Una droga llamada crecimiento

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Bajo la premisa de crecimiento económico la humanidad se ha empeñado en “avanzar” hacia su propia decadencia. Los ciudadanos hemos caído en la trampa del crecimiento como única forma de avance para “mejorar” nuestras vidas y con el transcurso delos años, décadas empecinados hemos ido chocando nuestras cabezas contra un muro de obsesión de un crecimiento obsceno.

La obsesión por el crecimiento económico se inició en los años 30, luego de una gran depresión económica mundial y pronto se convirtió en un objetivo prioritario para los gobiernos, que han llegado a considerar el crecimiento económico como la solución a todos los problemas de una nación, así surgió la iniciación o primera etapa de un adicto “lo demás es música” ¿les suena?


Somos adictos al crecimiento. Tenemos una fuerte dependencia a ganar más para consumir más y con ello subir en tu impresión de estatus. Estamos jodidos porque nos han hecho creer por demasiados años que la riqueza está en el dinero y nunca lo ha sido.

Hoy, la empresa está sumergida en una profunda crisis de legitimidad, toda vez que es la principal responsable de los desastres ecológicos y su incapacidad de generar riqueza sin hacer explotar la innovación por el hecho de favorecer la rentabilidad a corto plazo en gran parte por la presión que ejercen sus inversionistas. Para los privados platita constante y sonante siempre será miel en sus oídos, por lo que el Estado solo interfiere para reprimir sus ansias de engrosar las billeteras a toda costa. Y así fue que se les permitió desde los años 80 generar un sistema que privatizó todo, al menos todo lo rentable. Y Chile ese experimento económico social, bien lo sabe. Así comenzó la segunda etapa de todo adicto, la afirmación.Entonces, de una economía de bienestar que surgió para entregarle a los consumidores dinero y así inyectar flujo a la economía pasamos a una economía de deuda que es la que tiene con la soga a la cuello a la mayoría de los hogares en Chile y el mundo. El problema, es que la deuda se configuró como un bienestar social y mira a dónde hemos llegado con la angustia de esas familias que consumen más de lo que reciben en un sistema laboral subvalorado y deteriorado por años.

Los ciudadanos han comprado los discursos de los candidatos que prometen crecimiento económico para mejorar sus vidas, algo de “tiempos mejores” que a la luz de lo visto no ha sido posible, pues no es posible mejorar nuestras vidas bajo la misma línea que si bien generó riquezas –para algunos- No ha sido capaz de generar una calidad de vida que requiere una sociedad del s.XXI. en otras palabras un gran sistema para generar una economía y no una sociedad. Y no cualquier economía, una que produce grandes ganancias a los privados y altos costos para el erario público.

Estos votantes al ver que esos “tiempos mejores” o “el crecer con igualdad” no han llegado a sus mesas, caen en una rabia generalizada contra los propios mandatarios escogidos bajo estas promesas que no llegaron. Lo cierto es que tampoco llegarán fijando las mismas políticas o estrategias económicas que no hacen crecer a Chile desde hace tres décadas. ¿Entonces buscamos la responsabilidad en los elegidos? Es fácil olvidarse de tu voto en la urna secreta ¿no? Hoy ya vivimos la tercera etapa de todo adicto: la dependencia.

Permítanme recordar fraudes como los de Chang o Garay ¿Qué buscaban los estafados? Ganar a costa del mercado sin moverse del escritorio y qué consiguieron, pues ya lo sabemos, pero ¿y si hubiesen ganado?. Es esa ambición desbordada la que tiene a un mundo entero frente a una depresión económica que la mayoría de esta generación No ha visto, vivido o siquiera imaginado. Es lamentable, pero así será. Los bancos nos proponen aplazar los créditos, en el mejor de los casos, porque a muchos los embaucarán contratando otros créditos y así es que hemos ido cimentando la economía planetaria, sobre la base de deuda, la famosa bicicleta financiera o vivir al 3 y al 4.

Hipotecamos el futuro, por lo tanto somos la peor generación que ha conocido la humanidad. ¿Cuántos de nuestros ancestros murieron por la democracia? Todos los sacrificios de los progenitores fue por el mejor futuro de los nuevos individuos. Es cierto que muchos vivimos mejor que el Rey Luis XIV, accedemos a varios bienes de consumo que eran impensados en los tiempos de María Antonieta, pero realmente ¿estamos mejor que esas generaciones por el hecho de vivir más años, pero más enfermos? ¿Es realmente cierto que acabamos con la esclavitud o solo le pusimos horario? Siempre me ha parecido notable la metáfora del reloj de pulsera como un artículo de lujo, ya que si lo miras detenidamente es más bien una esposa que te recuerda cuán libre eres.

Somos adictos al crecimiento. Tenemos una fuerte dependencia a ganar más para consumir más y con ello subir en tu impresión de estatus. Estamos jodidos porque nos han hecho creer por demasiados años que la riqueza está en el dinero y nunca lo ha sido. La riqueza radica, en la tierra, en los medios de producción, en la educación y el acceso a salud. Para qué hablar de la riqueza espiritual o lo valioso que resulta hoy un parque protegido.

En nuestra sociedad occidental está determinado que la idea del crecimiento económico siempre es una tendencia positiva, ¿cómo podemos asumir este axioma en un planeta finito? Pues solo como un adicto se miente frente al espejo. Si queremos asegurar nuestra supervivencia tenemos que comenzar a re-pensar que la prosperidad no es sinónimo de crecer y crecer per sé no es significante de desarrollo. Esto, implica un cambio radical de las mentes tanto de gobernantes como de electores.

El crecimiento es una droga y los candidatos que la enaltecen son los dealers de las corporaciones, los electores que los votan sus adictos consumidores. Para enfrentar los desafíos del s.XXI al menos para la supervivencia tendremos que cambiar el chip y cual adicto sufrir los espasmos que el hábito de consumir la droga del crecimiento ha dejado en nuestros sistemas, y lo primero será como terapia darnos cuenta que lo somos o como un real adicto a estas alturas ya lo habremos perdido todo.