Santiago, capital del agotamiento

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Tools-16_es_ESUn nuevo fantasma recorre la ciudad. Se deja oír en cada esquina, se lee en las redes sociales, se analiza en los matinales. En Santiago se vive una sintomatología digna de ser estudiada en detalle. La capital acumula flujos de energía nerviosa, canalizada por individuos sobrepasados en la administración de su propia existencia. Los horarios, las cartas Gantt, las planificaciones, los documentos, los e-mails, las compras, las vacaciones, las tensiones, los avisos de bomba, todo parece desembocar en lo mismo. Los santiaguinos viven a ritmo rápido, vertiginoso, dominados por la prisa y la velocidad. La contracara del fenómeno es el agotamiento, la astenia, esto es, la fátiga crónica, y el eventual colapso anímico del sujeto. El ciclo se repite una y otra vez y cada cual lo vive como una experiencia única, pero no es más que la estandarización de un estrés colectivo nunca antes visto en el Valle Central chileno

El fenómeno parece ser global. Así ha argumentado el filósofo coreano-alemán Byung-Chul Han, el nuevo best-seller de las librerías europeas. En su excelente La Sociedad del Cansancio, el autor propone una lectura actualizada de las patologías modernas. “Toda época tiene sus enfermedades emblemáticas”, sostiene el coreano, enlazando así la antigua “época bacterial”, la subsecuente “época viral” y la nueva “época neuronal”. Este paso se resume, según Han, en el salto desde los antibióticos a los antidepresivos, desde los ungüentos a las drogas del rendimiento, desde los curanderos a las farmacias. Al mismo tiempo, la sociedad del cansancio genera patrones de “superrendimiento”, “supercomunicación” y la “superproducción”, que generan eventualmente un colapso del Yo, en lo que bautiza como “infartos psíquicos”. Poco sabe Byung-Chul Han sobre Chile, pero su tesis resulta tener escalofriantes pruebas en Santiago.

POBRECITO MORTAL
Era 1978, cuando Florcita Motuda, vestido de impecable terno blanco, cantaba una canción que hoy resulta profética. “Ya no tengo ganas de llegar a la oficina, de plancharme la camisa, correr todo muy de prisa, sólo quiero descansar”. Hoy, casi cuarenta años después, hay datos que permiten entender la dimensión de la profecía contenida en ‘Pobrecito Mortal’. Un estudio reciente sostiene que uno de cada tres chilenos se siente “muy estresado”, y la Dirección del Trabajo, consciente de la epidemia del agotamiento, ya ha redactado un manual contra el estrés laboral. Pobrecito mortal de Santiago de Chile, si quieres tener menos estrés descubrirás que aburrido estarás, por la tarde. Incluso más, el día 5 de agosto se dio a conocer un estudio de la Superintendencia de Salud donde se aprecia que las enfermedades mentales y del comportamiento suman el 18,7% del total de licencias médicas presentadas durante 2013. A esto debe sumar el 15,8% de licencias presentadas por enfermedades del sistema osteomuscular, que presenta patologías asociadas al estrés y la somatización de estados mentales. Del mismo estudio brota un dato interesante, las tres enfermedades que lideran el ranking de licencias médicas en Chile son: Depresión, Lumbago y Trastorno de ansiedad, todas vinculadas al estrés y al agotamiento como prólogo sintomático de un cuadro mayor.

El patrón se repite incluso en los feriados y en las festividades. Las navidades, los cumpleaños, los días de la Madre, del Padre y del Niño. Todo se resume a comprar regalos, visitar, navegar entre la masa apurada que camina por los centros comerciales. En los barrios residenciales de la elite se observan estrechas veredas y amplios senderos de asfalto para los automóviles. El peatón ha sido relegado a un segundo plano, por su lentitud y falta de aceleración. La misma lógica se reproduce en los condominios que imitan los barrios de la elite, y luego en las regiones y en su provincias. La velocidad se exporta desde Santiago a su periferia, con ello el estrés urbano llega a toda la población. Es la teoría del chorreo del agotamiento. Hay quienes temen que en Chile ocurra un colapso institucional fruto de la crisis de legitimidad, hay otros que le temen a una crisis económica que termine con el superciclo de las materias primas. Sin embargo, pareciera ser más temible la posibilidad de un colapso síquico colectivo, fruto del agotamiento y el estrés.
¿Qué fue primero? ¿El agotamiento o la improductividad? ¿Estamos cansados porque no producimos o no producimos porque estamos cansados? Algo ocurre en nuestra forma de vida colectiva que se manifiesta a nivel individual como estrés y agotamiento, una dualidad que funciona también como norma de estatus social. Ahora el tiempo libre y el ocio parecen una cosa medieval. En 1982, el médico estadounidense Larry Dossey describió la llamada “enfermedad del tiempo”, la creencia obsesiva de que el tiempo se aleja, que se debe pedalear cada vez más rápido para alcanzarlo. Ahi aparece la raíz de la sintomatología santiaguina, estamos todos muy apurados. Un lema tácito nos mueve como sonámbulos: Si no estás agotado no lo estás haciendo bien.

