«Pacificación» de la Araucanía, El Eufemismo de un Genocidio

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El mismo Estado que, ciego y sordo a las consecuencias de la tragedia que provocó, hoy invoca la Ley Antiterrorista, de Pinochet, para reprimir el despertar de la lucha del pueblo Mapuche.

La llamada Guerra de la Independencia no fue más que una guerra civil entre españoles peninsulares y los nacidos en América. Francisco Antonio Encina,  historiador plagiario, afirma que esta verdad es de Perogrullo. El jefe del ejército chileno se formó de la leva forzosa de los peones, a punto de lazo y violencia.

En Chillán los Mapuche se aliaron con  los bandidos Pincheira y los Benavides, pues previeron muy bien que el  ejército chileno iba a mostrarse más despiadado  que los mismos españoles.

 Después de la abdicación de O´Higgins, que no tuvo nada de generosa ni patriótica, como la presentan los mitólogos historiadores, y sólo fue la  caída de un tirano, el ejército estaba dirigido por el general liberal Ramón Freire, (1830), quien después de múltiples traiciones por parte de los primos Joaquín Prieto y Manuel Bulnes,  fue derrotado en la batalla de Lircay.

El tirano Diego Portales no sólo desterró a Freire, sino que también solicitó al consejo de guerra que decretara el fusilamiento de los principales generales que habían luchado por la independencia de Chile, por el solo hecho de ser liberal.

Luego de la Independencia de Chile, la zona sur se encontraba en una situación muy distinta a la del territorio de la zona central. Los bandoleros y montoneros, grupos de soldados prófugos, asolaban las haciendas mostrando la debilidad de las autoridades de la zona.

Luego de resueltas las pugnas interburguesas, el conservantismo triunfante desencadenó su respuesta.

La Guerra del Pacífico, es decir, del nitrato, entre 1879-1883, no fue ganada por los militares, que tenían por jefe a un general sumamente básico, Manuel Baquedano, cuya única estrategia era atacar a bayonetazos sin importar la muerte de los soldados, sino que fue lograda por los ministros del gobierno de Aníbal Pinto, Rafael Sotomayor y, posteriormente, por José Francisco Vergara, ya que fueron capaces de planificar la logística fundamental para ganar la guerra, sumado al valor de los mineros, que no contaba  ni con formación militar propia de los soldados profesionales.

En otro escenario en el sur del país, la llamada “pacificación de la Araucanía” no fue otra cosa que un verdadero genocidio en contra de los pueblos Mapuche perpetrado por el ejército chileno, que no sólo diezmaron gran parte de la población,  sino que también les expropiaron millones de hectáreas de las mejores tierras. Al igual que en el genocidio de los Selk’nam en el extremo sur del país, resulta imposible llegar hoy a una cifra exacta de muertos.

Sin embargo, se estima que fueron varios miles.

No sólo los militares fueron bestiales en la persecución de los pueblos originarios: da pena leer los textos del historiador Benjamín Vicuña Mackenna al despedirse, en forma despectiva, de los Mapuche y justificar la matanza en favor de la civilización y del progreso. Si leemos al ex Presidente argentino, Domingo Faustino Sarmiento, encontraremos similares referencias a los Mapuche de la Patagonia.

En general, siempre será una mácula de estos “cultores del progreso” a costa de la cruel  aniquilación de los pueblos originarios.

Arauco Indómito, Una Guerra Inconclusa

Ronald Wilson (*)

Las decenas de víctimas mapuches en las últimas dos décadas no son solo la suma de enfrentamientos violentos entre las comunidades mapuches y las fuerzas de orden.

Estos enfrentamientos con los comuneros mapuches son episodios reeditados  de la Pacificación de la Araucanía, en la cual está empeñado el Estado de Chile desde mediados del siglo XIX, o quizás son rebrotes de una Guerra de Arauco, nunca finalizada.

