Lagos, Piñera y la Fronda: ¿otra vez la solución del caudillo oligárquico?

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a_uno_578701_5ed48_816x544Están cuestionados nuestros empresarios rentistas: Gabriel Palma, Bloomberg y los coreanos no dejan de recordarles cada cierto tiempo su flojera, comodidad y falta de emprendimiento e inversión y su natural tendencia al abuso, los subsidios y la compra transversal de políticos para imponer su criterio y que las cosas continúen como están. Y créanme, harto tiempo y medios invierten en eso, como lo hemos visto recientemente.

El último que sacó el habla por ellos fue uno de sus inquilinos de Palacio, no para explicar lo bien que le va al Gobierno sino para cerrar el paso a fuerzas refrescantes al interior de la anquilosada coalición política y anunciar que la próxima contienda presidencial se definiría entre dos de los miembros (y caudillos) más conspicuos de nuestra oligarquía local, que en países un poco más normales andarían más cerca del obituario político que de abrazar candidaturas presidenciales.

Pero estamos en Chile, donde reinan las AFP, las Isapres y los especuladores alcanzan la Presidencia, país donde el tuerto es rey. Y aunque tal clásico –Piñera dixit– se juegue casi sin público, lo mismo les da, al fin y al cabo, lo que importa es que el botín no se escape de sus manos.

Maurice Hervey, corresponsal de The Times, influyente diario londinense adscrito en Chile para cubrir la guerra civil de 1891, en especial la del bando parlamentario, cuyos intereses representaba aquel periódico, describe así su última reunión con José Manuel Balmaceda –Presidente al que esa Fronda había decidido hacer caer–, cuando el medio británico ya le había pedido regresar a Londres, pues su enviado se les había pasado al bando rival: “Fue mi última entrevista con el fantasma de los periodistas londinenses, el gran Jefe que se mantenía junto al pueblo chileno contra la triple calamidad de una oligarquía en bancarrota, de un depravado clero papista y de la insaciable codicia de aventureros sin escrúpulos del nitrato venidos del extranjero” (The Clinic).

Era el crudo relato de una oligarquía que, tanto ayer como hoy, se satisfacía a sí misma y le daba la espalda a la nación para seguir engordando y engullendo, no solo nuestros recursos naturales y el presupuesto de la nación hasta más no poder, sino también los mejores años de nuestras vidas. La misma que hoy, sin ninguna vergüenza, nos dice a cada rato que el país “se cae a pedazos” (Lagos inmediatamente lo repite), pese a que exhiben las más altas tasas de rentabilidad.

Guillermo Feliú Cruz, en su conocido prólogo al libro de Ramírez Necochea (La Guerra Civil de 1891), dirá que esa “clase social de antigua raigambre en el país… dirigió sin contrapeso la república. La Constitución de 1833 consagró el mandato de esa aristocracia. Hizo del Presidente de la República el verdadero árbitro de los destinos del país… Sin embargo, el Presidente de la República con un poder tan discrecional, lo ejercía de acuerdo, en consejo, oyendo la voz de la aristocracia a la cual debía su elección… era una fuerza social de tinte oligárquico”.

De hecho, el Senado compuesto originalmente por 20 miembros tenía entre sus filas los apellidos de esas familias que suelen ser los nombres de avenidas y calles sin pompa, en aquellas comunas que fueron creadas por ellos mismos a partir de 1891 y que consolidaron su poder local.

Feliú dirá que “esta homogeneidad social daba a ese cuerpo (el Senado) la expresión de que la República era dirigida y manejada por un grupo de familias cuyo poder arrancaba principalmente del dominio de la tierra, de la riqueza que ella controlaba y de la autoridad patronal que ejercitaba en el electorado rural y urbano”, y que luego, cuando aquel modelo hizo crisis, se emparentaron con las colonias extranjeras que controlaban el comercio de importación-exportación, saltaron a la minería, las finanzas, hasta llegar hoy a controlar casi todos los medios de comunicación.

