Perdónanos por la molestia, Martín. No se volverá a repetir

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Por: Francisco Mendez Bernales

En las redes sociales, en una caricatura de Guillo aparece la jueza del caso de Martín Larraín reprochándolo por todo lo hecho: “usted se dio a la fuga, no prestó ayuda a la víctima, eludió la alcoholemia y obstruyó la justicia, feo, feo, feo”, dice el dibujo. Para luego terminar con un “no lo haga nunca más y disculpe por las molestias”. Simple, divertido y real.

Así es cómo sentimos algunos que se ha actuado en el caso del hijo de Carlos Larraín. Al parecer quien cometió el delito -con o sin intención es un delito al fin y al cabo- pareciera ser la víctima. Basta ver las imágenes del menor de los Larraín cuando aparece frente a las cámaras, ya que su rostro de hastío con esta situación y su mirada despectiva nos dice que esto parece una rotería de la peor especie y que en vez de estar en ese lugar, podría estar disfrutando con sus amigos en algún rincón de este tremendo feudo llamado Chile.

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Porque él es un Larraín, ni más ni menos, y eso se lo inculcaron desde el comienzo de su vida. Ante cualquier problema nunca olvidar el apellido y la posición social, que es lo que más importa. Lo único realmente relevante.

Parece anticuado, es cierto, pero es la manera cómo razonan ciertas castas en Chile. El apellido, los antepasados y la fortuna familiar, muchas veces son tan relevantes que resulta difícil ver al que está al lado, o en este caso, abajo socialmente. Total así han sido educados, ya que nada los puede desviar de la carrera de derecho, el matrimonio bien y tener una hermosa familia. Lo demás lo resuelve el padre.

Es real que todos podemos cometer errores tan fatales como darle la muerte a una persona sin que haya sido nuestra intención, pero también es cierto que como ciudadanos debemos hacernos cargo de nuestros actos ante las instituciones que rigen y son llamadas a penalizar estos hechos en una democracia. Porque en un régimen democrático la idea es que las instituciones funcionen de manera imparcial, correcta y sin tomar en cuenta los privilegios de unos.

Con el caso de Martín Larraín todos sentimos que hay un cierto afán por no querer molestar a esta familia, porque nos hemos acostumbrado por años a categorizar los delitos según el color de piel y la proveniencia de la persona que es acusada. Ya que la presunción de inocencia siempre predomina en un sector de la sociedad por sobre otro.

Por lo mismo es que resulta importante dejar en claro que acá no se pretende -tal vez algunos lo pretenderán, no es mi caso- perseguir a Martín por ser hijo del ex timonel de RN, sino que se intenta dejar constancia por medio de su figura, acerca de la solidez que debe demostrar nuestra democracia, una que no comienza ni termina solamente los días en que hay que votar, sino por el contrario, donde se debe asegurar a diario la igualdad ante la ley de todos sus ciudadanos.

Aquello, don Carlos lo percibe como una persecución. Lo ha dicho constantemente en donde ha tenido la ocasión de hablar del tema, y eso demuestra lo claro que él mismo tiene sobre la idea de que su familia no está en la misma condición que la familia de la víctima. Es decir, que siente que hay cosas que la tradición de los apellidos y los antepasados debe limpiar, antes de cualquier procedimiento judicial. Porque someterse a la ley lo encuentra muchas veces algo ordinario. Y, repito, la cara despectiva de Martín lo pone en evidencia.

Tal vez quieran que les pidamos perdón por molestarlos, por sacarlos de esa nube gigante en la que han estado inmersos por años y los hagamos bajar a la calle para que cumplan con sus responsabilidades. Si es así, te pido perdón, Martín, por querer como ciudadano que tú cumplas tu labor, sobre todo ante la desgracia que le causaste a una familia por la perdida de uno de sus integrantes. Te pido perdón también por querer que tu padre sea un poco más humilde y no culpe a los medios y a las redes sociales de tu irresponsabilidad desde un comienzo en este caso.

Perdónanos por querer lo mínimo: asegurarnos de que efectivamente vivimos en un Estado de Derecho asegurado para todos.