El culto al agotamiento también se observa en la educación. Nuestro sistema escolar se basa en agotar a los niños con preguntas y respuestas, con pruebas estandarizadas y mediciones. En las universidades el asunto se replica y se complica aún más. Son verdaderas temporadas de pruebas, solemnes, exámenes, acompañadas de bebidas energéticas para no caer rendido, pastillas de laboratorio para concentrarse y un antiácido para soportar el cóctel. Esto durante semanas y semanas que concluyen, era que no, con un gran “megacarrete” para pasar todo el estrés y agotarse tomando con los compañeros agotados. Los estudiantes en Chile, particularmente en carreras como Derecho, Ingeniería y Medicina, son bombardeados con evaluaciones que los agotan antes que puedan aprender algo. La velocidad implica también que los estudiantes quieran prontamente pasar a ser profesores. Ya en segundo año se hacen de una, dos, tres, hasta cuatro “ayudantías” para empezar a enseñar delante de otros. Todo debe ser veloz, meteórico, impactante. La publicidad alimenta el proceso ofreciéndonos ser multitasking y a las niñas se les enseña desde temprano a ser una multimujer.

En resumen: si no las haces todas, no sirves. Si no estás agotado, algo estás haciendo mal.

El culto al agotamiento también lo vemos en la política. El ex Presidente Piñera intentó construir su relato sobre la base de la fórmula matemática del 24/7, esto es, que los funcionarios del Estado debían estar pendientes de su trabajo durante las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana. Esa era la nueva forma de gobernar que Piñera había imaginado: un gobierno agotado. Hoy vemos candidatos presidenciales, dirigentes de partido, diputados, senadores, ministros, que pasan por las cámaras de la televisión con visibles ojeras. Todos quieren dejar en claro que están “haciendo la pega”, que están “recorriendo Chile”, y siempre “trabajando intensamente” por “sacar adelante” todo eso que “el país necesita”. Desde afuera, para el ciudadano estresado, la política sólo es fuente de más estrés y más agotamiento. Es que ahora el ciudadano agotado debe tomar postura e informarse sobre un sinfín de temas, desde la renta atribuída hasta los colegios subvencionados. Según otro reciente estudio, el 69% de los peatones en Santiago cruza con luz roja o en la mitad de la calle. La respuesta a este comportamiento colectivo es obvia: es que están muy apurados.

LA LENTITUD ES BELLA
En su excelente ensayo Filosofía del Tedio (2005), el filósofo Lars Svendsen realiza una brillante reconstrucción histórica del aburrimiento. Viajando desde la melancolía medieval al taedium vitae del Romanticismo, Svendsen permite releer citas de hombres lúcidos como Pascal, Schopenhauer, Nietzsche, Heidegger, Cioran, Beckett y Pessoa. En todos ellos, Svendsen encuentra ideas potentes que permiten entender al tedio como un asunto colectivo, no meramente personal. El tedio es una percepción del tiempo apresurada, un desear que los acontecimientos se precipiten más rápido. Si la lentitud es aburrida, la velocidad es entretenida; ergo: viva la velocidad. Así, el tedio suele ser la ecuación de la lentitud, pero esa ecuación es perversa. El aburrimiento es un dispositivo clave de la velocidad, es su síndrome de abstinencia.

Una lectura aguda de Svendsen en combinación con el coreano Han permite ver que la sociedad contemporánea agota y aburre a los sujetos, al mismo tiempo que les ofrece progreso material y adrenalina. En Santiago hay una floreciente industria del entretenimiento, largas filas en los cines, bares repletos, supermercados atestados de consumidores apurados. En la capital del agotamiento nos aburrimos y no divertimos a gran velocidad, pasando de obligación en obligación, de compromiso en compromiso. Incluso la institución social del “almuerzo” dejó de ser una instancia para alimentarse y respirar, ahora es una oportunidad más para cerrar negocios, para dar instrucciones, para recibir órdenes. En la capital del agotamiento ya no se almuerza, se engulle alimentos mientras se habla y se escucha, mientras se elucubra y se calcula. Y es que en Santiago el agotamiento es, fundamentalmente, un símbolo de estatus. Es un carné de madurez, para ser valioso hay que estar cansado, con un horario compacto y lleno de compromisos. Es una forma sutil de decir “mi tiempo vale, respétame”.

