Revolución de Octubre: la Operación Secuestro está en curso

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¿Qué credenciales tiene el sistema político para asumir una reforma constitucional como la propuesta, si las razones del estallido popular están precisamente en ellos mismos.

 

Gran parte de esos políticos son los autores intelectuales de la Constitución Pinochetista y entre todos le han dado una legitimidad que jamás tuvo.

 

El sistema político de la posdictadura es el responsable de aquello por lo que se grita y se lucha en las calles, eso que vibra en las ciudades y pueblo.

 

Ha quedado demostrado que cambiar las cosas en un país arrasado por la desigualdad, la explotación y el abuso era perfectamente posible. La pregunta que cae sola por su obviedad es ¿Por qué no se hizo antes?

 

Y hay dos respuestas inmediatas.

 

Una, porque la actual Constitución es el nido en el cual se ha criado la casta política que ha saqueado al país y traicionado los sueños de la gente. Chile ha pasado a tener el vergonzoso liderazgo de los países más desiguales de la tierra, lo que en sencillo significa que unos pocos se han adueñado de casi todo. Esta  Constitución fue hecha y reformada  para la continuidad de la dictadura por otros medios.

 

Que la Constitución de Pinochet haya caído durante el gobierno de Piñera, no resta en absoluto responsabilidad a la Concertación y su versión light, la Nueva Mayoría. La Concertación/Nueva Mayoría es condición necesaria para Piñera.

 

Una segunda respuesta tiene que ver con  el rol de los movimientos sociales que insistieron hasta el hartazgo en una mecánica de desfiles y actividades demostrativas y de denuncia que en algún momento se institucionalizaron, pasando a ser una costumbre agotada y perfectamente inofensiva desde el punto de vista de los poderosos.

 

Alguna vez los gobiernos debieron retroceder porque las cosas parecían salirse de madre. Pero siempre fue táctica política. Jamás un real interés en cambiar las cosas. Los gobiernos se hicieron especialistas en caer hacia arriba.

 

Y siempre usaron la misma mecánica tramposa. Las elites no iban a permitir forados que les hicieran arriesgar sus grandes negocios. Porque siempre la cosa es defender el negocio, los de unos y los de otros.

 

Los movimientos sociales fueron traicionados una y otra vez en el Congreso, en donde se trampeó, mintió y manipuló  como si esas fueran las conductas más normales. Y siempre lo que comenzó con espléndidas manifestaciones que exigían reivindicaciones, caían inexorablemente en el hoyo negro del Congreso, en el cual debería leerse la consiga del infierno de  Dante, “Abandona toda esperanza el que entra aquí”

 

Los grandes movimientos sociales que pusieron relevantes temas sobre la mesa jamás pasaron del límite que les impuso el sistema. Todo era en orden, con permiso al día, y su inevitable batucada.  Las negociaciones siempre terminaban el en congreso muchas veces más atrás de lo que ya estaba.

 

Y vuelta a empezar.

 

Pero bastó que estallara la maravillosa Revolución de Octubre para que los paradigmas que habían demostrado la infalibilidad e impermeabilidad del modelo durante cuarenta años, se derrumbaran inexorablemente. Y en breve, un estupefacto presidente y algunos de sus asombrados ministros, comenzaran a ofrecer lo que jamás antes siquiera habían pensado hacer.

 

¿Después de todo se podía? Claro que se podía, pero faltaba muchos más que los desfiles cívicos.

 

El sistema no ha podido con la hermosa rebeldía que ha estallado por donde quiera. Ni la fuerza bruta de los militares les ha servido. Ni las promesas de migajas y pequeños cambios. Ni los cambios de ministros. Ni la criminal brutalidad de un cuerpo de Carabineros absolutamente fuera de control, que ha dejado un reguero de cientos de mutilados, miles de heridos, y un número aún no determinado de muertos.

 

El sistema ha debido retroceder de una forma jamás imaginada. Hay un comprensible temor en las elites porque ya los de abajo no quieren obedecer y los de arriba no pueden imponerse. La gente le ha hecho más caso a su maravilloso instinto que a las declamaciones, orientaciones, reclamos, sugerencias y amenazas de los mismos de siempre.

 

El  enemigo nunca es más débil que cuando retrocede. Sobre todo cuando improvisa el repliegue. Es cuando se debe aumentar la intensidad del ataque.

 

Entonces el sistema ha entendido que para no arriesgarlo debe entregar algo. Y, de nuevo con la connivencia, más bien complicidad, de los mismos que traicionaran el año 1990, quienes durante todos estos años han sido cómplices y facilitadores de los mecanismos para saquear al país y trampear la voluntad democrática mayoritaria del pueblo, se aprestan a trampear esta victoria popular.

 

En  este minuto corremos el riesgo que todo lo hecho haya servido de muy poco.

 

El Acuerdo por la paz social y la nueva Constitución no es sino un itinerario mediante el cual la ultraderecha mantiene la opción de perpetuar gran parte de la más nefasta herencia del dictador. Justo cuando estaba acorralada contra las cuerdas de la historia.

 

Y en ese preciso instante en que se podía hacer mucho más de lo que se hizo, los partidos de la Ex Concertación acudieron prestos al auxilio de los mayores culpables de tanto sufrimiento.

 

 

El sistema se ha replegado sobro sí mismo y está intentando nuevamente, secuestrar eso que impuso la calle. Utilizando una autoridad que nadie le ha dado y de nuevo con el entusiasta apoyo de los sinvergüenzas de la Ex Concertación, se han lanzado frenéticamente a negociar entre ellos lo que no les corresponde.

 

Y como si fuera lo más normal, intentan desactivar la rebeldía de la gente antes que la sangre llegue al río, o, lo que es lo mismo, verse obligados a renunciar junto con el presidente más torpe de la historia.

 

El Acuerdo por la paz social y la nueva Constitución es un mecanismo que le permite al sistema ganar tiempo, recuperar el aliento y ordenar a sus desesperadas  huestes. Está en proceso una vasta operación para retomar la iniciativa, desactivar la calle y, nuevamente, arrancar hacia adelante.

 

En este momento de gran peligro, resulta notable la absoluta desaparición de las fuerzas sociales cuando estamos en presencia del más descarado de los secuestros de la voluntad popular.

 

Es legítimo preguntarse por qué la Mesa de Unidad Social no llamó a sus socios a rodear el Congreso Nacional de Santiago para impedir el desenfado y la increíble facilidad con que los mismos sinvergüenzas de siempre, intentarán secuestrar la voluntad del pueblo y traicionar una vez más su pelea.

 

¿Donde estuvieron los gremios, los sindicatos, las organizaciones estudiantiles, las centrales sindicales que no se mantuvieron asediando la sede en la cual se concretó la nueva traición?

 

¿Será necesario recordar que la calle no ha reconocido ni firmado ningún acuerdo y que quienes lo hicieron no tiene ninguna legitimidad para arrogarse ese derecho en nombre de los que luchan?

 

Por Ricardo Candia Cares