Las máquinas de matar y la locura del militarismo

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El militarismo es como un virus letal cuyas primeras víctimas son tanto la memoria histórica como todo sentido de la moral y la responsabilidad social. En los Estados Unidos e Israel, en las actuales circunstancias, no es sólo un tipo de ideología que se infiltra en esas sociedades sino también es una condición general que da un significado a casi todos los aspectos de la vida. Incapaz de pensar más allá de soluciones militares para problemas sociales, el militarismo absuelve a individuos y gobiernos, si no al público en general, del horror producido por las armas que construye, justo como borra la memoria de Hiroshima y Nagasaki, y sugiere que los cientos de niños asesinados en Gaza son una necesidad militar.

Los apóstoles del militarismo ofrecen trabajos al público en la producción de la violencia organizada; predican la guerra como una solución purificadora mientras cercenan el lenguaje de todo significado, eliminando el sufrimiento, la miseria y el horror infligidos por sus misiles, drones, aviones, helicópteros Apache y bombas. Sólo tienen que invocar los conceptos «daños colaterales» y «necesidad militar» para que las acciones cargadas de muerte producidas por los nuevos militaristas desaparezcan en el oscuro vocabulario de su lenguaje ambiguo y autoritario. La guerra ya no es una fuente de alarma, sino de orgullo y ha devenido en el principio organizador de muchas sociedades. Basado en una clase de primitivismo tribal, el militarismo consagra un tipo de masculinidad mortífera que mitifica la violencia e imita al mismo terrorismo contra el que declara luchar. El militarismo y la guerra no sólo han cambiado la naturaleza del orden político, sino también la naturaleza de la vida americana.

Cuando los misiles israelíes matan niños mientras juegan en una playa de Gaza, el horror y la auténtica brutalidad de los asesinatos son justificados con el crudo argumento de que la gratuita matanza es una necesidad militar. No hay justificación para matar niños, lo haga el estado de Israel, o los Estados Unidos, o Hamas, o cualquier otro. Vivimos en una época en la que el analfabetismo político y la anestesia moral trabajan en conjunto para producir un sujeto autoritario, dispuesto a participar en su propia opresión y en la de los demás. Así que se hace el silencio sobre nuestras prisiones, llenas de gente de color pobre, o sobre la amenaza de disparar a niños inmigrantes como si fueran una plaga y permitimos que políticas elegidas reemplacen la razón con distintos tipos de fundamentalismo religioso y fanático. 

¿Cuales son las pautas morales a las que ha renunciado una sociedad cuando no hay indignación por el hecho de que los Estados Unidos provean armamento por valor de billones de dólares a otros estados, y por tanto sea cómplice del asesinato de niños pequeños y otras personas a través de actos de terrorismo de estado?

Los militaristas provienen de varios partidos políticos que están enganchados a la lógica del mercado y que desdeñan pensar en los costes sociales y en la desesperanza que provocan. Son agentes de crueldad pura y dura y su poder sirve a una corrupta forma de capitalismo de casino, que respira y reproduce la ideología y las políticas del complejo militar-industrial y de vigilancia. En los Estados Unidos, se gastan billones de dólares en guerras basadas e iniciadas en mentiras. Al mismo tiempo, los servicios sociales son recortados, las escuelas, las infraestructuras ignoradas para que los militares puedan construir aviones F-35 a un coste de 200 millones de dólares por unidad, una chapuza plagada de fallos mecánicos y sobrio testigo del rechazo de los Estados Unidos a usar el dinero de la guerra y la violencia para construir una sociedad decente y democrática en la cual la vulnerabilidad y la política social sean los objetivos en lugar de la violencia y la guerra.

¡Venimos a traeros la democracia! ¿No se nota?

El moralmente censurable asesinato de niños en Afganistán, Gaza e Iraq forma parte de un gran problema, uno que aparece en el último período moderno. A saber: el auge del neoliberalismo totalitario, es decir un sistema económico y cultural, esclavo de su lealtad al dinero, el beneficio, el poder, las desigualdades, la codicia, el militarismo, el estado castigador y sus propios intereses. Las sociedades del nuevo capitalismo global, como los Estados Unidos, han reemplazado el contrato social por un contrato de defensa. La política zombi ahora prevalece, y los muertos vivientes son como parásitos en sus respectivas sociedades, llenas de la espesa niebla de la guerra, la corrupción y la muerte. Si no ¿cómo sería posible explicar la presencia de los Dick Cheney, John Bolton y Bill Kristol resuscitados en las principales medios de comunicación? Como los zombis de George Romero, Cheney y su ralea, proliferan como un virus mortífero fuera de control.

Pero señalar la inundación de nuevas formas de política zombi en los Estados Unidos y en otros países no es suficiente. La cuestión de la que debemos hablar es ¿qué es lo que en los Estados Unidos bloquea la indignación moral, la disidencia y la movilización de masas? La falta de conciencia y de voluntad para oponerse al nuevo autoritarismo en Israel, Reino Unido, Francia, Grecia, o en Estados Unidos promueve un coqueteo con modos de irracionalidad que son la clave del triunfo de la agresión rutinaria carente de cualquier atisbo de justicia, por mínimo que sea. En estas circunstancias, la guerra y la sobreidentificación con el militarismo producen una nueva clase de psicosis nacional y patología colectiva. Vivimos en la edad de las máquinas de matar, desfilando bajo la bandera del veneno de la excepcionalidad y del imperio.