La política del Estado chileno que fue irónicamente denominada “Pacificación de la Araucanía”, tenía como objetivo incorporar a la plena soberanía del Estado los territorios comprendidos entre los ríos Bio Bío, por el norte y Toltén por el sur. Tierras ancestrales habitadas por los pueblos picunches, huilliches, cuncos, pehuenches y mapuches. Desde la Conquista hasta obtenida la Independencia e instaurada la República, el pueblo mapuche nunca pudo ser vencido ni doblegado. Los territorios tras la Frontera sur del río Bio Bío, lo que hoy en integra parte de la Región de Bio Bío y la Araucanía, quedaron en una situación de statu quo, dando por hecho que pertenecían a Chile, pero sin una presencia efectiva del Estado, en el cual los pueblos originarios siguieron desarrollando su vida tradicional en relativa convivencia con las autoridades nacionales.

Es a partir de un hecho casi anecdótico de nuestra historia, como es la aparición en la zona de un personaje novelesco como es Orelie Antoine de Tounens, quien se proclama Rey de la Araucanía, en 1861, que hizo caer en cuenta al Gobierno de la época que era necesario adoptar una decisión estratégica de anexión de la Araucanía. A pesar que la aventura de Orelie Antoine I, no tuvo ninguna consecuencia política, las autoridades deciden aplicar un plan de ocupación territorial de los territorios mapuches, propuesto por el General Cornelio Saavedra.  Fue el plan de “Pacificación de la Araucanía”.

Según la historia oficial, este plan incluyó acciones militares de ocupación de los territorios, además de una supuesta penetración pacífica mediante el traspaso de los avances de la “civilización” a dichas tierras mediante la fundación de ciudades, construcción de caminos, incorporación del  telégrafo,  y un plan de educación y salud con la creación de escuelas y hospitales.

En una primera etapa el General Cornelio Saavedra ocupa hasta el río Malleco y funda Angol, Mulchén y Lebu en 1862. Por la costa avanza hasta el río Toltén. Durante la Guerra del Pacífico el Ejército se concentró en las campañas del norte, situación que es aprovechada por los mapuches para lanzar una contraofensiva en 1880 que significa reconquistar parte de los territorios ocupados.

Una vez terminada la Guerra del Pacifico y desmovilizado el Ejército, el Gobierno ordena retomar en forma definitiva la segunda etapa de la Pacificación de la Araucanía.

Es esta campaña se construyen o reconstruyen otras ciudades como Villarrica, Carahue, Temuco e Imperial.

En los hechos, la Pacificación de la Araucanía fue una ocupación brutal y violenta, una acción militar que a sangre, fuego y alcohol  pretendió doblegar a un pueblo jamás vencido. Esta nueva guerra contra el pueblo mapuche es  emprendida por gobiernos democráticos de una República independiente y pujante económicamente, se hace mediante los más modernos armamentos disponibles en la época, con un Ejército con toda la experiencia adquirida en la Guerra del Pacífico. El éxito militar estaba garantizado. Las estrategias de “persuasión” también obtuvieron renombrado éxito.

Sin embargo, la historia oficial omite que la Pacificación de la Araucanía fue un genocidio del pueblo mapuche, que usurpó sus tierras a nombre del Estado de Chile, y las entregó a título gratuito a diversos personajes ávidos de riqueza que se ofrecieron como colonos -chilenos o extranjeros-  para hacer patria incorporando de esa forma esas tierras salvajes a la civilización y al desarrollo capitalista que gozaba el resto de la República.

Al respecto, recuerdo que mi abuelo, el Reverendo William Wilson, Pastor Anglicano y médico, que llegó a Chol Chol a principios del siglo XX, convirtiéndose en un gran defensor de la causa mapuche, contaba cómo esos nuevos dueños de los latifundios construidos en base a las tierras comunales mapuches, encargaban a bandas de forajidos para que salieran a cazar indios, y por cada oreja cortada de un indio muerto pagaban para despejar la zona de esa plaga aborigen. Todo eso con la solícita protección del Ejército de Chile que imponía el orden y de esa manera aseguraba una pacífica incorporación de esos territorios al Estado de Chile.

