Lumpen-oligarquía chilena

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6d8d05159dbfdadf62ddf472a1fe610a_100x100JUAN GUILLERMO TEJEDA

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La lucha por el poder, compañeros, no es una oficinilla organizada, ni un picnic con carta Gantt, sino que eso, una lucha. La política, dice en España Pablo Iglesias, es a la vez la ciencia del bien público y la conquista y uso del poder, que es la acepción más viva y sabrosa.

El poder es, pues, eso, la capacidad de hacer cosas una vez que los demás han cedido esa potestad a lo que llamamos la autoridad. Actividad, el poder, al mismo tiempo resentida y admirada. Resentimos al que por delegación o por la fuerza ejerce nuestro minúsculo poder individual que al sumarse se convierte en temible y, al mismo tiempo, lo admiramos.

delano2_640x400En una comunidad de vecinos obtiene habitualmente el poder quien cuenta con el tiempo y la decisión de dedicarse, aparte de ser mínimamente competente, que si es muy idiota o desagradable no podrá retener ese poder. En la política moderna es indispensable para los indómitos aspirantes a ejercer el poder político allegar recursos, tener la piel gruesa y mucho sentido del ritmo, oler por dónde va la cosa.

La lumpen-oligarquía chilena nació con la dictadura y a ella deben los lumpen-oligarcas su fortuna, sus camisas con rayitas chicas, su desplante y su insolencia. Fueron asesores, funcionarios, subsecretarios, ministros, ratas felices de aquella matanza, y convencieron a los militares de quedarse ellos patrióticamente con las empresas que hasta entonces fueron del Estado, de todos nosotros, pagando cantidades simbólicas. Levantaron isapres, AFPs, universidades privadas, arramblaron con la electricidad, las líneas aéreas, el acero. 725 empresas nuestras fueron regaladas a esos lumpen-oligarcas, que mientras alegaban en contra del Estado se quedaban con él. No han creado jamás riqueza alguna. Son simples parásitos.

Por eso es que las cuentas no siempre cuadran y no van a cuadrar nunca. Pondrán el grito en el cielo los busquillas, los contralores, los periodistas sabuesos, los perfeccionistas, pero es que así es la guerra. No puede alguien al mismo tiempo pensar al país, comunicar sus mensajes, conseguir recursos, pagar a su gente, hacer las boletas, tomar aviones, desayunar, todo de manera impecable y sin mácula ante cualquier eventual revisión por parte de funcionarios que calientan asiento con el culo sin ir a ningun lado y se dedican a revisar “irregularidades”. No hay nada más irregular que el estado de opinión de una sociedad, nada menos controlable que hacerse con el poder.

Por eso es que le da lata a uno ver esa exactitud en las cuentas que se le exigen ahora tanto a cada político. Qué más da una irrregularidad más o menos, que la gran mayoría de las regularidades, de lo que se hace como está previsto por los reglamentos, son burocracias absurdas y procedimientos mortuorios. Un poco de triangulación y no pasa nada, que el flujo de caja jamás cuadra y los ítems previstos cuando unos funcionarios redactaron el presupuesto son a menudo alterados por la marcha vital de las cosas. Algo de humanidad, que la política no es un museo sino algo vivo. Que sobren o falten unas boletas, bueno, es una falta, un episodio, pero no define al político.

La cosa monjil de andar buscando manchitas de grasa en la cocina de la política, que es nada menos que la continuación de la guerra con otros métodos (aquí Foucault da vuelta la célebre frase de Clausewitz) es una soberana reducción a la banalidad de la belleza de esa batalla infinita que es la conquista del poder y su ejercicio.

Y aparte de ello, el buscar máculas minúsculas en los actores del hermoso circo de la política, rama arbórea de la humanidad, necesidad de las especies inteligentes, privilegio de los seres organizados, es una manera que tienen los corruptos de disolver y justificar sus corrupciones. Porque muy distinto es alguna situación no regular o un pecadillo lujurioso y venial que instalar sistemas de larga duración para devaluar la democracia, enlodar la política, comprar parlamentarios, defraudar impuestos y vulnerar las leyes electorales.

La moralina anglosajona de que toda mentira es mala y los personajes de cine que fuman son unos perdedores, y que no importa el tamaño de la falta sino su existencia misma, es una postura absurda que se sostiene en la medida en que facilita el empate por parte de los corruptos, de los ladrones, de los dictatoriales convertidos en demócratas de mentira.

