Estallido social en Chile: El infierno de la desigualdad

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El estallido social en Chile muestra lo distinto de lo liso, lo plano, lo llano y transparente con que filósofos y sociólogos en Occidente han querido caracterizar el presente social como forma privilegiada por la dominación para facilitar y acelerar el proceso de producción y acumulación capitalista.


El escándalo, el grito, las marchas y la represión muestran la verdad dura de una sociedad que se quiso domesticar y mantener en la conformidad de la aceptación y del silencio.

El estallido social en Chile muestra lo contrario. En lo profundo y lo secreto, en lo escondido de la dominación, en su invisible interior, ha mostrado su verdad, el infierno de la desigualdad y lo heterogéneo de su composición.

El escándalo, el grito, las marchas y la represión muestran la verdad dura de una sociedad que se quiso domesticar y mantener en la conformidad de la aceptación y del silencio.

Lo brutal derrumba y descompone la falsa aceptación de la sonrisa y la complicidad.

La calle hace presente la verdad de las diferencias, la ruptura profunda que se ocultaba; el multiforme malestar de la miseria, el dolor y la ira que se acumulaba y escondía por una dominación camuflada en los mil pliegues y repliegues de instituciones, normas, y leyes ya caducas y sin vigencia.

Mostró también el servicio prestado a los poderosos por la falsa democracia de las representaciones políticas ya deslegitimadas, desgastadas por el abuso y la mentira.

Ha mostrado el derrumbe de un edificio de instituciones estatales corrompidas.

El estallido pone en evidencia cuan poco transparente es la sociedad y como todas esas formas de apariencia democrática esconden el secreto y la verdad de la dominación, de las desigualdades indecentes, escandalosas, silenciadas, disimuladas en la supuesta ciudadanía igualitaria burguesa.

El estallido raja, rompe, quiebra y abre finalmente lo social blindado de mil maneras, mostrando su verdad profunda intransparente, revelando el generalizado malestar, el dolor y el sacrificio de la diferencia, de lo desigual escondido en algo que se quiso describir y esconder sofisticadamente como “el infierno de lo igual” por la filosofía dominante en Occidente.

Enorme denuncia de lo falso de esas ideologías que ahora también se muestran al desnudo como enjoyados ropajes coincidentes con los propósitos encubridores de la dominación.

El estallido también muestra la secreta relojería de la maquinaria capitalista que favorece a unos pocos, escondiendo la fuente y origen de sus fortunas y privilegios en la falsa igualdad de una democracia mentirosa, adormecedora de las conciencias, domesticadora de las voluntades populares en la complicidad del consumo acrecentado y soportado en el crédito y las deudas. Esta maquinaria, fragua de diferencias abismantes del capitalismo y del liberalismo, ha quedado en evidencia. Escándalo inocultable ante el mundo similar o diferente.

Ahora se querrá tapar y esconder estas verdades. Ya los políticos y politólogos burgueses y su maquinaria de medios, de imágenes, de falsos estudios y ciencias sociales y políticas, de trucos publicitarios y de ofertas por todos los circuitos y canales del comercio y de las redes, ya se movilizan y trazan con esmero sus nuevas e insidiosas estrategias de ocultamiento y de reinterpretaciones de lo ocurrido mediante ingeniosas y mentirosas hermenéuticas.

No será fácil porque también el pueblo ha mostrado su poderío y sus medios, sus redes en profundidad y en superficies, su comunicación que traspasa y perfora todos los medios de la comunicación dominante. Se ha roto el circuito blindado de las noticias, de los medios, de la TV y los otros que imperaban hasta ahora en las pantallas y en los lugares donde acudimos todos para informarnos y entretenernos.

La compleja y sofisticada trama de mentiras y falsedades ha quedado destrozada por la comunicación popular en redes electrónicas y por las imágenes vivas del pueblo en las calles, por los cantos, los gritos, el bullicio y el escándalo antiburgués de todos, hombre y mujeres, jóvenes y viejos.

El estallido en Chile ha sido un inmenso desnudo de la sociedad real de hoy bajo el capitalismo y las democracias burguesas de este continente.

Desnudo no sólo de su inmediato pasado y presente ya que muestra también el antiguo secreto de su fragua, los misterios del ingenioso mecanismo económico, político, jurídico e ideológico donde echa sus raíces y nace en disimulado la desigualdad y los abusos, fuente y palanca primordial de la rueda enorme en cuyos engranajes se extrae la riqueza de las fortunas y se acumula el capital.

Se rompe el mito chileno, el modelo, el oasis. La joya del neoliberalismo se vino al suelo de golpe, rotundamente, mostrando que detrás de ese velo tejido con cuidado largamente se ocultaba el infierno de la desigualdad, del irrespeto, de los privilegios, de la mentira pertinaz y de la fuerza armada con que se buscó contener el desnudamiento mayoritario pacífico y violento.

Mostró también la ya imposible complicidad de unas Fuerzas Armadas traumatizadas por la dictadura y el poder de la Justicia que terminó condenando sus peores crímenes. Ya no estaban dispuestas a sostener a todo trance el modelo repudiado por la inmensa mayoría. Sólo sus ramas menores, Policía y Carabineros, consintieron todavía en ejercer de instrumentos para reprimir y comprimir un orden interno desbordado.

La historia se empieza a escribir en este país de otra manera. Cambia el protagonismo. Cambian las agendas. Cambian los destinos. Cambian las alertas.