La cultura del “sálvese quien pueda”

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pago-300x200Los servicios públicos ya no son para todos. Dejaron de ser un derecho ciudadano para convertirse en la alternativa de quienes no pueden pagar un escape a “algo mejor”. El autor de esta columna lo llama la cultura del “sálvese quien pueda”, un reflejo de la profunda segregación que se ha enquistado en la sociedad chilena. Quien puede pagar un poco más para huir de ese mundo de los que no pueden hacerlo, lo hace. No hay integración ni menos cohesión social. Al final, dice el autor, “la desigualdad que se produce por este distanciamiento humano tiene serias consecuencias en la vida comunitaria de nuestra sociedad”.

No es nuevo que a las elites les guste distanciarse del resto del país. No sólo en sus lugares para vivir, sino también en las reglas y posibilidades de estilos de vida. Pareciera que la integración –y ni hablar de cohesión– social es algo que gusta leer y debatir pero no vivir. Las elites tienen una salida a la realidad, una vía de escape que construyen y cuidan con garras y dientes. Hoy la lógica que predomina es aquella donde quienes tienen dinero se apartan de los lugares comunes y servicios públicos, los que quedan solo para los que no pueden pagar otra cosa. En Chile existen las ISAPRES para escapar de FONASA, las clínicas privadas para escapar de los hospitales públicos y consultorios, los colegios particulares para arrancar de las escuelas públicas, el ahorro previsional voluntario para complementar las futuras pensiones de las AFP, y la posibilidad de contratar ADT para cuidar la casa, entre muchos otros. Todo un sistema diseñado para quienes logran acceder a él, y que esclaviza de por vida si tienes miedo a caer en los espacios comunes. Una cultura de “sálvese quien pueda” que distorsiona realidades, desvanece las emociones del compartir, y lentamente está matando el espíritu de nuestro país, lo que también se aprecia en el resto del mundo.

La desigualdad que se produce por este distanciamiento humano tiene serias consecuencias en la vida comunitaria de nuestra sociedad, pero todavía hay algunos que se niegan a verlo, o simplemente no pueden verlo. Una gran brecha entre ricos y pobres afecta la solidaridad que el vivir juntos requiere. Ya lo dijo Michael Sandel en su libro Justicia: “Los centros públicos que antes reunían a la gente hacían las veces de escuela informal de virtudes cívicas ahora abundan menos y están más lejos los unos de los otros. El vaciado de la esfera pública dificulta que se cultiven la solidaridad y el sentimiento comunitario de los que depende la ciudadanía democrática”.

la-polarNos han educado sobre la base que la educación nos permitirá tener un futuro mejor, pero nunca nos han dicho que ese futuro depende también de qué es lo que hago, a quienes afecta, y cómo esa reciprocidad nos afecta a todos. Arrancar permanentemente nos ha conducido a una desigualdad que Thomas Scanlon, nos propone combatir por cuatro razones. Su primera propuesta es que “la desigualdad económica puede darle a los más ricos un grado inaceptable de control sobre la vida de los otros”.  En buen chileno, quien pone la plata pone la música. Dueños de empresas deciden cuanto ganarán sus empleados, que condiciones laborales tendrán y que horarios deberán cumplir. La respuesta que muchos dan a eso es que “son las reglas del mercado”. Ante eso, no me queda más que poner en duda el mercado como única herramienta de distribución de recursos y justicia, ya que la historia nos ha mostrado que pone a unos sobre otros, y limita las libertades y planes de crecimiento personal.

Su segunda razón es que “la desigualdad puede socavar la imparcialidad de las instituciones políticas”. La relación entre dinero y política está íntimamente vinculada a la desigualdad. Si algunos financian las campañas de quienes serán tomadores de decisión, pueden terminar ocurriendo situaciones que benefician a algunos en desmedro de todos. Para muestra un botón: los casos PENTA y Compagnon-Dávalos, de los cuales ya harto se ha hablado. Hoy la política está gravemente enferma, sino en la UTI, y no podemos sorprendernos que así sea si hemos estado respondiendo preguntas equivocadas una y otra vez. La desilusión ciudadana ha sido tan grande que requiere un rescate urgente.

El tercer punto que levanta Scanlon es que la “desigualdad mina la equidad del sistema económico”. Mientras la desigualdad, y por sobre todo la concentración económica, se mantenga, es irracional pensar que habrá igualdad de oportunidades. Si bien el espíritu de la reforma educativa busca esto, sin un enfoque sistémico que incorpore un rediseño estructural de cómo vivimos y qué responsabilidades tenemos los unos con los otros, no pasará a ser más que otro saludo a la bandera. Acá la incorporación del sector particular-pagado juega un rol gravitante, así como una nueva educación pública y mejorados mecanismos de financiamiento.

El último punto hace mención a que los “trabajadores, como participantes del esquema de cooperación que produce el ingreso nacional, tienen derecho a una justa parte de lo que han ayudado a producir”. Pregunto entonces, ¿es acaso que el trabajo que realizan quienes recogen la basura que nosotros mismos producimos vale algo más de doscientos mil pesos? Acá el concepto de salario mínimo, o salario ético me queda chico. Hoy simplemente está mal pelado el chancho.

penta-bancoEstas objeciones a la desigualdad van al punto central del sistema completo. Que los incentivos sean tener la mejor vida posible, haciéndonos los locos con lo que pasa con el otro, y basados en una competencia que la gran mayoría de las veces se gana gracias a la suerte de haber nacido donde se nació, nos perpetúa en una carrera sin límites que exige la explotación descarnada de los limitados recursos que tenemos en nuestro planeta, y olvida que los seres humanos somos un fin en sí mismo y nunca un medio. Nuestro afán de salvación individual viola la dignidad que todos merecemos por el simple hecho de existir.

El cambio de lógica es urgente. El equilibrio no puede ser otro que el acuerdo social en la búsqueda de la valoración de lo público, de lo común, de lo mutuo. La historia nos ha enseñado que los procesos son lentos y muchas veces cuesta ver los resultados. Quizás nosotros no veamos la sociedad que soñamos, pero eso no quiere decir que no tengamos que hacer nada. Todo lo contrario. Es nuestra responsabilidad jugar el rol que nos tocó en este momento y contribuir para que Chile (y el mundo) dé un giro en el diseño de sociedad y construyamos una comunidad solidaria, libre, y fraterna, dejando de lado la desconfianza, la competencia y el temor.  No es fácil ni rápido, pero la única manera de hacerlo, a mi parecer, es partiendo con un nuevo paradigma en nuestra educación al que me referiré en otra columna.