UNIVERSIDADES COTA MIL, 1° PARTE: THE ADOLFO IBÁÑEZ WAY OF LIFE

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En el 2009, Bello Público realizó una expedición a la cota mil. El resultado fueron tres crónicas sobre la vida universitaria de quienes tienen de patio la cordillera. Hoy rescatamos nuestro archivo y las publicamos para ti.

Por sobre los pies de la majestuosa Cordillera de Los Andes está ubicada la sede Peñalolén de la Universidad Adolfo Ibáñez, una de las casas de estudio más prestigiosas del país. Bello Público quiso conocer cómo era la vida social y académica en las modernas instalaciones pre-cordilleranas y subimos hasta allá. Esta es la crónica de un día en la Adolfo, totalmente en directo desde las alturas de la cota mil.

Por Sebastián Flores

uaiSe puede ver incluso desde Maipú, si es que por casualidad no hay tanto smog ese día. Imponente, blanca, mediterránea y poderosa. Una de las grandes obras arquitectónicas de Santiago, aunque paradójicamente está casi fuera de la capital. Porque para llegar a Av. Diagonal Las Torres 2640 existen sólo dos opciones: o llegar en auto o llegar en los buses de acercamiento que salen desde el metro Grecia. En realidad hay otras formas, pero caminar más de media hora cuesta arriba desde el terminal del Transantiago o pagar un taxi que sale casi $3.000 desde la Rotonda Grecia, sólo para llegar hasta allá, no pueden ser consideradas opciones.

P1260585Así de lejos quedan las sedes de pregrado de la Adolfo en Santiago. Así de alta, a más de 900 metros sobre el nivel del mar (más alta que la virgen del San Cristóbal). Por eso, muchos llegan en auto y por eso es difícil encontrar estacionamiento libre entre algún Hyundai Coupé del año o un Fiat Palio un poco más humilde. Pero no porque la mayoría tenga vehículo significa que los que anden a pie no puedan llegar. La universidad dispone de los llamados “buses de acercamiento”: cómodos Pullman Bus arrendados que suben y bajan cada cierta hora al metro. Para que no digan que la UAI no da facilidades a los estudiantes que vienen de más lejos.

TURISMO DE CLASE

Es fácil la caricaturización del estudiante común de la Adolfo Ibáñez. Que son todos cuicos, que todos viven de Las Condes para arriba, que todos los hombres son zorrones, que todas las minas son lais, que carretean en la Plaza San Enrique, que los centros de alumnos sólo sirven para organizar fiestas y eventos, que con suerte conocen más allá de Providencia -y el centro lo han visto sólo en las noticias-, que son todos de RN o de la UDI y que no tienen nada de conciencia social.

Para hacer honor a la verdad, la realidad es que no todos los más de 5.670 alumnos de pregrado que estudian acá encajan en ese perfil. Pero también es cierto que una mayoría considerable sí lo hace. Las minas, por lo general, son de cabello rubio o castaño claro, se visten a la moda y muchas parecen modelos de pasarela. Los hombres presentan rasgos caucásicos y tiran pinta: son atléticos, altos, barba de tres días, el pelo corto -con algo de chocos- y suelen conversar en el patio principal sobre las minas que se agarraron en el “Muranazo” (rito de ir a carretear a Sala Murano) del fin de semana. Eso sí, ni pensar en una chela en el patio después de clases, está prohibido. A la universidad se va a estudiar, no a hacer vida social.

Pero que quede bien claro, no todos son así. También hay gente más morena y mestiza, más como el 90% del país, sólo que acá son menos de la mitad. Los que pertenecen al estrato ABC1, el 7,3% del país, son claramente mayoría en la UAI. Basta con una mirada a la fauna estudiantil en alguno de los casinos, en los pasillos, en las canchas de tenis y fútbol o en el equipadísimo gimnasio para darse cuenta que la proporción socioeconómica del estudiantiado es muy distinta a la realidad nacional.

thumbSin embargo, en la Adolfo están conscientes del status privilegiado del que gozan muchos de sus alumnos, y se pone especial énfasis en el compromiso con los más necesitados. Colin Rogers, decano de pregrado de la UAI, ha afirmado que “nuestros alumnos están llamados a ser un aporte a la sociedad”, y por eso se realiza el llamado “Mechoneo Social”, para que los nuevos estudiantes se transformen en un real aporte al progreso de Chile.