Alberto Edwards en su conocida Fronda defiende el carácter original de nuestra historia política del primer siglo independiente y su “excepcionalidad, más europea que hispanoamericana”, lo que se debía a la singularidad de nuestra oligarquía: Una fronda aristocrática casi siempre hostil a la autoridad de los Gobiernos y a veces en abierta rebelión contra ellos. Esa fronda derribó la monarquía en 1810, a O’Higgins en 1823, pasó años más tarde al decenio de Montt al borde de su ruina, y desde entonces, hasta 1891, en los tiempos de paz como en los de borrasca, fue poco a poco demoliendo lo que había sobrevivido de la obra organizadora de 1833. Entonces, dueña ya absoluta del campo, se transformó en oligarquía. El liberalismo y el clericalismo ultramontano, esos dos grandes movimientos espirituales de nuestra historia, fueron, si bien se considera, manifestaciones casi paralelas y contemporáneas del mismo espíritu de fronda. Por eso, a pesar de su aparente antagonismo, estuvieron el uno y el otro del mismo lado en los momentos decisivos: en 1859 como en 1891”, o como lo estaban haciendo con Carlos Ibáñez en tiempos de Edwards, cuya obra dedicó personalmente al nuevo caudillo de 1927, esta vez en versión militar.

 “La canalla dorada” ya está en lo suyo: haciendo que todos sus boleteros bailen su ritmo (y parece que lo hacen con ganas) y hablen sobre las bondades de ambos candidatos y así nos acercamos lentamente a los más parecido a una lucha de Titanes del Ring, solo para la galería, y les da igual que el público que participe de ese espectáculo sea el mínimo. Pues, aunque el estadio esté vacío, se las arreglarán para que el titular sea otro: una vez más ‘triunfó la democracia’ y se resaltará el comportamiento ejemplar de los chilenos y su espíritu cívico.

Y si bien Edwards reconoce, aunque no comparte, el hecho de que nuestro régimen afuera era considerado “un país sui generis, políticamente retrasado, sometido a un régimen monárquico o feudal, especie de borrón en el suelo de la libre y democrática América”, insiste en la excepcionalidad de esa clase, la que ahora imponía al Paco Ibáñez, “un hombre justo y fuerte”.

Y es que, a pesar del alegato histórico de Gabriel Salazar en Peones, Obreros y proletarios, y su llamado a descolgarse “de las bóvedas abstractas para sumergirse de lleno en los hechos cotidianos, o en las relaciones sociales de todos los días”, ya que “cualquier chileno corriente de hoy… conlleva una ‘carga histórica’ más compleja, concreta, valiosa y significativa que ningún sujeto (u objeto) metafísico podría jamás contener”, no es menor la respuesta que le entrega Jocelyn-Holt en Independencia de Chile:La proposición de Salazar, en la medida que privilegia actores distintos de los que lideraron el fenómeno de la Independencia, en el fondo, margina toda discusión relevante sobre un proceso que involucró a ‘otros’ actores”. Después de todo, y Lagos también culminó creyendo lo mismo, la historia la hicieron otros: nuestra “canalla dorada”.

Y vistas así las cosas, tal cual como ya lo planteó un agudo observador extranjero, los conflictos internos que ha vivido el país, sus guerras civiles, su propia historia, no han sido otra cosa que los reacomodos al interior de la oligarquía local con el propósito de ajustarse a los nuevos tiempos y a las transformaciones sin mucha novedad en el frente. Sus escribanos, luego, le darán un relato épico a sus asaltos que se constituirán, después, en historia nacional que se enseñará a los niños en las escuelas.

En época de crisis… el caudillo

Ahora, que sea Fronda poderosa, no significa necesariamente que constituyan un elenco inteligente e innovador. Muy por el contrario, no somos pocos los que pensamos que nuestra oligarquía –muy distante de una auténtica elite–, pese a los políticos y economistas que financian, a los medios de comunicación que controlan, a sus bufones de palacio, a sus centros de estudio y encuestas de opinión que pagan para confirmar lo que ya saben –que los chilenos desconfían de ellos por abusadores–, es bastante torpe. Al punto de, como ocurrió en gran parte de los siglos XIX y XX, tener que recurrir, como ha sucedido reiteradamente en nuestra historia nacional, a viejos y desgastados caudillos para que les resuelvan o apacigüen los líos sociales y políticos que generan.

Primero fue Portales, luego Montt, Ibáñez, posteriormente los Alessandri, Pinochet y hoy Piñera, un especulador del siglo XX que vive en el Bicentenario, y Lagos, al que aman, aunque este sea un octogenario hombre que se mueve y articula discursos como si estuviéramos a inicios de los 90.

