Los sueldos que se pagan en Chile no alcanzan para vivir en Chile

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En vísperas del 1° de mayo, el economista de la Fundación Sol Marco Kremerman cuestiona el modelo laboral chileno. Los bajos salarios obligan a los ciudadanos a endeudarse o hacer malabares para enfrentar el costo de la vida, lo que refleja el nulo poder que tienen los trabajadores para exigir mejores condiciones. La única forma de enfrentarlo, dice, es que los trabajadores se organicen y unan sus fuerzas.

De acuerdo a los datos de la última Encuesta CASEN procesados y analizados en un reciente estudio publicado por Fundación SOL, en Chile, el 53,2% de los trabajadores y trabajadoras gana menos de $300.000 líquidos y sólo el 22,1% gana más de $500.000 líquidos.

Un hogar promedio de 3 o 4 personas donde una trabaja y dispone de $500.000 para todos los gastos mensuales, para llegar a fin de mes (alimentarse, vestirse, movilizarse, pagar las cuentas básicas y financiar la educación y la salud), tendrá que recurrir inevitablemente al endeudamiento. Si en cambio, son dos personas las que trabajan y cada uno recibe $500.000 líquidos, en este hogar se tendrán que realizar actos de malabarismo para poder llegar al último día del mes, ya que en el Chile actual, muchos bienes y servicios tienen precios similares a países europeos de ingresos altos y hay que pagar por lo que en otros lugares son derechos sociales garantizados.

En síntesis, los sueldos que se pagan en Chile no alcanzan para vivir en Chile ¡Vaya contradicción! Al parecer, la historia que la elite económica-política se cuenta y nos cuenta a diario sobre el exitoso “modelo” chileno omite un tema de suma importancia. Nuestro (su) país ha crecido no solo por ellos, sino fundamentalmente gracias a quienes producen ese mismo crecimiento, los trabajadores y trabajadoras.

Como es de costumbre, el economista de turno que defiende el “modelo” (patrón de acumulación capitalista), nos dirá que los bajos sueldos son responsabilidad de los propios trabajadores, ya que son poco productivos o les falta sumar años de escolaridad. No obstante, a pesar de que los años de escolaridad promedio de la fuerza de trabajo han aumentado permanentemente durante los últimos 25 años y que la productividad del trabajo también ha crecido, este aumento no se ha visto reflejado necesariamente en los salarios.

El 1° de mayo es la fecha que nos permite volver a recordar y a observar que la única fuerza que ha permitido detener parcialmente los niveles de explotación y generar ciertos pisos mínimos civilizatorios son los trabajadores organizados. Los bajos salarios son un fiel reflejo de un nulo o marginal poder”

Vale decir, tendremos que seguir asumiendo que los salarios que se pagan en Chile no alcanzan para vivir en Chile, y en un futuro esplendor, cuando dejemos que el “modelo” siga haciendo su trabajo, ya vendrá el chorreo y quizás el año 2030 o el 2040, los sueldos que se paguen en Chile permitirán vivir en Chile.

Mientras tanto, nos piden que sigamos aceptando aquella teoría que indica que una persona que realiza labores de aseo en una empresa, sólo puede ganar el salario mínimo ya que es poco productiva ¿Quién mide esa productividad? ¿Cómo se mide? ¿Por qué dejar el piso brilloso y los baños impecables vale $264.000 al mes? Lo mismo termina sucediendo con gran parte de los trabajadores subcontratistas, los del retail, call center, salmoneras, forestales o los profesores.

No obstante, en el mismo espacio de trabajo las gerencias pueden llegar a ganar $10, $20 o $30 millones al mes y los dueños de las empresas acumular ganancias que no les alcanzará la vida para consumirlas. Ellos también viven en Chile, pero sus ingresos les permiten vivir en Suiza.

El problema de fondo es que en la mayoría de los hogares chilenos, la fuente principal de ingresos es el trabajo, por tanto el espacio de las relaciones de producción y comercialización tiene un impacto fundamental sobre las condiciones de vida presentes o futuras (pensiones) del pueblo chileno.

Sólo unos pocos, pero muy poderosos, dependen principalmente de las rentas del capital (empresarios-inversionistas, accionistas, especuladores financieros o una combinación entre estas categorías) y en general, se benefician cuando la (“su”) fuerza de trabajo no está organizada autónomamente ni existen algunos arreglos institucionales (negociación colectiva por rama, salario mínimo digno) que ayuden a mitigar la gigantesca asimetría de poder que existe entre capital y trabajo.

De esto se trata el 1° de mayo. De cómo se distribuye el poder y qué tipo de sociedad o modelo de producción es el que permite la mayor paz social, bienestar material y libertad. No se trata de baile entretenido, el premio al trabajador del mes, ni llamarle eufemísticamente “colaboradores” o “partners” a los trabajadores.

El 1° de mayo es la fecha que nos permite volver a recordar y a observar que la única fuerza que ha permitido detener parcialmente los niveles de explotación y generar ciertos pisos mínimos civilizatorios son los trabajadores organizados. Los bajos salarios son un fiel reflejo de un nulo o marginal poder. Ya es hora, que a los trabajadores chilenos les alcance “al menos” para vivir en Chile.