Por qué no se van, no se van del país

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a_uno_189488_fc59d_816x544Ellos querían hacer una “ley corta” para ellos mismos. Como si existieran leyes cortas o largas, leyes exprés o leyes de tiro largo, leyes diet o leyes altas en colesterol. Era una ley para ellos, como cuando tienen que legislar rapidito para subirse el sueldazo entre gallos y medianoche. Una ley para ellos: la élite partidocrática chilena, la clase política. Cuando de eso se trata, es decir, de ellos mismos, todo se vuelve exprés, fast track… el tránsito lento es para las leyes que verdaderamente importan a la ciudadanía, y nótese que “tránsito lento” funciona perfectamente como ironía.

¿Qué tal una ley exprés para cambiar las AFP?; ¿una ley exprés para que Laureate International deje de controlar la educación superior de las masas más pobres y necesitadas de capital humano en Chile?; ¿una ley exprés para suprimir el Tribunal Constitucional, el Directorio de TVN o el mismísimo Servel, o todos esos organismos resabios del binominalismo de transición? ¿No es mucho pedir que, de una buena vez, la cortemos con las glosas de la educación superior y les demos a las universidades públicas (no la PUC, no la UdeC, no la Austral) lo que se merecen?; ¿qué tal si un día mandamos, por ley, al CAE y a los bancos dueños de la deuda universitaria, al carajo?

¡Nooo! Chile es un país serio.

Serio es el presidente de la Cámara de Diputados, Osvaldo Andrade, que con cara de póker, ni se inmuta por la pensión “solidaria” que el Estado de Chile le paga a su ex señora. Serio es Ponce Lerou que controla a más del 50% –si no es más– de la clase política chilena por la vía de boletas truchas. Serios son SQM y PENTA. Serio es Marco Enríquez-Ominami. Serios son los ex presidentes Lagos y Piñera que quieren volver al poder –llenos de gobiernos de excelencia y MOP-Gates– sin remilgos ni miramientos. Serios son los comunistas que nunca lucraron con la Arcis ni con nada que tuviese que ver con educación. Serio es Valor Minero en manos del ex ministro –Inverlink– Álvaro García. Serio es el nuevo modelo de educación pública con instituciones de giro único. Serio es el puente Cau Cau. Serio es el partido Revolución Democrática y el modelo hipster de contribución crítica a la Nueva Mayoría.

Chile es un país serio.

La clase política estuvo ad portas de aprobar una “ley corta” para salvar sus elecciones municipales y su proceso electoral, lo que llaman, vez por vez, “fiesta de la democracia”. Los vimos como quien ve a un objeto extraño, fuera de uno mismo, como quien se aburre hasta el hartazgo después de un par de minutos al frente de un reality show de mala muerte. Esta fue solo la guinda de la torta. En rigor, los vemos casi todo el año ensimismados en su “partidocracia”: el partido del orden haciéndole el juego al empresariado y el progresismo jugando a ser revolucionarios.

La clase política chilena tiene de lo que le pidan.

Quieren que vayamos a votar. Quieren que este fin de semana validemos nuevamente su “partidocracia”, su binominalismo, su apuesta por el consenso, su democracia instrumental, su ganosa pulsión por las concesiones, su política de vivienda hecha de la mano con las inmobiliarias y las constructoras, quieren que una vez más asistamos a las urnas para demostrarle al mundo que somos un país serio.

Año tras año, la clase política rasga vestiduras, se queja amargamente de la abstención, rememoran el orden arcaico que tienen en su conciencia histórica de clase y, portalianos, exigen nuevamente el voto obligatorio, como si esa fuese la solución. Es así, gustan de las soluciones formales y normativas. Culpan a las movilizaciones sociales de producir el efecto de sobrevaloración de derechos y, casi casi, a sus participantes los tratan como si fuesen una turba de adolescentes, que exigen sus derechos sociales por sobre la seriedad de la regla fiscal.

En Chile, hasta antes de los 18 años, nunca les enseñamos a los estudiantes a votar en serio. No tienen posibilidades de que su voto tenga consecuencias en los Consejos Escolares. La democracia que les enseñamos en las escuelas y liceos es de muy baja intensidad, eufemísticamente la llamamos “objetivo transversal”. No existe una asignatura desde la infancia que trate sobre los temas de formación ciudadana. La democracia y los DD.HH. no tienen valor en cuanto factores de calidad educacional. Es eso lo que la clase política está promoviendo desde la educación, una forma de entender la democracia más bien instrumental antes que como ideal o forma de vida.

La democracia, como contenido y como praxis pedagógica –hay que decirlo con mucha responsabilidad– vale hongo. Desde el punto de vista netamente educativo, vale hongo. Y esto claramente es preocupante, hasta dramático.

Sin embargo, año tras año, los miembros de la clase política rasgan vestiduras, se quejan amargamente de la abstención, rememoran el orden arcaico que tienen en su conciencia histórica de clase y, portalianos, exigen nuevamente el voto obligatorio, como si esa fuese la solución. Es así, gustan de las soluciones formales y normativas. Culpan a las movilizaciones sociales de producir el efecto de sobrevaloración de derechos y, casi casi, a sus participantes los tratan como si fuesen una turba de adolescentes, que exigen sus derechos sociales por sobre la seriedad de la regla fiscal.

Ante esto, es así como vienen –la clase política y sus intelectuales– con una infantería discursiva de deberes, a reclamarle, a la ciudadanía que protesta, que la corte (!), que ya está bueno (!), que es hora de cumplir la ley y el orden, que hay que trabajar y producir (!).

Por qué no se van… canta uno… por qué no se van del país…