Lucrar y lucrar hasta que duela

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El lucro, definido por los viejos casposos de la Real Academia de la Lengua Española, viene del latín lucrum, y es la ganancia o provecho que se saca de algo.

Nada de malo, en verdad, pudiera pensarse. Sacar ganancia, sacar provecho de algo, por qué no. Esta definición se pensó probablemente para tiempos más antiguos, no los que estamos viviendo desde esos tres gigantes globales que fueron Thatcher, Reagan y Pinochet. El neoliberalismo, entre otras cosas, ve la vida como un supermercado donde todo tiene su tarifa y de todo se obtiene ganancia o provecho, que eso es el comercio.

Así, el mundo se compone no de personas ni de instituciones ni de acciones humanas, sino de productos y servicios. Por ejemplo, cuando le sirvo el desayuno en la cama a mi chica estoy brindando un servicio. Y puede que ella me devuelva la mano con una sonrisa amorosa, que es no sé si un producto o un servicio, uno de los dos.

La comida es un producto. Servirla es un servicio. Si bajo a la calle encontraré mi bicicleta atada a unas barritas metálicas, un producto de una empresa que fue contratado por mi municipalidad para brindarme el servicio de asegurar la bici contra los robos, que son algo así como antiservicios.

Así, el mundo se compone no de personas ni de instituciones ni de acciones humanas, sino de productos y servicios. Por ejemplo cuando le sirvo el desayuno en la cama a mi chica estoy brindando un servicio. Y puede que ella me devuelva la mano con una sonrisa amorosa, que es no sé si un producto o un servicio, uno de los dos.

Cada intercambio de productos y servicios tiene un precio. Quiere decir eso que si no pago las contribuciones municipales con las cuales se financia el parking de bicicletas, el sistema deja de funcionar, al tiempo que si mi cocina carece de los insumos necesarios para preparar ese radiante desayuno amoroso, mi chica se queda sin desayunar y no veré su sonrisa. Por lo tanto, debo tener el dinero necesario para ir al supermercado en mi bici también comprada para adquirir el pan y la mermelada y el café oloroso y la leche sin lactosa, dinero que obtendré de la venta de otros servicios que yo sé brindar.

Y los brindo porque adquirí las competencias para hacerlo en una universidad a la que asistí, por cierto, pagando los servicios educacionales que allí me ofrecían, etcétera.

Es un sistema maravilloso, en verdad. No hay dónde perderse. Todo fluye, todo se vende, todo se compra, desde que somos gestados hasta que finalmente, después de tanta incertidumbre, suspiro, gozo y aburrimiento, nos creman, y en cada intercambio hay lucro para ambas partes, unos obtienen ganancias, otros obtienen provecho.

Pero en Chile a la gente le ha dado por no gustarle el lucro. El lucro aparece como algo feo y maloliente. Es una palabra desagradable, punzante. ¿Por qué ocurre esto?

Tomemos, por ejemplo, el caso de los curas. Los curas han hecho voto de obediencia (a otros curas de mayor rango), pobreza y, además, de castidad. No hablemos por ahora de la castidad, una virtud de difícil observancia. En cuanto a la pobreza, es relativa, porque la mayoría de los colegios tradicionales de curas y de monjas han sido siempre pagados, muy caros y muy exclusivos.

Los curas han vendido durante generaciones una suerte de pureza aristocrática, conectando luego los egresados del Villa María, el Verbo Divino, los Padres Franceses y las Ursulinas con la Universidad Católica y más modernamente con otras universidades centradas en Cristo, constituyendo así cadenas muy exitosas de productos y servicios educacionales.

El servicio de base de todos estos lugares es la discriminación, la exclusión, y el arribismo de unos que de a poco se van metiendo hasta que lo logran. Pagas y torturas un poco a tus hijos para que no se te contaminen con los hijos de gente que no te gusta, y crezcan en ambientes y barrios protegidos, dentro de una misma tribu racial, económica o social. Operación que, en efecto, conlleva sus lucros. Los curas o monjas obtienen dinero, y las familias revalidan su pertenencia a grupos exclusivos donde la vida es más segura, más hermosa, más internacional, más depredadora.

¿Qué hacen los curas y monjas metidos en este negocio? Su amor por el dinero existe, sin duda, pero no es ese el único modo de lucrar en estos emprendimientos educacionales.

Los católicos creen mucho en la educación quizá porque es un modo de colonizar las mentes aún borrosas de los niños, instalando en ellas sus particulares creencias y usos. La fe cristiana incluye un amplio gabinete de curiosidades: seres que ascienden a los cielos en cuerpo y alma perdiéndose en la bóveda celeste, milagros de resucitación, fertilidad de las vírgenes, zonas infernales habitadas por demonios, ángeles de la guarda, culpa natural provocada por un pecado que se hereda, aversión al erotismo, listado de libros prohibidos…

Pero más allá de estos exotismos, la fe cristiana es idealista, es decir, que, a la manera del mito platónico de la caverna, considera a la existencia como un ensayo para otra existencia, la vida eterna, donde todo es hermoso y nada es, como en la tierra, complicado. Allá no hay conflicto porque el bien y el mal, que en lo cotidiano aparecen entremezclados, se han separado para siempre, y están el cielo donde todo es bueno y maravilloso o el infierno donde todo es malo y espantoso.

