La corrosión moral en Chile, por Mario Waissbluth

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Mario-Waissbluth_avatar_1-200x200I. UN PAIS EN VIAS DE FRACASO

Esta es la síntesis de un ensayo del mismo nombre. Aun así, es la columna más larga que he publicado: 10 páginas de Word. Si le da lata, abandone al tiro. No pude sintetizarlo más.

La imagen presidencial, del gobierno, los partidos, los empresarios y el Congreso va en caída libre. A la vez, hay una pérdida esencial de solidaridad hacia los demás, expresada no sólo en mega temas como fraude tributario, o disputas políticas intrapartidarias, sino en la cotidianeidad del hurto pequeño en las oficinas, o la nula preocupación por la limpieza urbana, y más en general en conductas corruptas, clientelares o deshonestas de escala mayor, mediana y menor, en todos los estratos sociales, lo cual conduce a su vez a niveles de desconfianza interpersonal y política de los peores del mundo.

La épica y la ética de “hacer las cosas bien” no se ha visto presente en sucesivos gobiernos de ambas coaliciones, ni en la actitud de muchos trabajadores privados ni públicos. Primero estoy yo. Los demás que se jodan. Si el anuncio es demagógico, o si la pega queda mal hecha, no importa. Sea esta la instalación de una línea de banda ancha, la reforma educativa, un nuevo proyecto de ley o la atención a los pacientes en un centro de salud privado o público.

A estas inquietudes se sumó mi habitual preocupación por la inequidad socioeconómica y educativa. Con todos estos ingredientes se me está reafirmando la creciente convicción de que Chile no es un país en vías de desarrollo, por más que las cifras económicas digan otra cosa. Creo muy posible que Chile sea un país en vías de fracaso, no sólo por problemas político-institucionales de orden estructural, sino por problemas culturales de larga data, que se retroalimentan con los institucionales, y que nos están conduciendo a una creciente pérdida de cohesión social.

En la soledad del individualismo, cada uno de nosotros busca formar parte de dos o tres grupillos de pares, de acuerdo a diferentes categorías, y deriva parte de su placer cotidiano en agredir o ningunear a “los otros”, los de otra tribu. Es una compleja ecuación existencial. En ausencia de un proyecto colectivo como nación, en el cual ya dejamos de creer, nos afiliamos a un movimiento ambientalista, una iglesia, una barra brava, una banda de delincuentes, una fracción partidaria, lo que sea, y nos identificamos con ese grupo para darnos un sentido, lo cual puede en muchos casos estar muy bien y en otros muy mal. A partir de ese momento, los que no comparten el ambientalismo son enemigos, los de otra iglesia son enemigos, los del otro club de futbol son enemigos, la otra fracción del partido es el enemigo a vencer, y la descohesión social sigue su curso.

Insulta particularmente la inteligencia de la ciudadanía cuando los integrantes de la Alianza y la Nueva Mayoría son incapaces de reconocerle nada bueno a “los otros”. Piñera lo habría hecho todo pésimo. Bachelet también. Cualquier proyecto de ley, acción o declaración de la tribu A es sujeto a escarnio por la tribu B. Sin tregua. La crispación, cuyo claro origen es la crisis política 70-90, sumada al binominal. Por favor, no nos tomen por imbéciles. Los ciudadanos tenemos alguna capacidad de discernimiento. Bajar los decibeles y la estridencia sería una medida de sanidad mental colectiva de aplicabilidad inmediata.

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II. ¿QUÉ ENTENDEREMOS POR “CORROSIÓN MORAL”?

Según Joshua Greene “la moralidad es un conjunto de adaptaciones sicológicas que le permiten, a individuos que serían naturalmente egoístas, obtener los beneficios de la cooperación. Su esencia es el altruismo, la disposición a pagar un costo personal para beneficiar a otros”… pagando los impuestos, no estafando, no ensuciando, cumpliendo los compromisos tácitos o explícitos.

Greene también explica brillantemente como en nuestro cerebro coexisten el “Yo”, el “Nosotros” y el “Ellos”. Su convincente y terrible conclusión, es que el altruismo, entendido como la cooperación con “Nosotros”, es decir, el grupo cercano de identificación, es un rasgo evolucionario. Pero la evolución también condujo en forma natural a la no-cooperación, mas bien a la agresión, respecto a “Ellos”, a “los otros”. El tribalismo está grabado con fuego en nuestro DNA.

