¿Jubilación gradual? El gran ausente en el debate previsional

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La historia es conocida. En 1980, cuando se diseñó el sistema de AFP, la expectativa de vida era de 68,7 años. Un esquema con las tasas de cotización que hoy conocemos, y con jubilaciones a los 60-65 era viable, porque el lapso de tiempo que se debía vivir con las pensiones era acotado. Hoy, la expectativa de vida ha escalado hasta los 80,5 años y seguirá subiendo ¿Cómo financiamos un periodo de inactividad tan largo?

El consenso es que no hay soluciones indoloras. Habrá que cotizar más, descansar menos, o una combinación de ambas. No hay varitas mágicas: las matemáticas no saben de ideologías.

Lo cierto es que hay una alternativa complementaria, evidentemente ausente de la discusión pública: la gradualidad en el retiro laboral.

Me explico.

Una persona que lleva cuarenta años madrugando, viajando apretujado en transporte público y con tres semanas de vacaciones, se ha ganado con creces su derecho a descansar. Tan solo plantear la idea de extender a la fuerza esta rutina extenuante, enciende comprensiblemente los ánimos. Bien merecida su prerrogativa de guardar cama esas heladas mañanas de invierno.

Dicho eso, son muchos quienes estarían dispuestos, y algunos incluso encantados, de adoptar un retiro paulatino. Las mermas de la vejez no arriban de golpe el día que cumplimos 65 años, sino de a poco, y los ciclos laborales debieran reflejar esto. Lo que es más, la misma medicina contemporánea que extiende la esperanza de vida posterga también los efectos de la senescencia. En Los Miserables, publicada en 1862, Víctor Hugo relata que Cosette se sienta en las rodillas del anciano y le besa la frente. Jean Valjean, el “anciano” del pasaje, tiene 64 años. Hoy, no solo no osaríamos calificarlo así, sino que lo identificamos al rango etario que esperamos de un candidato presidencial. Solemos hablar de los “años dorados”, pero cuando se trata de empleo parecemos olvidar que nada se dora al instante.

¿Cómo hacerlo?

– Menos horas semanales

Se deben distinguir dos ámbitos. El primero, el tradicional, son los empleos que solo pueden ser realizados en las instalaciones productivas, como fábricas, talleres y tiendas. En estos casos, la gradualidad se expresaría a través de reducción del número de jornadas semanales. Cuando la naturaleza del empleo lo permita, los trabajadores debiesen tener la opción de, en forma voluntaria, laborar cuatro, tres, dos, o hasta medio día a la semana, y percibir a cambio una remuneración proporcional. Como Uber, sin ir más lejos.

En este plano, algunas tareas ofrecen potencial para la “contratación distribuida”, un enfoque vecinal que evitaría el transporte, la componente más agotadora para muchos seniors. Quizás para una mujer de 65 resulta demasiado fatigoso desempeñarse a jornada completa en una sala cuna ubicada a dos microbuses de distancia, pero bien podría hacerlo tres tardes a la semana si debe caminar unas cuantas cuadras.

Para avanzar en esta esfera se requiere, además de flexibilidad logística de parte de los empleadores, de ajustes a la legislación laboral. Hoy no está prohibido contratar en jornadas parciales, pero se necesita de varias modificaciones regulatorias para aprovechar esta alternativa en todo su potencial.

– Trabajo remoto

El segundo ámbito, y el más esperanzador, es el de los trabajos remotos. Se trata en su mayoría de ocupaciones libres de horario, facturadas por hora o por logro, y que permiten tanta dedicación como se quiera.

El horizonte de posibilidades que ofrecen las tecnologías de la información es casi infinito. Cuando se habla de pensiones, proyectamos varias décadas en el futuro. Si ya son decenas de miles las personas que pueden trabajar desde el living de su casa, casi no se puede imaginar cómo será en cuatro décadas más, cuando jubilen los jóvenes que hoy ingresan al mercado laboral. Este proceso experimentará un avance inexorable por sí solo, hagan lo que hagan gobiernos y reguladores, pero políticas públicas bien pensadas pueden acelerarlo, de manera de aprovechar sus frutos antes y mejor.

Los trabajos remotos, desde luego, no son una alternativa para todos. El grueso de los adultos mayores del 2017 carece de las competencias tecnológicas que por lo general demandan. Pero no hay que perder de vista que cada cohorte de jubilados está más familiarizada que la anterior, que esta es una discusión de muy largo plazo, y que la totalidad de quienes jubilen en cuatro décadas más serán nativos digitales. Como el retiro mismo, hay que concebirlo como un proceso gradual.

Otros beneficios añadidos

El retiro paulatino no solo ofrece beneficios económicos, sino también en el plano de la satisfacción con la vida y sentido de propósito. Quizás la movilización cotidiana sea agotadora, tal vez 45 horas semanales sea excesivo (y nadie pone en duda que quince días de vacaciones es insuficiente), pero las encuestas sistemáticamente muestran que la mayor parte de las personas están satisfechas con lo que hacen y con sus compañeros de trabajo. Abandonarlo todo de un día para otro es violento, y muchos dejan de sentirse útiles. No es universal, por supuesto, pero ¿quién no conoce a algún caballero que, de un día para otro, no sabe qué hacer con tanto tiempo libre y siente que su existencia se ha vaciado de objetivos? Dejar el empleo de a poco ayudaría a estas personas a adaptarse de forma progresiva a su nuevo estilo de vida.

La gradualidad en el retiro es un tema dentro de un montón de propuestas de cambios, reformas o lo que sea que se pueden abordar cuando hablamos de jubilación. Ciertamente, no es la bala de plata que por sí sola resuelve el desafío previsional que suscitan nuestras vidas tan largas, pero sin duda es un complemento que merece atención. Nuestros adultos mayores tienen todavía que entregar. Facilitémosle el camino a quienes quieran hacerlo.