado en este último tiempo. Si es que con  sus enredos y sus constantes ganas de demostrar que lo evidente no lo es, podrá-o no- seguir siendo el segundo a bordo en la casa de gobierno.

La Presidenta ya anunció que le pidió la renuncia a todos sus ministros y verá los nombres que la seguirán acompañando. Si es que Peñailillono no se queda, todo indicaría que el hecho de no entender cómo se ejerce la política real-y no solamente la de los pasillos- ha terminado por mermar su futuro en el gobierno. Ya que sus ambigüedades no tendrían cabida en un momento en que se requieren ciertas certezas, y resolver problemas simples sin convertirlos en material para una oposición hambrienta de efectos y de rostros culpables e inseguros como los que les ha ofrecido el llamado hijo político de Bachelet.

El ministro está en un laberinto y ya no encontró la salida solo. Ya perdió la oportunidad de hacerlo y en pocas horas veremos si es que sale airoso o, en cambio,  por la puerta trasera.