Por eso, en lugar de proponer cambios en la legislación chilena, que permitan acabar con la impresentable inequidad en la distribución de la riqueza, se opta por el asistencialismo en la población de Peñalolén. Una especie de caridad donde todos ganan: los pobres no cambian su calidad de vida, pero les ayudan a ser felices un día; y los alumnos se sientes bien con ellos mismos y pueden contar que conocieron la pobreza en persona mientras hacen la previa para el carrete en la Murano. Para que no digan que en la UAI los alumnos no tienen conciencia social.

EN EL LIBRE MERCADO CONFIAMOS

La Universidad Adolfo Ibáñez data desde 1988, amparada por la Ley de Educación Superior que promulgó Pinochet en 1981. La UAI nace como una consolidación de la Escuela de Negocios de Valparaíso, fundada a mediados del siglo XX en honor a Adolfo Ibáñez Boggiano, exitoso empresario que desde entonces ya advertía que la iniciativa privada debía ser el eje de desarrollo de nuestra nación.

“Varios, incluso profesores, defienden a muerte el libre mercado. Plantean incluso que la intervención del Estado en la economía sólo produce ineficiencia. Eficiencia e igualdad, para ellos, son palabras opuestas”. Camila Zamorano cursa 2º año de Ingeniería Comercial en la UAI, pero estudió un año Periodismo en la Chile. Vive en La Cisterna y prefiere carretear en Bellavista que en Plaza San Enrique. “Al principio estaba chata del ambiente, pero con el tiempo encontré gente que era más mi onda. No todos somos gente con plata y de derecha, no todos pensamos de la misma forma”.

A pesar de todo, la mentalidad neoliberal se respira. También estudia Comercial, pero vive en Macul y conoce mucho más el Paseo Ahumada que el Apumanque. “Para mí, ir a clases es más o menos la misma sensación que ir al Alto Las Condes”, afirma Nicolás Flores, alumno de la carrera más prestigiosa de la universidad y que, según un ránking de revista Capital, es la segunda escuela de negocios más importante del país -por sobre la Casa de Bello y sólo superada por la PUC-. “Yo quería estudiar en la Chile, pero no se pudo. Sé que la Adolfo es buena, pero también sé que la Chile es mucho más mi volá”.

UAI-5070a9b7baa56Estefanía Figueroa, 3º de Derecho en la UAI es otra “disidente”. Participó en la Revolucón Pingüina el 2006 y es de La Florida. “Hay muchas cosas que me gustan acá, pero me carga la burbuja que genera la lejanía. Una vez fuimos a la Plaza de Armas a hacer un trabajo y justo había una protesta. Yo tiré un comentario a una compañera que es grato vivir estas experiencias y me contestó que por algo entró a la Adolfo, para no pasar por eso. Ese toque”. Porque también hay personas que no viven su vida en torno a los ghettos de la elite del país, como bien relata Estefanía tras una larga jornada de clases al tiempo que la noche empieza a caer sobre la metrópolis.

Santiago se ve como una postal de luces desde la pre-cordillera. A las 21 horas ya no queda nadie y la universidad cierra sus accesos, tal como cerraron la carrera de Filosofía el 2004 y la de Literatura el 2008. Porque entraban muy pocos alumnos, los programas no encajaban con el perfil de la universidad y tampoco eran rentables para el mercado. Porque el arancel de las carreras se paga en UF, tal como se pagaría una casa. Todo en función de la ley de oferta y demanda, la sagrada religión del business, el management, el márketing y el retail. De abaratar costos y generar utilidades. Enseñanzas que el estudiante promedio debe aprender desde ya para adaptarse con éxito al mundo laboral. Para que no digan que en la UAI no dan herramientas para triunfar en la vida.