Somos crecientemente individualistas, estamos satisfechos con nosotros mismos y muy desconfiados de las instituciones. Según el Informe PNUD 2012, en 2011, la satisfacción personal aumentó a 77%, y la confianza institucional cayó a 20%.

Algunos ejemplos de carencia de altruismo en el Chile actual, desde el “Yo” al “Nosotros”, son los elevados índices de violencia intrafamiliar, y el fraude o desprolijidad intraorganizacional. Carencias del “Yo” al “Ellos” serían el fraude tributario, la desprolijidad ambiental, o la delincuencia. Del “Nosotros” al “Ellos”: deslealtad intrapartidaria, barras bravas, segregación escolar, social o racial, clientelismo y nepotismo, chauvinismo.

La visión del estado subsidiario de Milton Friedman, Jaime Guzmán y los Chicago Boys se cumplió: cada uno se rasca con sus propias uñas. El 74% cree que alcanzar la felicidad depende únicamente de lo que uno haga, y sólo 15% de las oportunidades que le da la sociedad. Chile es el sueño del pibe del Tea Party norteamericano de hoy, por cualquier parámetro de política pública que se mire.

III. LA CORROSIVA DESCONFIANZA

Somos desconfiados a niveles extremos tanto de los demás como de las instituciones. Eric Uslaner escribió en 2012 un impactante texto, cuyo título traducido sería «Segregación y Desconfianza: diversidad, aislamiento y cohesión», en el cual explica cómo estos factores afectan la diversidad y cohesión de una sociedad y generan crecientes sentimientos de aislamiento y pérdida de capital social. Este autor también demuestra que aprendemos a confiar en edades tempranas, principalmente a través de nuestros padres pero también a través de experiencias en la escuela y con amigos. Una vez formadas, las confianzas y las desconfianzas permanecen estables hasta la edad adulta.

La segregación es una determinante clave de la desigualdad. En todos los países se expresa con mayor o menor fuerza una cadena que va desde la segregación a la desigualdad, y de ahí a la desconfianza. ¿Qué queremos entonces para nuestros hijos y nietos? ¿Estamos de veras asumiendo nuestra responsabilidad hacia las próximas generaciones, el cuidado del país, su economía, sus valores, sus niños, su medio ambiente, o nos estamos farreando el futuro en esta fiesta del individualismo?

En Chile, el 1% mas rico de la población, tomando en cuenta ganancias de capital, acumula algo más del 30% del ingreso anual. Una persona del quinto decil, es decir, en la medianía de los ingresos, vive con aproximadamente 5 mil pesos diarios, para comer, vestirse, alojarse, educarse, comunicarse, calefaccionarse, jubilarse y gastar aproximadamente mil de esos cinco mil en el Transantiago. Evadir su pago, para el 20% más pobre, significa de facto aumentar su ingreso disponible en un 25% aproximadamente. Ud. ¿lo haría? Hay deshonestidad ética y codiciosa, y hay deshonestidad impulsada por la inequidad y la pobreza.

IV. DESHONESTIDAD GENERALIZADA

Me temo que, por lo general, esa es la pura verdad. A lo menos, la deshonestidad es un rasgo presente en un porcentaje tan significativo de los ciudadanos, que logra alterar nuestra actitud cotidiana respecto a los demás, retroalimentando así la desconfianza.

En materia de mega escándalos nacionales, estamos todos remecidos hoy por los casos recientes, pero en realidad, desde el retorno de la democracia que hemos vivido de escándalo en escándalo, los que antes se tapaban simplemente porque había una dictadura. Los de hoy son más notorios por sus connotaciones de tráfico de influencia política, más que por los montos monetarios involucrados.

Al final de la dictadura militar, las privatizaciones de empresas públicas que quedaron en manos de funcionarios públicos son un grave ejemplo. Según informe de la Contraloría, el perjuicio fiscal de la suma de todas las privatizaciones equivalió a US$ 2.223 millones… de aquella época.

Un flagrante delito de Pinochet y su hijo Augusto en 1989 condujo al caso de los “Pinocheques”, que tuvo que ser silenciado a la fuerza por Frei, con la consecuente renuncia del presidente del Consejo de Defensa del Estado. Posteriormente, en las cuentas del Banco Riggs, aparecieron cerca de US$ 20 millones sin justificación. La dictadura robó de manera impune, y lo dejó todo amarrado para que el poder de las armas se transformara en poder político, constitucional y monetario en sus herederos civiles. Los casos de las fragatas o los Mirage son algunos de los que muestran cómo muchos mandos militares no llegaron para servir sino para servirse.