Cielo al que podemos llegar si somos buenos y nos abstenemos de hacer lo que deseamos. Las chicas buenas van al cielo, se ha dicho, en cambio las chicas malas van a todas partes. En fin, si vivimos la vida sin explorarla y sin experimentar lo que cada uno de nosotros individualmente es, tendremos un pasaporte a una eternidad gozosa pero por ahora no muy palpable. En cambio, si caemos en la podredumbre del sexo, las drogas y el rock and roll, si alegamos, si leemos demasiado, si experimentamos, iremos a una eternidad espantosa donde arderemos, dicen ellos, sin consumirnos jamás.

Explicar a la gente una doctrina así por primera vez a los veinte años la haría perder muchos de sus adeptos. Instalarla durante la niñez es más sencillo, los espíritus infantiles son cándidos. Y los padres o apoderados no tienen paciencia para estar todo el día con los niños, así es que los mandan a colegios de curas o de monjas donde los culpabilizan, los enderezan y los estandarizan, y además los mantienen apartados de la impureza, eso es lo que hasta ahora hemos creído, y de los sectores sociales o raciales menos apetecibles.

En cuanto a los grupos que por su bajo ingreso no logran pagar el ingreso a un colegio cuico, los curas han inventado unos colegios no tan buenos pero también sobre la base de crucifijos, con curas más bajitos y monjas más oscuras, y para esos establecimientos el aporte del Estado es indispensable.

Los sostenedores viven un enredo de productos, servicios, subvenciones, libre empresa, inmobiliarias, lucro privado, servicio público y auspicio estatal. A ellos no les conviene una educación pública, gratuita y de calidad; primero, porque ahí no habría lucro y, segundo, porque ese sistema succionaría los recursos que ellos necesitan para funcionar.

La propuesta espiritual de la Iglesia es que todos los chilenos, evangélicos, judíos, masones, escépticos, ateos o musulmanes, financien obligatoriamente por la vía de sus impuestos a los colegios católicos, porque de otro modo, dicen, no habría libertad de enseñanza en Chile. Hay unos argumentos muy sólidos en el documento que sacaron los obispos sobre la reforma educacional, en que los primeros párrafos están dedicados a Dios y los últimos muy concretamente a la billetera.

Los chilenos estamos confundidos. No nos gusta el lucro pero es rico lucrar. Habitamos una sociedad donde todo es lucro, todo es ganancia, todo es provecho. Alimentos, vivienda, carreteras, estacionamientos, aguas, consultas médicas, exámenes, operaciones quirúrgicas, universidades, parvularios, ropa, muebles, electrodomésticos, dudas psicológicas, terapia de pareja, paseo de mascotas… cada cosa se compra, cada cosa se vende.

Hay países donde ciertas cosas, que son esenciales para que las personas mantengan su dignidad humana, quedan fuera del área del lucro y el negocio, por ejemplo, salud, educación, transporte, vida urbana, etc. Chile ciertamente no es de estos países. Aquí imperan el terror religioso internalizado desde la infancia, la segmentación racial económica y social, y el lucro en forma de pago, copago, matrícula, crédito universitario, colación, uniforme, sociedad inmobiliaria o lo que caiga.

Y así como la Teletón es la solidaridad instalada como negocio lucrativo, y el Hogar de Cristo se encarga de los funerales convertidos también en oportunidad de negocio, así, en contraste, vemos cómo languidecen los colegios públicos y las universidades públicas, cómo son tristes y feos los ministerios, cómo los hospitales son menos higiénicos y más enredados que las clínicas privadas.

Los que más lucran –un grupito de familias– se quedan como con la mitad de la plata chilena, lo que no deja de ser milagroso. Los odiamos y los amamos, los envidiamos y quisiéramos que esto no ocurriera. Otros vamos lucrando como podemos. Y un tercer grupo queda fuera del sistema porque sencillamente no les dan en los bancos una tarjeta de crédito con un cupo confortable: cómo se le ocurre, por favor, con ese ridículo certificado de renta y además endeudado, jo, jo, jo.

Al pie de la Cordillera de los Andes el lucro es una forma de vida. Hay que lucrar hasta que duela. Donde no hay lucro no hay encanto. El lucro es sexy. Cuando no hay captura se hacen romos los dientes y se aflojan las mandíbulas. Sin selva no hay jaguares. A lucrar, hermanos. A lucrar.

JUAN GUILLERMO TEJEDA

El mostrador