La muerte de tantos comuneros mapuches en actos de violencia producidos en los últimos años, indican que la Pacificación de la Araucanía no ha terminado. Hoy los descendientes de esos colonos que usurparon las tierras ancestrales de los mapuches, se han convertido en grandes empresas forestales, destruyendo las tierras de cultivo y contaminando ríos y napas subterráneas, que son el corazón de la cosmovisión del pueblo mapuche, que vincula indisolublemente la vida humana con la sustentabilidad de la naturaleza. Cada día ese pueblo es acorralado, perseguido, ignorado, desconocido, como si nunca hubieran existido, o como si nunca hubieran pertenecido a esos territorios, como si fueran extraños o invasores venidos de otras latitudes.

Ese silencio de las autoridades y de la sociedad chilena, que solo ve la superficie de los hechos y condena la reciedumbre mapuche, los actos de resistencia como métodos inadecuados o terroristas,  no es capaz de comprender la profundidad de un drama histórico, la enajenación cultural de un pueblo con una historia bastante más antigua que el Bicentenario republicano.

Nuestros gobiernos democráticos en pleno siglo XXI son incapaces de asumir una responsabilidad histórica frente al pueblo mapuche y se limitan a respuestas burocráticas, como es la creación de la CONADI, con la aplicación amañada del Convenio 169 de la OIT,  con  leyes que si bien representan avances,  no enfrentan el problema de fondo, que es la causa de un conflicto que no tiene solución sino es  reconocer con valentía una verdad histórica, que Chile es un Estado Plurinacional.

El Estado de Chile debe hacer un gesto de nobleza, más allá de los reconocimientos constitucionales y de políticas de desarrollo, en beneficio a las distintas etnias. Debería nombrar una Comisión que rescate la verdad histórica respecto a la llamada Pacificación de la Araucanía y cómo los mapuches fueron expulsados de sus tierras. No estamos hablando  de hechos sucedidos hace trescientos años, son acontecimientos que aún se conservan en la memoria histórica de un pueblo. Se trata de reivindicar la dignidad y nobleza de un pueblo, de restaurar sus derechos, de reconocer su pertenencia a un territorio que es la base de su cultura y su cosmovisión, la tierra de sus ancestros.

Los jóvenes  y mujeres mapuches que resisten conocen de esos hechos luctuosos no porque los estudiaron en libros de historia, sino porque los escucharon de sus abuelas, y ellas de sus madres, cómo les quitaron sus tierras y los lanzaron  a la ignominia de ser extraños en su propio terruño.

Chile como país legalista puede perfectamente reconstruir esa historia, determinar cómo se produjo esa expropiación forzada, a qué comunidades pertenecía cada propiedad actual, no con un afán de revertir todo, ni de reconstruir un pasado, sino simplemente de reconocer que pasó y cómo pasó. Que el Estado de Chile pida perdón por esas acciones, y acuerde una real devolución de tierras, y si no es posible su restitución, se indemnice adecuadamente a las familias  o comunidades originariamente dueñas de esos territorios del Wallmapu.

Se trata que en un acto institucional se deje constancia de una verdad y partir de allí comenzar a trabajar mancomunadamente para finalizar con esa guerra no concluida, establecer la paz, restablecer la justicia y la dignidad de un pueblo mancillado.

Este es un humilde homenaje a la Machi Francisca Lincolao, que ha encarnado con su heroica y digna actitud, esta lucha ancestral del Pueblo Mapuche…

No las damas, amor no gentilezas
De caballeros canto enamorados,
Ni las muestras, regalos ni ternezas
De amorosos afectos y cuidados,
Más el valor los hechos las proezas,
de aquellos españoles esforzados,
Que a la cerviz de Arauco no domada
Pusieron duro yugo por la espada.

(La Araucana. Alonso de Ercilla).

(*) Texto publicado en 2015, reeditado en Enero de 2017.