Durante los gobiernos de la Concertación a lo largo de 20 años tuvimos casos notorios de fraudes o irregularidades, aun cuando los montos finalmente comprobados no llegaron a las magnitudes de las cifras arriba señaladas. Pero la señal ética ha sido igualmente nefasta: Onemi, Enap, Codelco, Digeder, Cenabast, Emporchi, Ferrocarriles, Enacar, Esval, Dipreca, Registro Civil, Corfo-Inverlink, Subvenciones Mineduc, plantas de revisión técnica, y un largo etc.

Casos notorios en el gobierno de Piñera incluyeron el Minvu, la Comisión Nacional de Acreditación, Subsecretaría de Interior, manipulaciones en cifras del Censo y la Casen, la piratería universitaria, etc. También hubo flagrantes conflictos de interés que incluyeron a la figura presidencial y varios de sus Ministros. Piñera tuvo que ceder y crear un fideicomiso ciego para manejar sus inversiones.

Los casos MOP-Gate y ChileDeportes tuvieron como paradojal beneficio colateral importantes procesos de reforma del Estado, como la Alta Dirección Pública (hoy fuertemente cuestionada por el clientelismo y las razzias funcionarias de ambas coaliciones), y el Consejo de Transparencia. Veremos en qué nuevas legislaciones culmina el Penta-Gate. Avanzamos a punta de crisis.

En el abuso privado, cabe destacar el “caso Chispas” que reventó en 1997, llamado en su momento “el negocio del siglo”. En 2004, la justicia condenó a los implicados con US$75 millones en multas, siendo sus ganancias totales más de US$ 400 millones. Así, dan ganas de volver a hacerlo… tal como lo hizo Ponce Lerou, el “gran yerno”, con el caso Cascadas de Soquimich y ahora con fraudes tributarios. Las privatizaciones a precio vil, no fueron suficientes para semejante codicia.

Posteriormente, aparecieron las colusiones de las farmacias, los pollos, las navieras, LAN, y el asfalto, así como el tráfico de información privilegiada de Juan Bilbao. La Polar es el abuso más masivo y que damnificó a más personas en Chile. Uno de los casos tributarios menos mencionados involucra a la familia Ossandón Larraín. El monto defraudado fue de US$ 400 millones, con lo cual los dos Carlos, Délano y Lavín, quedarían como meros principiantes.

Un cohecho mucho más grave que el de Pablo Wagner en sus implicaciones, fue del ex gerente de Corpesca, que sobornó a la diputada Marta Isasi a raíz de la “Ley Longueira”, que le dio los derechos pesqueros de todo Chile a perpetuidad a 7 familias. ¿Por qué no tuvo tan alta connotación? ¿Cuántos otros parlamentarios habrán sido sobornados en ese grotesco incidente?

Los actores de estos escándalos se pasean hoy por Santiago como Pedro por su casa. Aparecen en páginas sociales, en algún coctel o seminario, revestidos de un manto de respetabilidad, y emiten sesudas opiniones sobre el desarrollo del país, la necesidad de mantener bajos los impuestos y no coartar sus bondadosas actividades de generación de empleos y de caridad.

Algunos próceres de la Concertación han mostrado sorprendente resiliencia, incurriendo en irregularidades públicas y notorias, para luego lograr su elección o reelección en el Congreso, o bien su designación como gobernador o intendente, como ocurrió en los desprolijos incidentes a inicios de este gobierno. Para ser un exitoso y re-elegible político en Chile es más importante tender una suficiente red de influencias para conseguir dinero privado, que comportarse como estadista.

Es indispensable que también sinceremos el otro lado de la moneda: la deshonestidad ciudadana. Digamos las cosas como son. No me referiré en detalle a casos flagrantes de delincuencia, explicables en buena medida por la profunda inequidad de ingresos y el tráfico de drogas.