Todos somos humanos, todos nos equivocamos, cualquiera de nosotros puede errar un disparo mientras va cabalgando, eso es la vida. Lo demás es muerte y resentimiento, basura.

Mientras los humanos todos nos damos cuenta de que nada hay puro en esta vida y así son las cosas, que vivir viene junto con morir y estar sano con estar enfermo y el día con la noche y la alegría con la tristeza, también está claro que hay en Chile una viscosidad a la que bien conviene denominar como hace Íñigo Errejón en España: la lumpen-oligarquía.

La lumpen-oligarquía chilena nació con la dictadura, y a ella deben los lumpen-oligarcas su fortuna, sus camisas con rayitas chicas, su desplante y su insolencia. Fueron asesores, funcionarios, subsecretarios, ministros, ratas felices de aquella matanza, y convencieron a los militares de quedarse ellos patrióticamente con las empresas que hasta entonces fueron del Estado, de todos nosotros, pagando cantidades simbólicas. Levantaron isapres, AFPs, universidades privadas, arramblaron con la electricidad, las líneas aéreas, el acero. 725 empresas nuestras fueron regaladas a esos lumpen-oligarcas, que mientras alegaban en contra del Estado se quedaban con él. No han creado jamás riqueza alguna. Son simples parásitos. Y si todo ese caudal pasó de lo público (de todos) a los privados, rápidamente se concentró en manos de unos pocos, esos que siendo entre un uno y un diez por ciento de la población controlan la mitad de nuestra riqueza. Quien dude de ello que lea al suculento Piketty.

El siguiente paso fue abrir en cada holding empresarial una sección maloliente dedicada a comprar políticos, ayudándose por cierto primero de los senadores designados, ladrones de soberanía, y luego del tramposo sistema electoral binominal. Metiendo dinero, controlando los medios, especialmente la televisión, reemplazando el debate cívico por la publicidad y los realities, estos seres han logrado comprar parlamentarios, distorsionar el voto y ser dueños de nuestras instituciones.

Cómo no sentir vergüenza de los periodistas que se ceban con los infractores minúsculos y hacen la vista gorda con estos lumpen-oligarcas que no tienen sentido alguno de país, ni vergüenza ni decencia.

La lucha por el poder existe y seguirá existiendo en nuestras sociedades, eso es la política, la defensa cruzada, contrapuesta y finalmente acordada de intereses e ideas por parte de todos. Los corruptos temibles no son tanto los políticos –que también lo son un poco aunque a nivel de mandados, de recaderos– sino aquellos peces gordos que, sin dar la cara, desde un banco trucho, desde empresas mal adquiridas, infectan al Parlamento y ensucian nuestras costumbres, enlodando nuestra tradición nacional. Y sus sostenedores son aquellos “denunciantes” que quieren empatarlo todo con el fin de igualar las faltas ante la opinión pública, cuando realmente no son faltas equivalentes.

Esos antiestatistas que usan al Estado para hacer sus  negocios, esos parásitos no son de mercado sino que se sostienen precisamente porque no hay mercado, y que se van quedando con el país completo, esos politiqueros que arman plantillas parlamentarias a golpe de talonario de cheques, esa gente constituye la lumpen-oligarquía, la degradación de los oligarcas que son a su vez una mala versión de los aristócratas, los cuales por último tenían, al menos, una estética, unos modales y preconizaban no una rebatiña (“a robar a robar que la dictadura se va a acabar”), sino un modelo vagamente inclusivo aunque, por cierto, señorial. Esto que estamos viviendo es otra cosa que la aristocracia, aquí no hay estilo, ni modales, ni decencia alguna.

Y no comparemos ese software de asalto a los bienes públicos, esa política de demolición y envilecimiento de nuestras instituciones, con los esfuerzos de este o aquel concejal por pagar unos gastos de campaña, o la cuñada que se subió al auto oficial para ir al mall, que son pequeños aprovechamientos dispersos propios de la especie humana.

Los pecados veniales se perdonan, los quioscos putrefactos de venta y reventa de pecados mortales deben desaparecer. Un país puede vivir sin lumpen-oligarquía. Chile será mejor país sin ella.

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