El patrón se repite incluso en los feriados y en las festividades. Las navidades, los cumpleaños, los días de la Madre, del Padre y del Niño. Todo se resume a comprar regalos, visitar, navegar entre la masa apurada que camina por los centros comerciales. En los barrios residenciales de la elite se observan estrechas veredas y amplios senderos de asfalto para los automóviles. El peatón ha sido relegado a un segundo plano, por su lentitud y falta de aceleración. La misma lógica se reproduce en los condominios que imitan los barrios de la elite, y luego en las regiones y en su provincias. La velocidad se exporta desde Santiago a su periferia, con ello el estrés urbano llega a toda la población. Es la teoría del chorreo del agotamiento. Hay quienes temen que en Chile ocurra un colapso institucional fruto de la crisis de legitimidad, hay otros que le temen a una crisis económica que termine con el superciclo de las materias primas. Sin embargo, pareciera ser más temible la posibilidad de un colapso síquico colectivo, fruto del agotamiento y el estrés. La tesis del coreano Han es esa: los colapsos síquicos son crecientemente colectivos, ocurren no sólo a nivel individual sino organizacional.

¿Hay salida? Esta pregunta la enfrentaron antes otros hombres y otras mujeres. Durante la segunda mitad del siglo XX, dos movimientos aparecieron como respuesta contracultural a los dogmas de la velocidad y la aceleración. El primero surgió en la ciudad de Nueva York, específicamente en el barrio del Greenwich Village, hoy convertido en foco de atracción para celebridades e inmobiliarias. Este movimiento neoyorkino se denominó Beatnik, etiqueta que también engloba a sus coétanos de San Francisco en el distrito de Haigh-Ashburry. La combinación de la Costa Este y la Costa Oeste dio origen en los 60 al movimiento Hippie. Los hippies llegaron muy lejos en su pretensión de cambiar el patrón de la velocidad moderna, en una búsqueda mística por el reencuentro.

La subcultura hippie fue eventualmente derrotada y consumida, pero mostró un camino ante la voracidad de la Guerra Fría. El segundo movimiento que cuestionó la velocidad fueron los Punks. La cultura subyacente a la música de Sex Pistols, The Clash, The Ramones y otros, es el profundo escepticismo ante el devenir moderno y la velocidad institucionalizada. El movimiento Punk influye en Latinoamérica durante los ochentas y particularmente en Chile, donde la resistencia a Pinochet tiene un fuerte componente Punk antes que Hippie. Los hippies y los punks tienen algo en común, ambos son reticentes a la cultura del agotamiento. Los hippies y los punks muestran un camino que el coreano Han, sin embargo, no recorre. El optimismo místico de los hippies y el esceptismo radical de los punks contrastan con el pesimismo del coreano Han. Según su argumento, la sociedad del agotamiento no tiene cura y evolucionará hacia un nuevo estadio del rendimiento que poblará el planeta de sujetos depresivos, ansiosos e hipermedicados. La capital del agotamiento se hará global.

Sin embargo, hace ya una década se promueve una cultura diferente, desde el llamado movimiento Slow, que propone un cambio radical en la forma de relacionarse con el tiempo y su velocidad. El movimiento Slow es, por decirlo así, el hijo hipster de los hippies y los punks. La idea es frenar el ritmo, atajar nuestras aspiraciones por hacerlo todo, rechazar el multitasking, educar a los niños en la virtud de la paciencia y la contemplación, antes que el rendimiento y las pruebas estandarizadas. Levantar nuevos lemas, tales como que no hay nada irreemplazable en la velocidad, no hay gran gracia en el agotamiento, estar estresado no es sinónimo de ser productivo.

El movimiento Slow sueña con ciudades lentas, donde el urbanismo esté a disposición de vidas menos frenéticas. El movimiento Slow imagina nuevas costumbres alimenticias, donde nos demos el tiempo necesario para comer y digerir. El movimiento Slow llama a luchar por redefinir el tiempo y su uso. Reasignarles valor a la lentitud, a la pausa, a la calma. En Santiago, la capital del agotamiento, también han surgido focos de resistencia contra los dogmas de la velocidad y el agotamiento. Pequeños oasis de lentitud crecen en la periferia de la ciudad, y también en sus entrañas. Se reproducen las comunidades ecológicas, los colegios lentos, escuelas de yoga y meditación, todas diminutas culturas urbanas que comienzan a ganar terreno. Está por verse si hay salida en la carretera de la velocidad. Para encontrarla, primero, una nueva idea debería desplegarse en nuestra capital: la lentitud es bella.