Me refiero al hurto masivo y las conductas poco éticas de simples ciudadanos de ingresos altos, medios y bajos. Un colega joven me cuenta cómo algunos de sus bien remunerados compañeros de generación hurtan reiteradamente en supermercados. Al confrontarlos por esta conducta, la respuesta obtenida fue: “shiii, hueón, si todos lo hacen, poh”. Si poh, si todos lo hacen, ¿por qué yo no? Si La Polar abusa, si los políticos roban, yo me paso de idiota no haciéndolo, ¿no?

¿Cuántos empleados y profesionales hurtan materiales y equipos en sus empresas? ¿Cuántos médicos del sector público se llevan materiales clínicos a sus consultas privadas? ¿Cuántas empleadas y empleados domésticos roban? No lo sé, pero anécdota tras anécdota me sugiere que muchos, al punto de que muchos dueños y dueñas de casa lo aceptan tácitamente, una suerte de deshonesto sobresueldo. Un pequeño MOP Gate doméstico.

¿Cuántas clínicas privadas ordenan a sus médicos cumplir con “cuotas” de exámenes caros e innecesarios? ¿Cuántos médicos profitan de las prebendas de los laboratorios farmacéuticos y proveedores de caros insumos? ¿Cuántos empleados públicos llegan temprano, marcan tarjeta y se van a tomar café? ¿Cuántas horas extra espurias? ¿Cuántos jefes de compras del sector público y privado son “mojados” por sus proveedores? ¿Boleta o factura? ¿Te boletea tu mujer, tus hijos? ¿Te saltas la fila peatonal o automotriz? ¿Cuanta gente evade en el Transantiago no por necesidad monetaria sino simplemente porque se puede? Ya pues, sincérese señor lector. Reconozca que somos medio frescos. O enteros frescos. Yo soy yo, y los demás que se jodan. Si todos lo hacen… ¿Cómo salimos de ese círculo vicioso?

¿Qué porcentaje de estudiantes escolares o universitarios “no están ni ahí” con aprender, tanto de clase alta como media y baja? Esa sí que está dura, porque ya no sólo estamos hablando de la ética de la honestidad, sino de la ética de hacer las cosas bien.

Los abusos y escándalos sacerdotales en Chile han remecido la conciencia del país. Son elementos especialmente estructurales de la corrosión moral en Chile. Los guardianes de la moral cristiana – la mayoría de ellos vinculados a la elite económica – cometiendo desmanes, abre las compuertas para el “si todos lo hacen, ¿por qué yo no?”. ¿Cómo no vamos a ser desconfiados y deshonestos con semejantes ejemplos?

Todos comentamos estas cosas en reuniones, con un gesto jocoso y un encogimiento de hombros. Pero los escándalos de hoy, que nos tienen a todos remecidos, son el equivalente al de una esposa (o esposo) engañado por largo tiempo, pero que se resiste a indagarlo y sincerarlo, por comodidad, humano temor o conveniencia. Hasta que llega el día en que el engaño se hace público y ya no le queda otro remedio que armar el escándalo, y posiblemente separarse. Gracias PENTA, gracias CAVAL. Gracias a ustedes no nos queda otra que armar el escándalo, hacer aflorar el secreto a voces, y actuar en consecuencia.

V. NO TODO ESTA MAL. ¿O SÍ?

No todo huele mal en Chile. No todos ladroneamos. Muchos hacen su pega bien y éticamente. Nuestra tasa de crecimiento del PIB per cápita es en promedio la más elevada de América Latina desde 1985 a 2015. Lo mismo ocurre con el Índice de Desarrollo Humano del PNUD. Pocos países en el mundo pueden presumir de nuestra estabilidad en materia macro-económica y nuestra rigurosidad fiscal. Sorprendentemente, en los rankings mundiales de corrupción pública aparecemos en lugares ventajosos. Por lo menos hacia fuera hemos logrado proyectar una imagen seriecita, aunque sospecho que después de 2015 caeremos varios lugares en ese ranking.

Aunque la ofensiva inequidad de ingresos persiste casi inalterada, los indicadores de pobreza e indigencia han experimentado una caída sistemática. Nuestros indicadores educativos son en promedio los mejores de América Latina, aunque sea un pobre consuelo. Nos declaramos felices en lo individual. ¿Cómo me atrevo entonces a decir que somos un país en vías de fracaso?

Hay una contradicción que es necesario explicar. ¿Cómo un país con todos estos flagelos morales, sin cooperación entre sus ciudadanos, ha logrado despegarse significativamente del resto de América Latina en la mayoría de sus indicadores cuantitativos?