Cada cual en su estilo y con historias disímiles: mientras Piñera, desde el episodio del Banco de Talca a las coimas de LAN en Argentina, ha evidenciado una biografía bastante coherente con el personaje que interpreta, el caso de Lagos es distinto. Escribió, por allá en los inicios de los 60, su famosa tesis sobre La concentración del poder económico, donde se preguntó “¿cuál es el camino que debemos seguir?” y se respondió: “La única y verdadera solución es, entonces, la abolición de la propiedad privada de los medios de producción, los cuales deben pasar al Estado. En la medida que dicha propiedad subsista todas las leyes que se dicten sólo serán paliativas a una enfermedad, pero no constituirán la eliminación definitiva de las diversas formas de concentración”. Tesis “comprobada, y nunca refutada”, según Gabriel Salazar.

Quien apuntó con el dedo a Pinochet y que aún a comienzos de los 80 insistía en la vigencia de su trabajo sobre la concentración económica, mudó. Y tal vez sea cierto la reflexión que hizo Marcela Serrano sobre esa generación: tanto tiempo fuera del poder, los condicionó a que, cuando la tortilla se diese vuelta, estuviesen dispuestos a aceptar cualquier migaja de poder, por miserable que esta fuera. Al punto que los empresarios “lo aman” y lo prefieren aun sobre Piñera.

En rigor, los únicos que se apartaron de esa solución caudillista durante el siglo XX fueron los que Foxley denominó “proyectos globales” o que se conoció también como “las reformas estructurales”, Frei Montalva y Salvador Allende, cuyos liderazgos respondían a proyectos políticos transformadores y no a la lógica del caudillo que imponían para capear el mal tiempo.

La Fronda hoy: todos los monos bailan, y el que no…

La Fronda desde hace más de un año ha venido instalando sus nombres: los privilegia en sus medios, les da amplia cobertura, incluso para decir obviedades como aquella de “los señores políticos” o las conocidas Piñericosas; son número fijo en sus encuestas (y aun así no logran subir), y los alientan con sus barras bravas en el Congreso o en las directivas de los partidos.

Incluso algunos de sus propios integrantes, muy sensatos, como Jorge Awad (su propio ‘negrito de Harvard’), vox populi ya apuesta por Lagos antes que Piñera, porque «no cabe duda que el hombre más llamado a ser el continuador de estas reformas es Ricardo Lagos… No veo otra alternativa. Así de claro. A veces en la vida, tener una opción fuerte, no es débil«, espetó.

Es por eso que Patricio Navia (quien lee bien los movimientos de esta manada humana) afirma que son los grandes empresarios los más interesados en que los candidatos sean precisamente Lagos y Piñera, como –una vez más– acaba de reiterarlo uno de sus capataces en política.

Y es que La Fronda está un poco asustada, pues por más que intenten idiotizar a la población con sus canales que transmiten basura, con sus diarios estilo coa o esclavizándonos con sus tarjetas de crédito a fin de mes, cuando jubilan o enfrentan una enfermedad compleja, y los chilenos sufren el shock de realidad y perciben que no les alcanza para vivir, ni proyectarse, ahí viene la rabia.

Es por ello que no solo han puesto a bailar a Fernández sino a todos: desde Escalona (quien les zapatea desde hace años) a Zaldívar, pasando por El Gute; de Velasco a Valdés (sus mayordomos de Hacienda), incluso hasta ese intelectual de perfil soviético, estilo nomenklatura, llamado Ernesto Ottone. Y ni hablar de Tironi, otrora erudito crítico, cuyo entusiasmo es tal que, a veces, hasta lo hace gratis.

La canalla dorada” ya está en lo suyo: haciendo que todos sus boleteros bailen su ritmo (y parece que lo hacen con ganas) y hablen sobre las bondades de ambos candidatos y así nos acercamos lentamente a los más parecido a una lucha de Titanes del Ring, solo para la galería, y les da igual que el público que participe de ese espectáculo sea el mínimo. Pues, aunque el estadio esté vacío, se las arreglarán para que el titular sea otro: una vez más ‘triunfó la democracia’ y se resaltará el comportamiento ejemplar de los chilenos y su espíritu cívico.

Y es que, como decía Alfredo Jocelyn-Holt, cuando se ha detentado ‘la historicidad de la nación’, es difícil pasarles la pelota a ‘otros’.