Nos encontramos en medio de algo diferente en el actual momento histórico. La democracia está perdiendo su atractivo, los fascistas están ganando en popularidad alrededor del mundo, y millones de hombres, mujeres y niños son ahora considerados excedentes, desechables, porque están deshumanizados, considerados como «otro» o no aptos para la bendición de la sociedad del consumismo rabioso. La nueva estirpe de políticos surgidos durante la revolución de Reagan desprecia la gestión del gobierno, salvo cuando beneficia a los ricos, y celebra las soluciones individuales para los problemas sociales más amplios, transformando a los individuos en impotentes, ansiosos y desilusionados. La tecnología más que la ética y la compasión dan ahora respuesta a los problemas de la sociedad. Las cifras han reemplazado a las palabras, la ética y el trabajo duro (como Marx lo describió en su época) de la tarea de enseñar a todos a ser capaces de participar en una «despiadada crítica de todo».

Las crisis actuales de Gaza, Iraq, y Afganistán, y el saqueo del tesoro público por los ricos y las elites financieras vienen acompañadas de una crisis del empoderamiento individual, social e histórico. La gobernanza democrática ya no forma parte del vocabulario de los militaristas porque sugeriría una visión del uso moralmente legítimo de la fuerza, la ley, la representación, la justicia y la igualdad. Silicon Valley, un lugar éticamente tranquilizante y traficante de muerte, produce ahora un nuevo modelo de ciudadano obsesionado con el consumo tecnológico: un ser casi analfabeto, privatizado, excesivamente especializado, y asocial, tan despolitizado que le resulta difícil sostener cualquier conversación, o hasta una llamada telefónica con otra persona, y no mencionemos las relaciones corpóreas, reales, pensantes con otros. Es también un modelo de sociedad que no tiene memoria, ética, sentido de justicia o de futuro.

El militarismo es una nueva forma de analfabetismo y psicosis, sintomática de la falta de coraje cívico porque exige la obediencia y castiga a las personas críticas, capaces de cuestionar la autoridad, y que están dispuestas a abordar temas sociales más importantes. Edward Snowden y otros valientes informantes, a los que se tacha de traidores porque revelaron la masiva violación de las libertades civiles por parte del gobierno y la existencia de una sociedad de vigilancia autoritaria, en la que el estado y las corporaciones conspiran para sofocar la disidencia y la libertad. Aunque sea un símbolo grotesco de la masiva desigualdad y de las poderosas y destructivas fuerzas que socavan la educación pública en los Estados Unidos, Bill Gates se considera un héroe. A los analfabetos militaristas como los senadores John McCain, Lindsay Graham y muchos otros del partido republicano se da un tiempo de emisión televisiva infinito, aunque su discurso este plagado del militarismo, guerra y violencia del estado.

El presidente Obama es defendido por los liberales a pesar de su destrucción de las libertades civiles y su inconmensurable e inadmisible apoyo a los estafadores financieros y las políticas que causaron la gran recesión en 2007. Lo que Obama ha dejado claro es que el liberalismo es ahora el nuevo conservadurismo, y que el sistema de los dos grandes partidos está completamente en manos de los ricos, las corporaciones y los servicios financieros. La influencia de la violencia y la muerte está por todas partes, penetrando la cultura como una vasta tormenta de arena que destruye todo lo que toca. Aparecen en el estado militarizado importantes artículos e incluso alguna película elogiando las universidades de la Ivy League, aunque fomentan unos entornos intelectuales favorables a las masacres de Vietnam, Iraq y las infinitas formas de terrorismo foráneo y doméstico que ahora residen en muchas de las sociedades avanzadas del mundo. Se puede decir que vivimos en tiempos de aflicción, y esto es cierto sólo parcialmente, porque los tiempo que vivimos son más que afligidos: están a punto de acabar con todo porque la lógica de las bombas es finalmente hacer volar en pedazos el planeta o destruir su ecologia.

Tenemos que reexaminar todo lo que hemos aprendido de las ideologías dominantes, vocabularios, valores y relaciones sociales, y desecharlo cuando sea necesario. En su lugar, necesitamos un nuevo lenguaje político, una nueva comprensión de las gobernanzas locales y globales. Necesitamos resucitar una nueva noción radical de lo que tenemos en común, los bienes comunes y los valores públicos, y pensar profundamente acerca del trabajo que tenemos que hacer, no sólo para sobrevivir, sino también para progresar en un mundo democrático. La época nos ha vencido, ha superado nuestra capacidad de aminorar la marcha y pensar críticamente y actuar con coraje. Esto no significa que tengamos que cambiar el mundo, un cliché usado por Gates y otros en Silicon Valley y los agentes de la conformidad de Wall Street. Lo que sugiere es una noción de cambio social, económico y político inspirada en una visión de la democracia por venir, una sociedad en la cual sería reprobable sólo pensar en el uso de la tortura, en el asesinato de niños como necesidad militar y en la destrucción de los beneficios sociales para incrementar los beneficios de las corporaciones, directores de fondos buitre y banqueros que representan una amenaza fría e impersonal para la democracia y para todo el planeta.

Ya es hora de identificar a las personas, instituciones, relaciones sociales, valores y relaciones de poder que constituyen el nuevo autoritarismo y de pedirles responsabilidades. Ya es hora también de recordar el sufrimiento causado por el militarismo en el pasado, y de recordar las luchas de los trabajadores, mujeres, jóvenes y otros que se atrevieron a creer en otra clase de visión, y que otra clase de futuro es posible. No tenemos mucho tiempo. La resistencia ya no es un lujo, sino una necesidad