La explicación más plausible, y la esbozo a nivel tentativo, contiene dos elementos. El primero es que el Estado se consolidó en Chile casi un siglo antes que en el resto del subcontinente. Ha sido un país comparativamente más “seriecito” desde el siglo XIX en cuanto a sus instituciones públicas. No es que seamos un dechado de virtudes, pero aunque suene terrible, en el vecindario la cosa está peor.

Esto no ocurrió porque tuvimos estadistas preclaros y nobles, sino porque el país vivió por siglos en una constante guerra o amenaza de guerra con los países vecinos y con los araucanos por el sur. Estuvimos a días de tener un desquiciado conflicto bélico con Argentina hace menos de 40 años. Tener un Estado comparativamente sólido y eficaz ha sido y es una cuestión de seguridad nacional.

La segunda explicación, paradojalmente, fue el propio Pinochet. Sería un signo de mezquindad ideológica desconocer las reformas económicas que inició, y que fueron perfeccionadas por la Concertación. Banco Central autónomo, agilización y apertura de los mercados, estabilidad macroeconómica. Esto no le quita un ápice de crítica a todos los defectos morales y las inequidades que se generaron en el camino.

Creo que somos un país en vías de fracaso porque hemos construido una cultura generalizada – prácticas cotidianas mayoritarias – de deshonestidad a todo nivel, y una ética de trabajo en que el “hacer las cosas bien” no es relevante para una fracción demasiado significativa de la sociedad. Ese es el gran fracaso de nuestra recuperada democracia. Crecimiento con inequidad, deshonestidad, egoísmo, desprolijidad y desconfianza.

El mero sentido común me dice que por esta vía no llegaremos jamás a ser un país desarrollado en el amplio sentido de la palabra, que nuestra productividad laboral no mejorará, que el crecimiento se estancará a la corta o a la larga. De no sincerar nuestros problemas volveremos a ser uncaso de desarrollo frustrado, como a principios del siglo XX, pero esta vez con connotaciones éticas y valóricas de peores consecuencias. El primer paso para la sanación es asumir las enfermedades que uno tiene.

El problema no es únicamente socioeconómico, sino de comodidad existencial. ¿Es grato vivir en un país segregado, desconfiando permanentemente de la honestidad de los demás, y en un estado de permanente agresión entre diferentes tribus? En el dilema existencial entre “ser” y “tener”, el “tener” está ganando en Chile por goleada. ¿Le gusta ese país? ¿Consumistas banales, segregados y segregadores, tribalistas, desconfiados y deshonestos? A mí, no. El capital social sí me importa.

VI. INSTITUCIONES EXTRACTIVAS E INCLUSIVAS

Acemoglu y Robinson plantean que las hipótesis culturales y/o religiosas explican sólo parcialmente la desigualdad, la desprolijidad, la desconfianza o la escasa disposición de las personas a cooperar. Estas son mayoritariamente una consecuencia de lo que ellos llamaninstituciones económicas y políticas, es decir el conjunto de normas que rigen la sociedad, que pueden ser “extractivas” o “inclusivas”. Ni los chilenos somos genética y culturalmente deshonestos, ni los finlandeses genética y culturalmente prolijos. Eso es buena noticia, pues significa que sí podemos cambiar. Hay esperanza, ciudadanos.

Instituciones económicas “inclusivas”, son aquellas reglas del juego que posibilitan la participación de la gran mayoría de las personas en actividades económicas que aprovechan lo mejor de sus talentos y habilidades, y permiten que cada individuo pueda elegir lo que desea. Allanan el camino a la tecnología, la innovación y la educación. Por contraste, las instituciones “extractivas” son aquellas que tienen como objetivo extraer rentas y riqueza de un subconjunto de la sociedad para beneficiar a un subconjunto distinto. Desde la llegada de Colón en adelante, las instituciones económicas de América Latina han sido extractivas. 523 años y todavía no podemos liberarnos de ese lastre.

El otro argumento central de estos autores es que el carácter inclusivo o extractivo de las instituciones económicas no se da por si solo, sino como el resultado de instituciones políticas que pueden ser inclusivas o extractivas.

Las instituciones políticas inclusivas son pluralistas, lo cual asegura que las instituciones económicas sean inclusivas. Las instituciones políticas extractivas, por contraste, son aquellas diseñadas para mantener y hacer prosperar la extracción de rentas de un subconjunto de la sociedad respecto al otro. En cuanto a los rasgos obviamente extractivos de las instituciones políticas en Chile, hemos tenido por supuesto amarres constitucionales, hasta hace poco un perverso sistema binominal, centralización extrema, leyes de quórum calificado, presidencialismo exacerbado, senadores designados, código penal desbalanceado, financiamiento turbio de la política y un largo etc.

Con la orientación todavía extractiva de nuestras instituciones políticas, no debiera sorprendernos el carácter extractivo de nuestras instituciones económicas, en materia tributaria, educativa, de distribución del ingreso, acceso a la salud, pensiones, protección social, eficiencia del Estado en su prestación de servicios a la ciudadanía, así como regulación, fiscalización, penalización de delitos económicos, centralización, etc.

Recordemos eso sí que hoy estamos a años luz de lo que ocurría en el siglo XVI o XIX. Encomiendas, derecho a pernada, esclavitud, voto censitario, despojo de tierras a las comunidades indígenas, y, por supuesto, un desprecio olímpico por la educación de los más pobres, que perdura hasta hoy. La historia genera culturas nacionales, que a su vez generan valores y tradiciones, que a su vez generan instituciones, que a su vez refuerzan determinados valores.

VII. NUESTRA HERENCIA SOCIOCULTURAL Y SOCIAL

¿Este esquema se dio en Chile (y en el resto de América Latina) por mera casualidad, una especie de subproducto indeseado de un modelo de desarrollo económico y social? No. La elite latinoamericana ha sido clasista, racista, explotadora y segregacionista por centurias. Una cita textual. Juan Bautista Alberdi , afamado intelectual y político argentino, escribió, en el siglo XIX:

“Un simple cuero seco, un saco de lana, un barril de sebo, servirán mejor a la civilización de Sud América que el mejor de sus poemas… Aunque pasen cien años, los rotos, los cholos o los gauchos no se convertirán en obreros ingleses…”.

“En vez de dejar esas tierras a los indios salvajes que hoy las poseen, ¿por qué no poblarlas de alemanes, ingleses y suizos?… ¿Quién conoce caballero entre nosotros que haga alarde de ser indio neto? ¿Quién casaría a su hermana o a su hija con un infanzón de la Araucanía y no mil veces con un zapatero inglés?”.

Es tentador entonces inventar una nueva sentencia “alberdiana”: ¿para qué gastar esfuerzo, tiempo y dinero en educar a los “cholos y rotos”, o peor aún, sentarlos en las mismas aulas que nuestros hijos? ¿Es entonces mera casualidad que el sistema escolar de América Latina sea el más segregado del mundo, con los peores resultados promedio del mundo occidental, y con las peores inequidades de resultados de aprendizaje?

A la elite latinoamericana le ha importado un bledo la educación de los más pobres, salvo algunos gestos de caridad en materia de políticas públicas. “Aumentemos la cobertura pero… separaditos, por favor”. ¿Liceos técnicos? Sí, para los pobres, pues. Las políticas educativas de América Latina han estado en el epicentro del carácter extractivo de nuestras instituciones económicas.

No bastará con arreglar la institucionalidad política y los conflictos de interés, y luego sentarnos a esperar que en un par de décadas una nueva elite política resuelva los problemas de la educación. Debemos avanzar en paralelo, sí o sí. La cultura y prácticas de empatía, convivencia y respeto por los demás se generan en la etapa de los cero a los cinco años de edad, y los cambios posteriores son una carrera cuesta arriba.

VIII. GRACIAS PENTA, GRACIAS CAVAL

El premio Nobel de Economía 1993, Douglass North, escribió que las instituciones formales no son creadas para ser eficientes socialmente, sino para servir los intereses de quienes tienen el poder de negociación para diseñar nuevas normas.

La pregunta que todos nos hacemos: ¿serán los mismos parlamentarios de hoy los que alteren las reglas del juego político y económico que los han protegido a ellos y a sus financistas? Este espinudo tema está en el meollo de las desconfianzas ciudadanas hacia la clase política. La frase “que se vayan todos” es una de las más frecuentes en Facebook y Twitter.

North señaló además que los cambios radicales de las reglas formales son producto de revoluciones, conquistas, guerras o desastres. No son habituales. Las crisis o discontinuidades abren ventanas de oportunidad a ideas o proyectos que ya poseían cierto posicionamiento y no habían tenido oportunidad de institucionalizarse, pero que al momento del quiebre constituyen una propuesta o mecanismo de salida para la misma. Esta es exactamente la ocasión que estamos viviendo en Chile a inicios del 2015. Gracias Penta, gracias Caval.

IX. RAYA PARA LA SUMA

Estamos frente a una crisis política coyuntural y profunda, pero que abre las compuertas para corregir el rumbo de nuestros resabios de instituciones políticas y económicas extractivas. La crisis como amenaza y oportunidad.

La siguiente gráfica intenta sintetizar los orígenes del problema que estamos enfrentando, así como sus consecuencias. Si bien se muestra la estructura de una tabla, no existe un orden de precedencia horizontal o vertical. Todos estos factores interactúan entre si, de manera mutante en el tiempo, como en cualquier sistema complejo.

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X. ¿HAY SALIDA?

Sería soberbio pretender proveer un largo listado de las medidas necesarias para corregir el rumbo, y avanzar decididamente hacia un país no sólo más desarrollado y equitativo sino también más tolerante, honesto, altruista y feliz.

Pero sí es posible definir seis orientaciones y principios generales a aplicar a partir de hoy, antes que las cenizas del incendio Penta-Dávalos comiencen a enfriarse. Es una orientación política, económica y social que debiera perdurar al menos 20 años para lograr los cambios valóricos que necesitamos.

1. Resolver todos los cambios a lo que Acemoglu y Robinson han llamado “instituciones políticas extractivas”, para transformarlas en “inclusivas”. Sin este elemento, todo el resto del concepto se derrumba.
2. Reforzar las penalidades a todas las transgresiones éticas y delitos económicos.
3. Avanzar decididamente en dirección a la reforma de todas las “instituciones económicas extractivas”, comenzando esencialmente por las reformas tributarias laborales, previsionales, de seguridad social, de salud, y educativas.
4. Reformar radicalmente la institucionalidad y profesionalismo de la gestión del Estado, a nivel de gobierno, poder judicial, legislativo y municipios, para asegurar que los recursos necesarios sean bien invertidos y la ciudadanía pueda participar y ser escuchada.
5. Generar un gran proyecto nacional épico y prioritario: la educación preescolar y básica de Chile, y más en general el trato a los niños de Chile, que debe aspirar a ser un ejemplo mundial, antes de una década. La joya de la corona del Estado chileno. Sin este proyecto, no habrá cambio valórico, educativo o productivo que pueda ser perdurable.

XI. CONCLUSIÓN Y CIERRE

El país se ha convertido en una sorprendente paradoja de crecimiento con profunda inequidad, y signos amenazantes de deshonestidad, individualismo, y pérdida de cohesión social.Esta corrosión moral coartará significativamente nuestro desarrollo, tanto en lo medible con indicadores convencionales, como en la búsqueda del propósito último y significativo: la consistencia ética y valórica de la sociedad.

La crisis política actual se está convirtiendo en una oportunidad, que deberemos abordar con energía para cambiar el rumbo. En suma, se trata de la conversión de las instituciones políticas y económicas de carácter extractivo, en inclusivo.

Para ello, la profesionalización del Estado es una precondición esencial, como también lo es el desarrollo de una gesta épica para reconstruir el principal recurso del futuro de Chile: sus niños. Es ahí donde podemos reorientar con solidez el cuerpo valórico de la sociedad, en la empatía y el compañerismo que se genera entre los chiquitos suficientemente estimulados en el hogar, la sala cuna y el jardín. Pretender resolverlo con cursos mnemotécnicos de educación cívica a niños de 3º y 4º Medio que no están ni ahí y que prácticamente no entienden lo que leen, no hará daño, pero será como tratar de tapar el sol con un dedo.

Hay, sin embargo, otro ingrediente esencial: para que logremos estos loables propósitos, los liderazgos presidenciales de los próximos veinte años deben ser profundamente éticos, con una enorme credibilidad, grandes estadistas pero a la vez con un discurso épico y moral, y una rigurosidad drástica respecto a los abusos, el clientelismo, la amistocracia y la escasa inclinación a “hacer las cosas bien”. Un discurso más épico y menos racional, que apele a la emoción colectiva de la gente y a la construcción de un proyecto país.